viernes, 30 de noviembre de 2007

(Y II) SHERLOCK HOLMES DICE ¡NO!/ Gustavo Méndez

“Pero, con todo, es Dios quien envía el viento, y cuando amaine la tormenta, el sol brillará sobre una tierra más limpia, mejor y más fuerte. Arranque, Watson, que ya es hora de que nos pongamos en marcha”

Otra noche, ahora, en estos lluviosos días predecembrinos, sentado en la mesa contigua en el “BAR RISTER”, en Caracas un lugar cuyas señas diré en otra oportunidad (3 ‘caritas felices’ en la Guía de MIRO POPIC), un individuo de edad madura, por ratos prestaba atención a nuestra discusión acerca de VOTAR NO o NO VOTAR. Al recordarme, preguntó, con exaltación: — “¿Sabe que SHERLOCK HOLMES cumple 120 años en este mes de noviembre?”.

Al reconocer al militar del 221 BAKER STREET PUB & GRILL, lo saludé y lo invité a incorporarse a nuestra tertulia. Por su vocación detectivesca y su poca inclinación a conversar sobre política pensé que podría hablar de un tema histórico que podría ser de su gusto: el asesinato de BOLÍVAR, cuya resolución nos prometió el ‘sabueso’ CHÁVEZ por estos días. Sobre el asunto sólo dijo, un tanto enigmáticamente: —“Más éxito podría tener si averiguase quien mató a Danilo Anderson. Quizá sólo le baste mirar a alrededor”.

Sin embargo, esa noche si accedió de alguna manera a conversar sobre política contingente:

— “No entiendo cómo hay sectores de la oposición que en lugar de ir a votar, andan llamando a la gente a meterse en el bolsillo una barra de chocolate, un Gatorade y unas galletas para armar una resistencia callejera contra Chávez. Eso será moralmente muy estimulante pero seguro que es muy poco eficiente para derrotarlo”.

— “¿Cuánta masa es necesaria para derrotar a un tanque?” le preguntaba SALVADOR ALLENDE a REGIS DEBRAY en la famosa entrevista donde éste le proponía activar al pueblo para vencer al golpe militar en curso. ¿Será que la oposición suicida piensa que la muerte convidará a las Fuerzas Armadas a actuar contra Chávez? ¿O que la VII Flota del U.S. Army se presentará a nuestras costas? ¿O acaso la ONU enviará a sus cascos azules a poner orden? ¡Con pura ilusión y tanto candor no se puede derrotar a nadie!”, —expresó, un tanto ofuscado.

— “Oigan: ésta es la oportunidad. Como decía Sherlock a Watson: “Sopla el viento del Este”. La última vez que Chávez estuvo tan abajo en los niveles de popularidad fue en el 2003, un año antes del Referéndum Revocatorio. Para cuando éste se celebró un año después, ya habían producido su efecto las carretilladas de dinero que el petro-gobierno volcó sobre la parte mas necesitada de la gente, a quien hizo creer, por ejemplo, que jóvenes analfabetas, podían ser médicos en 3 años, pagándoles becas mientras estudiaban. Después del estruendoso fracaso del RR, a esa torpe dirigencia opositora sólo lo quedó gritar un anémico ¡FRAUDE! Fue su aporte al mito de la invencibilidad de Chávez que se construía desde eso que llaman ‘Sala Situacional’, en Miraflores. Porque, en efecto, si el tipo domina todo y es imbatible ¿cuál es el sentido de oponérsele? Irnos, adaptarnos o inmolarnos serían los únicos caminos a seguir, como lo pretenden tanto el gobierno como la oposición suicida”.

— “¿Creen que el reconocimiento de ROSALES y su equipo al triunfo de Chávez en las elecciones anteriores fue solo atolondrado apresuramiento? Informes de inteligencia que pude leer en esa época sugerían que había grupos de civiles y militares dispuestos a pronunciarse en el supuesto de haber un desconocimiento al triunfo opositor. Pero es que ninguno de los 2 hechos se produjo: ni ganó Rosales ni llamó a nadie a desconocer el triunfo del gobierno. A los que conocíamos la situación —sin estar involucrados— nos pareció un acto de notable inteligencia y perspicacia el reconocimiento temprano de la victoria gubernamental. ¿Cuántos civiles no se salvaron de ser masacrados en las calles? ¿Cuántos oficiales, comprometidos o independientes, conservaron sus posiciones? Por eso es rigurosamente risible el punto de vista de la miope oposición que acusó —y acusa— a ROSALES de espantadizo o, aún, de venal”.

—“Si a la escasez extrema de alimentos, el disgusto generalizado de la población, el miedo a perder sus pocas propiedades, se le suma la participación de los estudiantes …” Se interrumpió y preguntó: —“¿Sabían ustedes que en Venezuela hay más estudiantes universitarios que obreros industriales”? — Sin esperar respuesta prosiguió: —“Si se agregan chavistas confesos y uña en el rabo como PODEMOS, BADUEL y la propia ex esposa del Presidente, es obvio que ahora las condiciones son otras …”.

— “Como bien gritan los maravillosos jóvenes que han sustituido a los medios de comunicación y a los viejos partidos en la conducción de la lucha: ¡NUESTRAS ARMAS SON LAS IDEAS – NO TENEMOS FUSILES!”. — Y repitió una frase que me suena conocida: — “! SABEMOS DE SIEMPRE QUIEN ES EL GANADOR EN EL ENFRENTAMIENTO ENTRE EL PENSAMIENTO Y LA ESPADA! ¡Pero a condición de usar el pensamiento y no los testículos, que para otra cosa sirven!”

— “Pueden creerme o no —remató— pero les digo que quizás sea que los cadetes que entramos a la Escuela Militar después de 1958, fuimos educados en la prédica democrática y algunos la conservamos. Aunque no me guste Baduel creo que él forma parte de los que quizás seamos más como el coronel inglés, el de la Thatcher, que como el español, el de los tiros en el techo que acaba de salir de la cárcel”.

— “Vayan los ciudadanos a votar; hagan su trabajo. Si triunfa el NO veremos si los militares hacemos el nuestro. Si se abstienen aquéllos, ni SHERLOCK HOLMES podrá saber si los segundos podían hacer el suyo”.

jueves, 29 de noviembre de 2007

DIJÓN Y LA MOSTAZA© Carlos M. Montenegro


No hace mucho, durante un almuerzo en muy buena compañía y en un restaurante acreditado por sus carnes exquisitas, nos tocó una punta trasera, “importada” dijeron, que debía ser la excepción de la regla en cuanto a la calidad esperada. Con la inusual prudencia que uno va adquiriendo con la edad y antes de estropear el rato utilizando el socorrido derecho al pataleo, decidí cambiarlo por un recurso menos beligerante, así que dije suavemente al mesonero: “¿tendrá usted una mostaza que esté bien?”. Y tenían. La mostaza era de primera calidad y ocurrió el milagro, la carne no se ablandó pero mejoró muchísimo el sabor y la comida siguió su curso salvado el escollo gracias a un buen Rioja y la excelente mostaza de Dijón, según rezaba el envase. Esto me hizo pensar que en la cocina hay innumerables productos aparentemente insignificantes pero que brindan grandes satisfacciones.

