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martes, 2 de marzo de 2010

LA NATURALEZA TIENE CAPRICHOS/ Antonio Skármeta



LA NATURALEZA TIENE CAPRICHOS

QUE LOS HOMBRES NO DOMINAMOS/

Tomado de Clarín

Que el terremoto sea un hábito chileno no nos excusa de decir que este último de la madrugada del sábado es el más estremecedor que he vivido. Escribo en mi estudio de Santiago tras abrirle un hueco a mi ordenador entre los cientos de libros de mi biblioteca derrumbados de los estantes. Escribiendo me alivio un poco de la porfiada monotonía de las informaciones de la televisión que acumulan tragedias sin tregua. Cientos de compatriotas muertos o desaparecidos y la cifra sube sin piedad. El pujante Chile, que destacaba por su modernidad y progreso en América Latina, se le ve gravemente herido. No sé cuántos años tardará la reconstrucción. Este es un país no sólo de delgada forma extravagante, sino también un territorio extremadamente vulnerable. Los cuatro mil kilómetros que separan el punto más alto en el norte del más extremo del sur son igualmente presas propicias para los movimientos telúricos.

Esto fue así, y seguirá siendo así, pues la naturaleza tiene caprichos que los hombres no dominamos. Tras cada catástrofe, con más voluntarismo que lógica, pensamos que acaso sea la última. De hecho, un sismo de esta violencia no ocurría desde hace cincuenta años. Creímos entonces que la tregua de la Madre Tierra era infinita, pero ahora escribimos desde los escombros que provocó su furia. La violencia estalló en plena noche, hacia las cuatro de la mañana del sábado. En Chile es verano y ciento de miles tienen vacaciones en las playas o en los bellos lagos del sur. Las noches de suave brisa y cielo estrellado son propicias para grandes festivales de teatro, o de la canción popular, como el de Viña del Mar, nuestra más conocida ciudad-balneario, que justamente tenía esta semana su fiesta máxima: el Festival de la Canción. Este año la competencia internacional tenía una modalidad distinta debido a que Chile celebra en 2010 el Bicentenario de su Independencia del Reino Español.

Se le encargó al jurado determinar cuál es la más bella canción del mundo de los últimos cincuenta años de muchos países. Algunas son sincopadas, otras románticas, y las hay también conceptuales. Esto permite que Argentina compita con “El día que me quieras” de Gardel y Le Pera, Estados Unidos con “Rock around the clock”, el tema de Bill Haley y sus Cometas que nos electrizó hace cinco décadas al final del film de Blake Edwards, “Blackboard Jungle”, Inglaterra con “I can’t get no satisfaction” y la dulce Italia con el soberbio proyectil hacia el cielo de Modugno: “Volare”. España mandó un tema de Mocedades: “Eres tú”, que en la versión actual sonaba como una letanía religiosa.

No sé quién ganó porque el multitudinario Festival cerró sus puertas sin una finalísima. La catástrofe terminó anulando todo: conciertos, cines, partidos de fútbol. “Cerrado el país hasta nuevo aviso”. Cerrado también el aeropuerto internacional de Santiago. Dicen que por 72 horas. Otros la negocian en 48. Las imágenes que muestra la televisión son calamitosas. Pero el ministro de Obras Públicas asegura que los daños son más bien “cosméticos”.

Cosméticos o no, el hecho es que la tragedia pulveriza al menos tres grandes acontecimientos que tenían a Chile como sede. El principal, que prometía brillo a destajo, era el Quinto Congreso de la Lengua Española en Valparaíso. Lo iban a inaugurar los Reyes de España junto a la presidenta Michelle Bachelet. Excelente ocasión para celebrar la vitalidad de la lengua común entre españoles y americanos y además broche de oro para la rubia presidenta que en dos semanas entrega el gobierno tras 20 años de su coalición de Centro-Izquierda al derechista Sebastían Piñera, claro ganador del ballotage en enero ¡Lástima!

Los pocos congresistas que llegaron a Santiago escaparon despavoridos en pijamas de sus cuartos en el hotel, otros que venían en vuelo aterrizaron en Buenos Aires y acaso los más alcanzaron a enterarse del terremoto en sus respectivos países y no emprendieron el viaje.

Inconmensurable tristeza, porque la Real Academia Española, el Instituto Cervantes, las editoriales y medio mundo le tenían e ese encuentro unas ganas locas y apostaron a él con entusiasmo. Incluso alcancé a recibir la deslumbrante “Nueva Gramática de la Lengua Española” que en dos volúmenes se las arregla en mi escritorio para no sucumbir a las frecuentes réplicas del terremoto. Víctima del sismo fue también un precioso primer Congreso de Literatura Infantil y Juvenil que atrajo a cientos de especialistas de España, Brasil e Hispanoamérica al Palacio de Bellas Artes en Santiago. El antiguo edificio hoy padece un escueto cartel escrito a mano: “Cerrado”. Sus cornisas se desprendieron y cayeron estruendosas sobre las escalinatas.