El caso me llenó de curiosidad y me propuse indagar más sobre esos diminutos granos que pueden aportar tanto al resultado de una preparación, como el de un mal trozo de carne que promete pero no cumple. Bueno, pues los hallazgos me parecen fascinantes. En primer lugar, el nombre castellano de la mostaza es “jenabe” que proviene del latín “sinapi” que fue tomado a su vez del griego y de donde deriva “sinapismo”, que no es otra cosa que una cataplasma hecha con polvo de mostaza para aliviar múltiples dolencias, y me voy a permitir dar fe de su veracidad ya que yo mismo me beneficié de una cataplasma aplicada por una anciana curandera que me sacó de una bronconeumonía cuando aún no había cumplido un año de edad. Me lo dijo mi madre, y es algo que no voy a poner en duda. Es decir que tengo una enorme deuda de gratitud con la mostaza y con la anciana, cómo no, por su sabiduría.

La mostaza es conocida desde tiempos inmemorables. Ya en la Biblia hay una narración “del grano de mostaza y la levadura” (Mateo 13:31-32). Se atribuye a los romanos desarrollar el preparado que conocemos hoy. Mezclaban jugo de uva sin fermentar, es decir mosto, con semillas de “sinapis” y eso formaba el “mustum ardens” o “mosto ardiente”, o sea, que ya picaba lo suyo, y lo aplicaban como remedio para los dolores de cabeza y hasta como digestivo. También lo incorporaron a algunos quesos para darle sabor fuerte. Pitágoras nada menos, lo recomendaba porque aseguraba que aumentaba la memoria y daba “alegría al cuerpo” – pienso en Macarena – y como comprenderán no seré yo quien dude de Pitágoras, es posible que gracias a la mostaza recordó su teorema hasta que lo escribió en algún sitio.

Desde el siglo XIII, aparece en muchísimos platos de la cocina europea especialmente en Cremona, Italia y Dijón en la Borgoña, hasta hoy día. Gracias a los franceses que le llamaron “moutarde”, comenzó entonces a usarse como aderezo en las carnes especialmente vacunas y según mi enciclopedia: “tal vez para ocultar el sabor de la carne en mal estado” (sic). Quiero resaltar que no era el caso de la del restaurante que menciono al principio, aunque eso sí, dura estaba, e insípida también. Hoy, se usa mucho en “hot dogs” y hamburguesas, que buena falta les hace. Dijón es la principal productora de mostaza del mundo. Así que “chapeau” a Dijón.

carlos.managerman@gmail.com

DERROTA / Rafael Cadenas


Yo que no he tenido nunca un oficio
que ante todo competidor me he sentido débil
que perdí los mejores títulos para la vida
que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una
solución)
que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más aptos
que me arrimo a las paredes para no caer del todo
que soy objeto de risa para mí mismo
que creí que mi padre era eterno
que he sido humillado por profesores de literatura
que un día pregunté en qué podía ayudar y la respuesta fue una risotada
que no podré nunca formar un hogar, ni ser brillante, ni triunfar en la vida
que he sido abandonado por muchas personas porque casi no hablo
que tengo vergüenza por actos que no he cometido
que poco me ha faltado para echar a correr por la calle
que he perdido un centro que nunca tuve
que me he vuelto el hazmerreír de mucha gente por vivir en el limbo
que no encontraré nunca quién me soporte
que fui preterido en aras de personas más miserables que yo
que seguiré toda la vida así y que el año entrante seré muchas veces
más burlado en mi ridícula ambición
que estoy cansado de recibir consejos de otros más aletargados que yo
("Ud. es muy quedado, avíspese despierte")
que nunca podré viajar a la India
que he recibido favores sin dar nada a cambio
que ando por la ciudad de un lado a otro como una pluma
que me dejo llevar por los otros
que no tengo personalidad ni quiero tenerla
que todo el día tapo mi rebelión
que no me he ido a las guerrillas
que no he hecho nada por mi pueblo
que no soy de las FALN y me desespero por todas esas cosas y por otras cuya
enumeración sería interminable
que no puedo salir de mi prisión
que he sido dado de baja en todas partes por inútil
que en realidad no he podido casarme ni ir a París ni tener un día sereno
que me niego a reconocer los hechos
que siempre babeo sobre mi historia
que soy imbécil y más que imbécil de nacimiento
que perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido
encontrarlo
que no lloro cuando siento deseos de hacerlo
que llego tarde a todo
que he sido arruinado por tantas marchas y contramarchas
que ansío la inmovilidad perfecta y la prisa impecable
que no soy lo que soy ni lo que no soy
que a pesar de todo tengo un orgullo satánico aunque a ciertas horas haya
sido humilde hasta igualarme a las piedras
que he vivido quince años en el mismo círculo
que me creí predestinado para algo fuera de lo común y nada he logrado
que nunca usaré corbata
que no encuentro mi cuerpo
que he percibido por relámpagos mi falsedad y no he podido derribarme,
barrer todo y crear de mi indolencia, mi flotación, mi extravío una frescura
nueva, y obstinadamente me suicido al alcance de la mano
me levantaré del suelo más ridículo todavía para seguir burlándome de los
otros
y de mí hasta el día del juicio final.

Rafael Cadena (Barquisimeto 1930) poeta y ensayista venezolano. Profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central. De sus libros de poesía y ensayo podemos destacar, "Los cuadernos del destierro" en 1960, "Falsas maniobras" en 1966, "Memorial" en 1977, "Intemperie" en 1977, "Anotaciones" en 1983, "Amante" en 1983, "Dichos" en 1992, "Gestiones" en 1992 y "Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística" en 1995.

martes, 27 de noviembre de 2007

SHERLOCK HOLMES DICE ¡NO!/ Gustavo Méndez

“… aún así, va a soplar viento del Este, un viento como nunca se ha visto soplar en Inglaterra. Será un viento frío y crudo, Watson, y puede que muchos de nosotros nos apaguemos bajo su soplo.”

El 221 BAKER STREET PUB & GRILL está dedicado a recordar a ese arquetipo de la literatura policial que hoy NO es de ficción: SHERLOCK HOLMES. Paradójicamente, este Pub NO queda en Londres sino en Houston, de forma que es un homenaje incongruente, un miramiento a la tejana, incoherente con el cosmos de CONAN DOYLE. Quien vaya encontrará mesas de pool, maquinitas electrónicas y podrá ver, hasta el hartazgo, todo evento deportivo que se efectúe en el mundo.
Allí conocí, hace unos pocos años, a un venezolano devoto de ese autor, o, con más precisión, de su personaje. Mientras su esposa convalecía en alguna clínica de Houston, el paisano trataba de recrear y realimentar en el pub su afición por el detective.
Militar activo con grado de General para la época, en la tertulia omitió referirse al tema de la política venezolana. Tampoco yo insistí. A cambio, durante el trasiego de 3 ó 4 cervezas disertó sobre algunas características de la narrativa holmesiana. Habló de cómo ―con la sola excepción de Watson, el escudero― todos los personajes de la saga eran extravagantemente inteligentes. Nombró a la hermosa, despiadada y perspicaz Irene Adler (“Un Escándalo en Bohemia”), cantante de ópera que fue una de las pocas mujeres (¿la única?) que logró llevar a Sherlock a la cama, con magros resultados; del profesor Moriarty, filósofo, pensador abstracto, un genio del mal (“El Problema Final”).
Para mostrar su desagrado con el pub tejano describió otro pub: el “SHERLOCK HOLMES PUB”, cerca del afamado Big Ben en Londres, pero lejos de la mítica residencia de Holmes, en Baker Street. Comentó sobre algunos íconos que allí se encontraban: la réplica del Stradivarius favorito del detective; las letras VR (‘Victoria Regina’) grabada a tiros en pared o la hipodérmica con la que se inyectaba la droga de su predilección.
— “Estando en ese pub en Londres, muchos años antes, en 1989, en otro febrero —remarcó—, pude presenciar en TV un debate sobre el golpe del Coronel Tejero y otros militares contra la recién inaugurada democracia española. Se decía por esos días que la Thatcher, a la sazón Primera Ministra de la Gran Bretaña, fue informada por un Coronel de Granaderos (jefe de su Casa Militar) sobre el enfado que había en el Ejército inglés por la torpeza de la política gubernamental en Irlanda y su intervención en el conflicto entre católicos (IRA) y protestantes que cada día teñía de rojo las calles de Belfast. La THATCHER habría preguntado: “¿Y que piensan hacer los descontentos al respecto? ¿Qué haría usted, si estuviese entre éstos?” A lo que el Coronel respondería: “NO volver a votar por usted nunca más y recomendar a nuestros allegados que hagan lo mismo”.
— “Por cierto que yo estaba en la comitiva de Hugo cuando, mucho tiempo después (sobra decir que él nunca está a la hora de los tiros, que es renuente al olor de la pólvora) visitamos en Madrid la sede del Parlamento español, lugar donde se desarrollaron los principales incidentes de aquel golpe. Allí permanecen en el techo del hemiciclo las perforaciones de la ráfaga de proyectiles disparada por Tejero mientras vociferaba a los ministros y diputados allí presentes: “Todos quietos”. España conserva los orificios en la escayola del techo como un reproche permanente a lo que nunca debió haber sucedido y para que nunca suceda de nuevo. Al mostrarlos el alto funcionario que era nuestro guía, Hugo, sobresaltado, palideció” (continuará).

lunes, 26 de noviembre de 2007

UN CABALLERO/ Rosa Bertin


Este viernes, al instalarme en la barra de un restaurante de la Solano, me dí cuenta que me había sentado junto a un personaje conocido, que me recordó una anécdota de mi cuñada. Por eso es que casi le pido al barman un Cinderella. Es que este señor, un economista famoso, se graduó con el esposo de mi cuñada. Y ella, que ya para entonces era tan despreocupada como hoy, se quitó sus escarpines nuevos que le apretaban, dejándolos debajo de su butaca, y algún bromista de la fila de atrás los puso a rodar por toda la fila. Cuando el acto de graduación concluyó, mi cuñada no encontraba sus preciosos escarpines. En eso se le acercó este señor, en toga y birrete, y se los entregó. Ante aquel gesto caballeroso, ella se sintió como la Cenicienta cuando el Príncipe le presenta el escarpín milagroso. Y de verdad que este señor, cuando lo veo por televisión, me parece todo un caballero.

El barman me trajo el Jack Rose que en definitiva le pedí, y con este combinado de calvados, granadina, azúcar y limón, me puse a disfrutar mi viernes de barra. Una barra, por cierto, muy pequeña y estábamos tan apretados que yo podía escuchar lo que decía el economista. Cosas como: ¡500 000 millones de dólares de ingresos petroleros en 9 años de gobierno!

Me moví un poco para verlo sin parecer indiscreta. Y ahí estaba él con su elegancia natural, tenía puesta una chemise Lacoste y se tomaba un whisky en compañía de otro señor que lo escuchaba con atención, lo mismo que yo cuando lo escucho hablar de la responsabilidad social de la empresa. Tiene razón: si cada empresa ayudara a atender las necesidades del barrio vecino, el problema de la pobreza se aliviaría. Es lo que hace el ron Santa Teresa con el proyecto Alcatraz... Yo también trato de ayudar a que la gente que trabaja conmigo viva mejor. Por ejemplo Gladys: lleva 25 años en mi casa y hasta le expliqué cómo se hacen los cocktails, así que todos los viernes, igual que yo, se toma su cocktail viendo su telenovela. Sólo que a ella el único que le gusta es el Bloody Mary, y siendo cocinera de buena sazón lo prepara como Dios manda, con vodka, tabasco, worcestershire, jugo de tomate, limón, sal de céleri, pimienta y, como adorno, una hojita de céleri. A mí no me gusta el Bloody Mary, me sabe a gazpacho con licor...

La voz grave del economista me sacó de mis reflexiones sociológicas. Estaba diciendo algo insólito, viniendo de él que siempre es tan formal: decía que tiene una apuesta con su hijo por un millón de bolívares a que habrá cambio de gobierno en el primer trimestre de 2008, pero que él, el economista, dice que será más bien para fines del 2008. Ante tal perspectiva, y quizá también por efecto de mi segundo Jack Rose, me atreví a decirle: ¡Brindo por eso! Entonces él, siempre tan serio, ladeó la cabeza para mirarme y alzó su vaso de whisky en un gesto de adecuada cortesía.

Temerosa de cometer otra indiscreción, apuré mi copa, me puse el escarpín que se me había salido del pie, y me fui a mi casa para llamar a mi cuñada y contarle mi encuentro con el famoso economista.

viernes, 23 de noviembre de 2007

QUÍTATE DE LA VÍA, PERICO/ CRÓNICAS BARSIANAS de Raúl Fuentes

No puedo precisar en boca de quién escuché por vez primera la expresión Salvador con el arpa. Tal vez se la oí a Alfredo Stelling, noctívago contumaz, avezado en placer de la libación sin límites y, por tanto, ducho en las búsqueda de medios para prolongar la bebezón hasta el más no poder. O, quizá, la pronunció con el ligero acento mexicano que portaba por los tiempos en que ocurrieron los hechos objeto de estas líneas, otro grande de la noche: el maestro Julián Romero. Grande - enorme, más bien – como persona y como pianista. Fue él, de ello sí tengo certeza, quién me explicó su origen.