Doble lástima, tanto para la saliente presidenta como para el electo nuevo gobernante de la derecha. La primera, porque se merecía un festivo final a su gestión: según las encuestas, abandona el cargo con más de 80% de aprobación popular. Y Sebastián Piñera, que quería partir gobernando con energía arrolladora, va a tener ahora que dedicarse en primer lugar a reparar la cancha donde esperaba deslumbrar con jugadas mundialistas.

http://www.clarin.com/diario/2010/03/01/elmundo/i-02149876.htm

lunes, 1 de marzo de 2010

CUATRO MINUTOS DE ETERNIDAD/ Miguel Schapira

Son cinco minutos. La vida es eterna en cinco minutos. El estribillo de aquella canción de Víctor Jara en la que una mujer chilena, Amanda, se abrazaba a la vida en los cinco minutos que duraba el encuentro con su amado durante el receso en la fábrica, visitó suavemente mi memoria en la madrugada del 27 de febrero en el preciso instante en que, abrazado a mi esposa Kirsten-Maria bajo el marco de la puerta de entrada de mi departamento, sentí , durante casi cuatro eternos minutos, temblar la tierra en Chile.

A las criaturas humanas nos mueve la vocación de intentar identificar aquellos momentos exactos de la vida – generalmente dramáticos- en los que nuestra existencia se fractura en un antes y después. Suele ser un ejercicio a geometría variable que tiene la tendencia a ir mutando con cada cataclismo personal que vamos experimentando. Circunstancias singulares de mi vida personal y profesional me han convertido en testigo directo y muy próximo de una lista inquietante de elementos desatados y situaciones límite: un huracán en Centroamérica, un volcán en erupción en Filipinas, una inundación de lava en Colombia, un alud de barro en Venezuela, un terremoto en Costa Rica, un tornado en Iowa, una tormenta de nieve en Kazhasktán…Pero nada, absolutamente nada, de lo ocurrido en mi azarosa errancia puede compararse a lo que viví, sentí y experimenté durante aquellos cuatro interminables minutos bajo el dintel de la puerta en ese departamento del piso 14 en la comuna de Providencia en Santiago de Chile.

Primero fue el sacudón violento, traicionero, incomprensible, que alteró, a las 3:24 de la noche, el momento más profundo del sueño. Luego el grito desgarrador de Kirsten, ¡terremoto! Después, el gesto instintivo, internalizado a fuerza de tanto escucharlo, de correr a buscar refugio bajo la viga más sólida. Unidos en un abrazo fusional, los ojos cerrados, los dientes apretados, los cuerpos entregados, mi esposa y yo nos abandonamos a la furia del monstruo. Un monstruo que comenzó a sacudirse con movimientos espasmódicos, brutales y caprichosos que crecían en intensidad a cada segundo. Al principio fueron saltos muy bruscos, seguidos por giros, bamboleos y vaivenes que se sucedían en un movimiento anárquico y en un crescendo deliberadamente destructivo.

La imagen que acude a mi espíritu en el momento que escribo estas líneas, es la de aquella cama convulsiva en la que yacía aterrada la niña poseída por el demonio en la película “El Exorcista”. Porque también el rugido del Monstruo era diabólico. ¿Alguna vez escuchaste el bramido que emerge de la garganta de la tierra? Es seguramente el sonido más aterrador que pueda registrar el oído humano, acaso la concreción acústica del gruñido de los dragones de las historias medievales o de los ruidos que atizaban los miedos más oscuros de tu infancia. Librados a los caprichos de las placas geológicas, todo pierde entidad, nada conserva identidad. Ni tú, esperando impotente un desenlace que dada la violencia de la tierra imaginas fatal, ni las paredes que te protegen, ni los techos que te cubren, ni los objetos que te rodean. Todo se desmorona, literalmente se desmorona. Un minuto, dos, tres; la vida es eterna en cuatro minutos. Las estadísticas ya registran que éste fue no sólo uno de los terremotos más potentes de la Historia sino también el más largo. Cuando la tierra dejó de moverse y Víctor Jara dejó de cantar, nos miramos a los ojos y sobrevino la catarsis. ¿Lo que acaba de ocurrir, ocurrió realmente? ¿Fue una pesadilla? ¿Estamos aún con vida o acabamos de convertimos en habitantes de otra región de la existencia? Los sollozos, sin embargo, eran reales. Así como el temblor de nuestros cuerpos y los gritos de pánico que entraban por las ventanas. Sin luz, sin agua, sin corriente, sin comunicación con el mundo externo, avanzando a tientas por un departamento oscuro y devastado, comenzamos a reconocer el paisaje después de la batalla. ¿Vale la pena mencionar cuan relativo puede ser el valor de las cosas materiales ante la certeza de tu propia materialidad?

Narrar mi pequeña experiencia individual en esta tragedia que asoló a todo Chile me coteja pudorosamente ante el drama de centenares de miles de personas que hoy lloran a los suyos, aplastados por los escombros o arrastrados por la ola; escribir mi vivencia más personal ante el terremoto de Chile representa para mí un acto de humildad frente a quienes todo lo perdieron y un homenaje íntimo al extraordinario país hermano cuyo territorio bronco inspiró una vez estos versos de Pablo Neruda:

Que corran las cuerdas del canto en el viento extranjero

porque mi sangre circula en mi canto si cantas,

si cantas, oh patria terrible, en el centro de los terremotos

porque así necesitas de mí, resurrecta,

porque canta tu boca en mi boca y sólo el amor resucita.


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