Autodidacta antes que académico, Julián mató más de un tigre y participaba de cuanto vente tú le propusieran. Era de la estirpe de La Matica[1] y cargaba consigo un montón de historias y partituras para todos los gustos y en una oportunidad me contó que la frase en cuestión se refería a un arpista que se había presentado en el momento oportuno en el lugar adecuado, una recepción en la cual el grupo musical que se había formada para la ocasión no podía arrancar porque faltaba un intérprete, pero llegó Salvador con el arpa… y se armó la fiesta”.

El asunto es que cada vez que esa frase era pronunciada en los bebederos que frecuentábamos a finales de los 60 y principios de los 70, se sabía que había llegado un pitcher o un dealer. Por eso, cuando una noche en que vestidos de Etiqueta Negra y cabalgando en Caballo Blanco (como Juvenal Herrera según los memorables versos de Miguel Otero Silva) se agotaba el combustible, se escuchó la inigualable voz de Marcelino Madriz decir llegó Salvador con el tren, fue como una anunciación o una epifanía. Aunque lo del tren desconcertaba, lo de Salvador era prometedor. Y no era para menos: había hecho su aparición un viejo ingeniero de ferrocarriles, solterón, medio nefelibata y con más reales que los Reyes Magos.

En honor a la verdad, el ingeniero fue nuestra salvación. Una vez acomodado en nuestra mesa, hizo gala de su generosidad ordenando una botella tras otra hasta que alguien advirtió que nos iba a coger la aurora.La aurora no se coge a nadie, pero si la cuenta”, sentenció Marcelino y, acto seguido, dispuso que nos fuésemos todos a casa del ferroviario para continuar con el jolgorio.

Llegamos a una inmensa casa con mucho de mansión embrujada. Sin embargo, ninguno estaba preparado para lo que nos encontramos una vez traspasada las puertas. La planta baja en su totalidad, incluyendo parte del garaje, albergaba varias vitrinas con locomotoras y vagones a diversas escalas. Aquí y allá había estanterías con libros raros. Había también algunos escaparates que exhibían una colección de dedales y otra de cascos e insignias militares. Pero lo más asombroso eran las vías férreas que rodeaban vitrinas y escaparates y se desplegaban en varias direcciones. La casa era en realidad el aposento de una gigantesca maqueta ferroviaria: un tren escala HO se desplazaba por toda la casa. Subía y bajaba por empinadas cuestas, sorteaba abismos a través de puentes de esbelta ingeniería o se detenía en estaciones y en cruces para dar paso a otros trenes. Todo era controlado desde una central analógica llena de botones, palancas e indicadores diversos. Esta central estaba estratégicamente situada en un espacioso mirador de la planta superior que también era bar: un bar de estación ferroviaria, muy bien surtido por cierto. Tan bien surtido que nos olvidamos del tren y nos dedicamos a admirar la espléndida provisión de whiskies de malta que adornaba sus anaqueles. De la admiración pasamos a la degustación, mientras el ferroviario disertaba sobre maquetas, escalas y comandos. Se había colocado una cachucha de maquinista. Tiraba del cordón de una campana y accionaba una sirena cuyo ulular, a aquella hora tan tardía o tan temprana, debió haber conmovido a la urbanización entera. Nos dijo que los primeros trenes en miniatura funcionaban con un mecanismo de relojería o con locomotoras a vapor y que el primer ferromodelo eléctrico había aparecido a finales del siglo XIX. Nos habló de un fabricante alemán, Marklin, que había producido trenes con muchos detalles, así como señales, estaciones, casas, fogoneros, maquinistas, inspectores, paisajes y otros elementos que conferían extremo realismo a las maquetas. Nos mostró un retrato de Joshua Cowen quien, en 1906, inventó los trenes Lionel que, en realidad, nos dijo, eran de juguete. Aunque parezca mentira, aquella improvisada cátedra tenía cierto interés. Sin embargo, no tardaría en ser abruptamente interrumpida.

En el grupo que conformábamos aquella noche que ya se precipitaba hacia la mañana, se encontraba una suerte de Bartleby circense que, con su atuendo de payaso, había sorprendido a Pepe Luís Garrido un domingo por la mañana en las oficinas de éste (después supimos que tenía varios meses morando en la misma, y al ser conminado a mudarse no dijo prefería no hacerlo, sino que se limitó a exclamar: pero, pana, yo no molesto a nadie). Pues bien, cuando el anfitrión se explayaba sobre las diferencia entre modalismo ferroviario, trenes de juguete y trenes de jardín, así como de las correspondencias entre las escalas N, Z y HO, nuestro morisquetero preguntó: ¿Y el perico…dónde está? Sin muestras visibles de disgusto, el ferroviario se movió hacia una habitación contigua al bar y respondió, señalando una caja fuerte: ahí. El bufón preguntó por la combinación y el guardagujas Indicó que estaba anotada en un papel que guardaba en alguna parte y alcanzó a murmurar: rieles antes de caer rendido por el sueño y el alcohol...

El payaso escribiente emprendió una frenética búsqueda por toda la casa. Reviso el tendido ferroviario palmo a palmo. Casetas, lagunas, puentes, vagones y locomotoras fueron sacudidas sin piedad. Los libros y catálogos que versaban sobre trenes fueron minuciosamente examinados sin resultado alguno. Cuando ya se pensaba que no había donde husmear, alguien con pensamiento lateral dijo que tal vez rieles no era más que una metáfora y propuso una indagación más creativa. A media mañana, hallamos un trozo de papel de arroz con la combinación bellamente caligrafiada en tinta china. El papel, cuidadosamente doblado, estaba dentro del libro IV de las Vidas Paralelas de Plutarco, entre Lúculo y Niceas. Sí, en un volumen encuadernado en piel de becerro, una edición española de 1821 en cuya portada puede leerse: VIDAS PARALELAS DE PLUTARCO TRADUCIDAS DE SU ORIGINAL GRIEGO POR EL Sr. D. Antonio RANZ ROMANILLOS, INDIVIDUO DE NÚMERO DE LAS ACADEMIAS ESPAÑOLA Y DE LA HISTORIA Y CONCILIARIO DE LA NOBLES DE ARTES DE SAN FERNANDO, así todo en mayúsculas doradas. Lo sé porque robé el libro y aún lo conservo. Pero ese es otro cuento. En el que ahora contamos, una vez obtenida la combinación, el payaso de marras abrió la caja fuerte y encontró el perico: una figurilla de cristal con incrustaciones de oro y piedras preciosas montada sobre un deslumbrante huevo de pascua. Todo diseñado y firmado por Peter Carl Fabergé, el joyero de los zares. Una valiosísima joya que, ¡con razón! se guardaba bajo siete llaves. La joya pasó de mano en mano hasta que alguien la colocó sobre la vía férrea. Nos marchamos de allí. Cuando atravesábamos el jardín para salir a la calle, oímos la voz del ingeniero gritar: ¡quítate de la vía, perico, que ahí viene el tren!


[1] La Matica llamaban músicos y peloteros de los años 40 del siglo paso a un lugar de reunión ubicado en las inmediaciones de la primera sede de Radio Continente. En esos años, todas las radioemisoras tenía su propia orquesta y el lugar en cuestión funcionaba como casa de contratación. Allí se le decía a los músicos: oye, vente tú. Tal parece ser el origen de esta expresión que tiene mucho que ver con la de matar un tigre.

NOVIEMBRE FRÍO/ Carlos M. Montenegro

Con apenas cinco días de diferencia – 16 y 21 – cumplen años dos de la media decena de hijos que poseo, todos venezolanos. Uso ese verbo porque de todo lo que he realizado en la vida, considero que los hijos son lo auténticamente de uno, todo lo demás es temporal o accesorio. Ni siquiera los padres son de uno, sino que uno es producto de los padres.
Noviembre es para mí un mes importante porque las cumpleañeras son mis dos primeros vástagos y qué duda cabe que a partir de entonces mi vida cambió y creo que para bien.
Noviembre para un españolito de a pie era un mes triste, me alejaba del verano, poniendo el otoño más gris por medio. Además comienza con unas festividades – la de todos los santos y la de los muertos – que para nadie son la alegría de la huerta. Las imágenes que me vienen son las de los erectos y fúnebres cipreses de los cementerios y familiares cargados con unas flores, no precisamente alegres, con coronas y ramos “pavosíísimos”, y que tal vez parte de las visitas sean para agradecer “in situ” a los yacientes haberse ido antes que el visitante.
Debo decir que al llegar a la Venezuela caribeña, mi perspectiva cambió por completo, la visión se tornó por el mes que conducía directamente a la época navideña, llena de arbolitos y luces de colores que en vez de presagiar nieve y frío nos sugería ir a compartir con la niña de Coppertone, la que enseñaba el culito, las playas libres de la quemazón y en mi caso las estupendas visitas a mi preferida Guayana para reunirnos con el resto de la familia. Los símbolos eran los mismos pero el clima mejoraba todo.
Todo esto es porque a través de mis dos cumpleañeras aún jóvenes, veo la juventud actual, que faltando pocas semanas para la Navidad, en vez de pensar en la rumba que se acerca, están inmersos en un proceso político que no se sabe muy bien como será en su desenlace. La mayor parte de los jóvenes de este país a juzgar por lo que veo, andan fajados defendiendo posiciones encontradas, más activos que sus mayores – que en el fondo somos los responsables – instándoles a votar, por lo que nos pueda caer encima, y han tomado para sí unas causas que nuestra sociedad hace muchos años debería tenerles resueltas. Me da coraje ver a los muchachos empeñados en un tema que nosotros deberíamos haberles evitado. Se han hecho cargo del asunto y por lo que veo, están dando una lección a sus mayores – qué pena con nosotros – porque les estamos escamoteando una temporada de alegría y diversión, que para eso están en la edad
No veo a estas alturas ni atisbos del ambiente navideño que por estas épocas inundaba el país. No oigo la avalancha de gaitas que desde Octubre invadía las radios; en mi calle ni un solo edificio ha sacado las luces, tratando como cada año en mejorar al de al lado, ni a través de los balcones veo los abetos más o menos canadienses, donde Santa colocará los regalos en su momento. Las marcas comerciales se ven poco en la ventana televisiva, tal vez esperando qué pasa el 2-D, algo que puedo entender perfectamente. Dicho esto, tengo que confesar que mi estado de ánimo se debate entre pensar cómo pasaré mis Navidades tropicales y una cierta sensación donde de reojo vislumbro cipreses, nieve y bufandas.
© carlos.managerman@gmail.com

jueves, 22 de noviembre de 2007

SON, CARIBE Y BORBON/ Tulio Monsalve


Acabo de asistir a un coloquio El Caribe más allá de sus fronteras, me emocionó como personas interesadas en temas, asuntos, en síntesis todo lo que tenga que ver con la región caribeña intercambiaban con grata armonía. Comprendí que existe más de un Caribe, y que cada uno tiene sus propias sistemas de vida y cultura

Observo que cada cual llegar a comprender en forma diversa el Caribe y en quienes y porque somos, -entre otras cosas y mas que otras-, seres de este mar. En muchas oportunidades tuve la poca fortuna de tener que toparme con alguno que otro ilustrado, diría Adelantado o virtuoso de nuestro continente que se permitía disculpar nuestras debilidades, tecnológicas entre otras, exponiendo, que en fin de cuentas, total, no éramos mas que Caribeños. El aprender a entendernos y aceptarnos como habitantes del Caribe es una pasión.

Me consta que una de las apasionamientos de don Alejo Carpentier era el Caribe. Desbordaba fuerza y emoción al hablar de su mar. En la novela El siglo de las luces, Victor Hughes trae copias del decreto del 16 Pluvioso que proclama la abolición de la esclavitud, y otorga igualdad de derechos a todos los habitantes de las islas del imperio, sin distinción de razas ni estado. Luego se le ve avanzando por el combés de la nave que lo traía, para ir a quitar la funda de alquitrana que cubría una maquina y se descubre por primera vez, la desnuda y bien filosa cuchilla a la luz del sol. Era un objeto de rara belleza. Con la libertad y el decreto, llegaba la primera guillotina al mundo nuevo.

Luego vendría la Ley del 30 Floreal del año X, por el cual se restablecia la esclavitud en las colonias francesas de América, que deja sin efecto el decreto del 16 Pluvioso de año II. Acto para el solo regocijo de los buenos burgueses y terratenientes de toda la América.

Esa a sido nuestra vida, idas y revenidas de la libertad, con violentas vueltas al control de nuestras poco ilustradas y pero si bien aventajadas burguesias en su afan por hacerse del control del poder y de las vidas y destinos, sobre todo los menos validos.

Con terquedad y sin dar cuartel, a ese ritmo se mueve nuestra poesía, nuestra narrativa, nuestra música, con ritmos hacia delante y contradanzas en retroceso. Pero así avanzamos y así vamos a seguir avanzando hacia el espacio que marca nuestra utopia. Esos ritmos, esas melodías, esos sones, esos cuentos de nuestros campesinos, del caribe son la musica de fondo para nuestras poblaciones, que burla burlando, siguen haciendo del amor su arma y de la entereza de sus valores un cuartel, una muralla para saber como defenderse de aquellos, que son capaces de gritarles insolentemente: ¡ POR QUE NO TE CALLAS!!. Pero esa música y ese nuestro tumbao nunca se callará…

Pero nuestra voz caribeña, el coro de nuestras voces caribeñas, los gañotes caribeños vamos a seguir cantando al ritmo de nuestra libertad, bailando al son de la energía de nuestros músculos prestos para el goce o la defensa (si es necesario, el ataque), vamos a seguir haciendo poesia para tenerla como bálsamo que nos energiza, y narrativa como la que nos viene, entre otras tradiciones de nuestros libertadores o la que hemos escuchado de hasta un estrafalario personaje, Lope de Aguirre, que lo será tanto, que es capaz de decirle a este REY Borbon, que hoy nos ofende, en memorable carta: "que, en fe de cristianos, te juro, Rey y Señor, que si no pones remedio en las maldades desta tierra que te ha de venir azote del cielo; y esto dígolo por avisarte de la verdad, aunque yo y mis compañeros no queremos ni esperamos de ti misericordia". No contento, agrega: "Por cierto lo tengo que van pocos reyes al infierno, porque sois pocos; que si muchos fuésedes; ninguno podría ir al cielo, porque creo allá seríades peores que Lucifer, según teneis sed y hambre y ambición de hartaros de sangre humana; mas no me maravillo ni hago caso de vosotros, pues os llamáis siempre menores de edad, y todo hombre inocente es loco; y vuestro gobierno es aire".

Mucho habrá de decirse en este coloquio, sobre nosotros y nuestros ardorosos ritmos y poesía, mucha expresión de lo que sentimos, mucho de nuestra voluntad de ser diversos e integrados en torno a ese grave asunto de querer ser independientes y bien soberanos. Muy a pesar de la voluntad y deseos del borbón de turno.

DELIRIO EN LA BARRA/ Carmen Delia Dipini

miércoles, 21 de noviembre de 2007

EL MIGAJERO/ Oscar Hernandez Bernalette


Cuando era un niño mi padre era asiduo a un restaurante llamado “Gallegos” en la esquina de “El muerto” aquí en Caracas. No sé si aún existe, aunque encontré una reseña en una vieja guía de Miro Popic . y está calificado con ¡una estrella! . ”Buena relación calidad precio”, según afirma. Casi todos los domingos éramos obligados a las paellas y las famosas sangrías. Los mesoneros eran grandes, mal encarados, tenia bigotes, usaban un corbatín negro y además hacían en la mesa algo mágico que nunca entendía. Con un movimiento veloz y delicado a la vez desaparecían las migajas que siempre dejábamos en la mesa. Una y otra vez los vi poner sus manos y en segundos se desaparecían los trocitos maravillosos de ese pan casero que los gallegos trajeron desde su tierra a tantas mesas caraqueñas.

Cómo lo hacían esos señores no lo entendí , hasta que viaje por primera vez a Europa. Alli sería muy raro ver a un mesonero profesional que con un movimiento semicircular de su mano sobre la mesa no hiciera desaparecer las migajas y dejara el mantel impecable. El secreto, el migajero”.

Esta herramienta fue originalmente patentada en el año 1941.Su función es la de remover drástica y sutilmente las migajas de la mesa con una mano, reemplazando el tradicional cepillo de mesa. Como todo en la vida el migajero tiene su historia. ¿Cómo se origino este artefacto indispensable en las tabernas y restaurantes que se respetan? La historia que descubrí es más o menos la siguiente: en 1912 los hermanos John y Fredrik Miller compraron un restaurante en Baltimore, Schneider’s Old German Café en Fayette Street y lo renombraron como “ Miller Brothers Restaurant”. En poco tiempo lo convirtieron en uno de los lugares predilectos de la ciudad. Preocupados por el fastidio que le producía a sus clientes mientras comían la limpieza de la mesa con cepillos y otros métodos , hizo que John diseñara un pequeño artefacto que les funciono , fue patentado, perfeccionado y es una de las herramientas de trabajo del buen mesonero en la mayor parte del mundo. Las originales se hacen con aluminio para aviones. Las ventajas de su uso son varias, incluyendo la de sorprender a los niños que guindan sus pies en las sillas de los restaurantes.

EL HOMBRE DE PLOMO YA NO BEBE/ Johan Rodríguez Perozo

De cualquier malla sale un artista. Salamanca es una ciudad capaz de aguantar la eventualidad surgida del ingenio de la subsistencia en la calle. (Especial desde Salamanca)

En los días que transcurren, cualquier tipo de situación se le puede presentar a quien visite o viva en la histórica ciudad de Salamanca. Desde el encuentro con símbolos iconográficos, cuyo origen data de los siglos X o XII, desde la época del oscurantismo, pasando por el renacimiento o el llamado siglo de las luces, Salamanca es un mostrario capaz de impresionar al visitante más avezado, venido de cualquier parte del mundo. El caleidoscopio salmantino representa un catálogo de imágenes, de tal manera diverso que puede complacer, incluso, al más desprevenido de sus asiduos visitantes.

Figuras como la de Claudio, conocido en los predios del arte de la calle como “el hombre de plomo”, se tropiezan y confunden con los turistas en cualquier rincón o plaza de la ciudad. Ya los gitanos no tienen el monopolio de “la ruleta de la calle”, muchos paisanos, venidos de cualquier región del país, como es el caso de este hombre nacido en Gijón, recorren los espacios urbanos, ejerciendo una representación, a veces caricaturesca y otras, como remedos de artistas. Pero, de alguna manera hay que ganarse la vida“yo decidí hacerlo, llevando a cabo esta representación. Me cuesta algún esfuerzo, pues, no es fácil la preparación de las mezclas que uso para el maquillaje, también debo untar la ropa y el resto de mis instrumentos de trabajo con la misma sustancia; así le .doy coherencia a lo que mucha gente interpreta de la manera que quiere. Aunque antes ganaba más, cuando hacía de maniquí de modas”. La de Claudio es una imagen, cuya presencia despierta mucha curiosidad en los transeúntes. Al mejor estilo de Marcel Marceou, personaje francés quien consagró la figura del mimo, Claudio asemeja una especie de estatua, al permanecer de manera estática por mucho rato, en la perfecta simulación de un intelectual ejerciendo su hábito de lectura. Cualquier curioso viandante podrá constatar que a este hombre “hecho de plomo”, no se le mueve ni un solo músculo durante su actuación.

Miles y miles de visitantes, turistas o habitantes comunes de la ciudad, disfrutan de personajes como Claudio, el hombre de plomo, en la medida en que éstos representan un esfuerzo actoral que se ve premiado, siempre y cuando la vasija recolectora de la espontánea colaboración de la gente, se nutra de acuerdo al interés del artista. Aunque resulte contradictorio, será al calor de las frías noches de un otoño que comienza a asomar su rostro, cuando el artista muestre su satisfacción o inconformidad con el producto de las colaboraciones recibidas. Para mí lo que recoja sirve para alimentarme modestamente. No me hago ilusiones, ya que esto para mí, no es más que un modo de sobrevivir…” expresa el también conocido, como el ícono de plomo. Claudio es uno más de esos personajes confundidos con el asfalto y la arquitectura de cualquier ciudad europea. Al igual que otros, lucha por sobrevivir a las penurias personales representadas en una larga trayectoria por el mundo de las drogas y el alcoholismo. Dice haber abandonado las drogas y el alcohol, “ahora lucho por recuperarme de esa enfermedad, para atender el daño que me han causado las drogas y el cigarrillo. Los médicos no me dicen que deje de fumar, pero sí dicen que tengo los pulmones negros, quizás para ellos era más importante dejar el aguardiente y las drogas, pues, el tabaco, al fin y al cabo, lo usa todo el mundo”. Esto es lo que expresa un personaje como el hombre de plomo, al conversar de manera afable con quien escribe. Pero la realidad y los hechos no son a veces lo que la percepción asume. Una gitana, quien nos dice haber recorrido el mundo y que conoce bien a Venezuela, le sugiere una negociación a Claudio por la silla que utiliza para su acto en la plaza. Éste, de manera discreta, la aparta a un lado y conversan en privado. La gitana se retira, a su regreso y de manera imprudente, entrega a Claudio una porción de “substancias”, las cuales, al caer de su mano accidentalmente, pone al descubierto el resultado de la negociación. La diligencia está hecha, ambos se sienten satisfechos, la gitana regresa a pintar, utilizando la silla como atril y Claudio, de nuevo, al mundo que antes decía “… lo he dejado atrás”.

La vida sigue su curso en una ciudad, cuyas tradiciones han incorporado furtivamente, la trama representada por los personajes que hoy forman parte de los cambios sufridos por la sociedad. Entre Claudios y gitanas, representando su papel, seguirá transcurriendo el devenir de la ciudad moderna. Ahora, además, con estos nuevos personajes incorporados al paisaje urbano.

lunes, 19 de noviembre de 2007

TEMPORADA DE BODAS/ Rosa Bertin

Hoy estuve a punto de no ir a tomar mi cocktail de los viernes, porque tengo un trabajo urgente: rediseñar un tocado de novia para una clienta de Miami. Es que la novia ya no quiere el velo corto de tul con filigrana de plata; ahora, a sólo tres semanas de la ceremonia, se le antojó un velo más largo y con diminutas lágrimas de cristal, porque lo vio en la boda de no sé quien.

Para quitarme el mal humor, finalmente fui a tomar mi cocktail. Pensé que un White Lady me caería bien, y así fue: el combinado de ginebra, cointreau y jugo de limón me serenó. No me gusta estar de mal humor mientras diseño el ajuar de una novia, para una boda todo debe ser armonía.

Mientras me deleitaba con mi cocktail, pensé en lo rápido que pasa el tiempo, ya estamos en plena temporada de bodas: la gente se casa en noviembre-diciembre, pero este año yo pensé que no habría tantas bodas, por todo el agite de la reforma. Pero qué va, hay muchas bodas, en Caracas es una tradición.

Y en Estados Unidos es una verdadera industria, con una cifra anual de 30 000 millones de dólares y casas especializadas en organizar bodas: te resuelven la ceremonia, la fiesta, las fotos, los videos, el viaje de luna de miel por unos 19.000 dólares. Cada año 2.400.000 novias se casan de blanco, símbolo de pureza espiritual... y todo un mercado para nosotras las diseñadoras y para las costureras. Mi socia Antonieta que está en Miami, quiere que yo me vaya para allá, pero no me gusta Miami y no quiero dedicarme a diseñar trajes de novia. Claro que cuando mi hija se case con su novio, un muchacho encantador, de Orlando, le diseñaré un vestido de ensoñación, con un delicado bouquet de phanolepsias blancas. El bouquet de azahar ya no se lleva, era símbolo de virginidad, quedó démodé.

El bartender me sirvió otro White Lady y se me ocurrió que en una boda sólo deberían servir cocktails como el White Lady, el White Russian, el Honeymoon, el Acapulco...

El Honeymoon me recordó mi luna de miel, fuimos a Moscú porque mi ex-esposo siempre ha sido medio comunista. El primer día pedí un Honeymoon en el bar del hotel pero la mezcla de calvados, benedictine y licor de naranja me pareció empalagosa, a pesar del zumo de limón. Mi ex-esposo pidió un Black Russian, y yo le sugerí que se tomara más bien un White Russian, o sea la versión suavizada, porque la mezcla original de vodka y kahlúa es muy fuerte para los turistas, entonces se le añade leche. Pero él insistió y entonces el propio barman le aconsejó que se lo tomara a sorbitos para no marearse. No se me olvida la cara de mi ex-esposo, se le salían las lágrimas pero siguió tomando su Black Russian como todo un cosaco. Al día siguiente, tuvo que quedarse en la cama. Fue en el invierno de 1983, uno de los más gélidos que recordaban los rusos, casi no salíamos del hotel, yo tuve que comprarme una chapka para protegerme la cabeza de aquel tremendo frío.

La chapka me hizo acordarme del tocado de novia que tengo que terminar, y me vine a mi casa para seguir trabajando.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

CALMA , CALMA EN LA BARRA

BEBESOLISMO EN BUGARAMANGA/ Doménico Mettimano

No es común en nuestros días que un Café se mantenga exitosamente por diez años. Es una paradoja: le sucede únicamente a quien no anda buscando el éxito.

Nada está a la moda en el Café con Verso. No juega al kitsch deliberado o al posmo fatuo o a las nuevas tendencias del ocio y el espacio. Huye de la decoración. Ni siquiera es candoroso. No me he topado un sitio con menos pretensiones en mis últimos años de libador y tabernista. (Aunque soy músico, poseo pergaminos).

Cundo fui llevado al café por primera vez, hace nueve años, me senté afuera, y me sentí adentro. Sitio breve atendido generalmente por mujeres eficientes -un poco exuberante y a la vez un poco austero-, me enganchó por su equilibrio: taberna uterina en calor y forma capaz de recrear en nocturno el sur de la existencia.

No hay televisión, no hay culto al bochinche, el oído no sufre en esta casa. Estamos a salvo de Las 40 Principales. De Petrona Martínez a Frank Zappa; de Djavan al Sabina, canta el menú. Eclecticismo sí, pero nada por azar. A diferencia de casi todos los lugares, aquí hay un celoso control de calidad, pieza por pieza, en el repertorio que fluye y entibia. No hace falta el Mentho Liptus en los Primeros Auxilios, tampoco la garganta sufre.

La barra, ideal para el despiste y el bebesolismo, en vez de ser el clásico confesionario de caoba que anda repartiendo escoceses como perdones, es un incómodo observatorio de cuatro sillas altas donde te dan de leer y de beber, incluyendo el mejor espresso de la ciudad. Confieso que he leído.

Hay un solo baño (aún se desconoce si el que falta es el de damas o el de caballeros). Lo cierto es que por no tener no tiene techo ni espejos: los tímidos a mirar al cielo raso y los curiosos a descifrar el poema semanal que cuelga frente al impávido inodoro, diez años más sabio que la noche de apertura.

En el Café con Verso todo está previsto para que nada ocurra de la manera más grata. Quizá por ello atrae poco a los adolescentes, cosa que aplaudo, que la noche sin acné transcurre diferente, rueda sin instrucciones al dorso ni código de barras. Nada personal.

El lado más luminoso de la noche larga solapa estos lugares que son pocos, cada vez más pocos en el planeta. Nosotros, mamíferos nocturnos, tenemos la obligación de celebrarlos sin desvelar a nadie.

BARRA PORTÁTIL III LA RUTA DEL SAMBIL / Pablo Antillano



(VIENE) El Centro Comercial ha venido a sustituir a la vieja Plaza Mayor con la que las bulas papales poblaron América. Ellos ocupan hoy el espacio material e inmaterial de la iglesia, de la justicia, del mercado y del encuentro entre los ciudadanos. Pero ofrecen también las brújulas del extravío y la emoción de la aventura, la excitación de la ambición, del descubrimiento y... del terror a lo desconocido.

A ellos se puede llegar, como Picabia en Port Actif, con el Café Louvre a cuestas. En el Sambil por ejemplo abundan templos de gemas con tesoros deslumbrantes y exóticos, ámbar, ágata, corales y diamantes, artículos de shamanismo, incensarios y difusores, pócimas mágicas y adaptógenos. En su azotea se puede esquiar sobre la nieve virtual de montañas empinadas o navegar por ríos de corrientes indómitas, combatir cuerpo a cuerpo o utilizar peligrosas armas electrónicas.

Por sus pasillos circulan tribus variopintas y amenazantes, algunas con los ombligos al aire, como si llegaran de la Polinesia, que producen inquietantes borbotones hormonales. En Zara se reúne una peculiar tribu de bellas amazonas que venden y consumen atuendos invernales, largas botas y pieles parisinas. De sus estepas y laberintos brotan comidas exóticas, dialectos intraducibles, objetos de otros mundos, telas de países remotos.

Del interior del país llegan legiones de expedicionarios , provistos de rojos atavíos, con gorras de lemas invulnerables, trasportados por guías Zamoranos, con las carabinas del deseo y la ambición; pulsiones que les alejan del líder locuaz y de la avenida anónima; aventuras genuinas del sigloXXI . Muchos allí se sienten emboscados, unos parlanchines, otros meditabundos, en busca de una aventura o una barra ¿portátil?.

ESPEJOS / Alejo Urdaneta


Acodado en la barra, observo en el espejo. El ambiente resuena del choque de vasos y voces imprecisas. La charla de aquel hombre en el otro extremo es incomprensible y no me deja pensar en mí mismo, ver mi rostro emborronado en la luna de azogue manchado. Habla de cosas sin interés para mí: visitantes del día, el accidente que presenció a las puertas del negocio, el palabrerío de una filosofía sin ideas, como decir que la vida hay que vivirla, no aplacarla. Dice que él cumple su deber y luego la voz se pierde en el bullicio quede que estoy allí, acodado producen otras voces también incomprensibles. No me dejan percatarme a sueños, o creer que ese que me mira desde mi propio reflejo soy yo mismo. ¿Y qué puedo decir de ese personaje que me observa desde el vidrio opaco, multiplicado de vasos y botellas, que apenas escucha al cantinero decir su oración de rutina?

Hoy en la mañana me vi en otro espejo, con el rostro enjabonado que parecía estar conforme, sin trazos de incertidumbre o la angustia que deja el trasnocho. Cumplí el hábito de levantarme para hacer lo de cada día, salir al paso repetido de conocer y enfrentar y evadir, hasta llegar al cansancio de la tarde y estar otra vez ante la barra de la taberna, frente al espejo de siempre, las voces de siempre, la penumbra y el humo. Pienso que también este espejo en el bar estará desgastado de tantas caras cansadas, formas torcidas que vienen del azogue y parecen una multitud de risas y gritos. Se abrazan efusivos en gestos, expresando afectos que no tienen. O quizás si los tengan, pero en este lugar los gestos se confunden por el movimiento de las luces reflejadas en el espejo. Hablan del juego y de la apuesta ganada, de la partida del candidato que parece tener el triunfo. Se le agasajaría por no sé qué cosa y se vaticinaría un futuro inmenso para él y para su partido. En toda esta algarabía, el único que parece decir algo de verdad es el cantinero: ¡Vivir la vida, no aplacarla!

En la butaca del rincón ves a la mujer acomodando su cabello ante un pequeño espejo. Piensas que es el mismo que te contempla cada mañana, el mismo también que te vigila en la penumbra del atardecer. El espejo es la prueba de que hay alguien allí. Porque este día, al llegar al bar, estaba vacío de voces y de sombras. Nadie sino tú y el cantinero en el espacio inmenso por la duplicidad de los cristales; y la mujer arreglando su rostro para alguien que no llega, o no llegará esta tarde.

Pediste la copa de vino y volteaste hacia el rincón donde la mujer estaría haciendo lo mismo en su larga espera. Te extraña este silencio de hoy en el recinto siempre bullicioso, y observas la mano del cantinero que sirve tu copa vertiendo el resto de la botella. De reojo buscas la presencia de la mujer y no la hallas. ¿Se habrá ido ante la desesperada espera? Estaba ella sombría en esta luz de artificio, sin percibir nada más que sus confusos pensamientos, expectante por este hacer para hacer nada. Espera, tiempo hueco lleno sólo de evocaciones sin rumbo. Llega la hora y pasa a otra sin anunciar su transcurso.

Es ahora el fin de la tarde y aún no comienza el día. La espera gotea esperma desde las yertas lámparas.

Eso imaginas de la mujer. Su paciencia agotó la espera y ha ido a otro lugar, a buscar nueva compañía.

Si preguntaras al cantinero qué ha sucedido este día, por qué el bar está desierto, no tendría respuesta para ti. Detrás del mesón cubierto de copas y botellas, permanece impasible limpiando lo que está limpio, callado ante tu silenciosa pregunta.

Y de modo casi imperceptible se voltea el cantinero hacia el espejo y ve allí, reflejados, a todos los comensales, los bebedores habituales, y te ve a ti también; pero no está la mujer. Escucha con tedio el tabernero la conversación de los vasos y los temas cotidianos.

Pero, en cambio, tú no ves a nadie, la sala está vacía, y sólo percibes el perfume que dejó la mujer en el espacio oscurecido del bar.


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