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sábado, 24 de enero de 2009

ALTER EGO CON GAROTA EN LA PLAYA IMPOSIBLE / Roberto Echeto ®

Cada cierto tiempo nos da por desear lo imposible, por querer salirnos de nosotros mismos, ser otros y andar por ahí con otra cara y otro cuerpo y otros problemas y otra casa y otro marido y otro perro y otra esposa y todas esas cosas.

Cuando uno está así, lo mejor es servirse una cerveza bien fría y dedicarle unos cuantos minutos a planificar unas vacaciones. Si ustedes no beben, pónganse a hacer un crucigrama, vean Boston Legal. Hagan algo, pero no cultiven la entelequia de querer ser otros ni de concebir que sus respectivas existencias son menos interesantes que las de los demás. Recuerden que la vida de los seres humanos (aquí y en cualquier parte) se parece mucho. Por eso y porque la estupidez trasciende las fronteras, más vale que nos quedemos quietecitos siendo los que somos.

No obstante, a partir de la idea de querer ser otros, nunca han faltado inventores de historias que le han dado a ese atávico deseo las vueltas más extrañas e interesantes. Nicolai Gogol, Julio Garmendia, Jorge Luis Borges, Bram Stocker, Charles Maturin, Adolfo Bioy Casares, Alfred Hitchcock, David Lynch, Israel Centeno, Rodrigo Blanco Calderón y muchos más, imaginaron relatos en los que un personaje se encontraba con la sorpresa de que alguien exacto a él, recorría avenidas o vivía en otros mundos, mientras ese personaje se encontraba en su casa tomando café u oyendo discos de Dorothy Donegan de lo más tranquilo.

En esos casos, las reglas de la literatura fantástica justifican y, a veces, hasta explican cualquier exceso de imaginación. Sin embargo, en el mundo real no hay leyes que justifiquen el que tú estés caminando por la playa y de pronto te consigas a ti mismo papeado y sin camisa jugando tenis con una rubia brasileña, narizona y bronceada. En ese caso, la única ley que se impone es la de la genética y, claro, la sospecha de que tienes un hermano gemelo del que te separaron al nacer.

Los hermanos gemelos son los únicos que pueden jugar a que tienen otro yo. En Cien años de soledad, Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo jugaban a confundir a su mamá, haciéndose pasar el uno por el otro hasta que un día, de tanto jugar a ese cambio de identidades, se confundieron. Así José Arcadio Segundo terminó siendo Aureliano Segundo y Aureliano Segundo terminó siendo José Arcadio Segundo.

Algo parecido le pasa a Joaquín Ortega cada vez que sale a beber con los hermanos Castejón… Víctor y Freddy son gemelos exactos. Bueno, no tan exactos porque el primero es más culón que el segundo, pero en defensa de Joaquín, debo aclarar que ese detalle no se nota cuando están sentados a la mesa de una tasca, rindiéndole los honores correspondientes a un obelisco de whisky. Después de varias horas de cuentos groseros entreverados con montaditos de sobrasada y queso manchego, Joaquín comienza a acusar recibo de las rocas del whisky viendo raro a los hermanos Castejón y preguntándoles a uno primero y al otro después:

—¿Tú eres tú o tu hermano?

Juan Villoro escribió «La alcoba dormida», un cuento en el que un sujeto medio gafo se enamora de una muchacha que tiene una hermana gemela. Sobra decirles que las dos hermanitas se valen de su parecido para fagocitarse con todo y pantalones al mozo idiota. Por supuesto, el cuento es más complicado que como aquí se los refiero, pero yo no soy Juan Villoro.

Encontrarte a tu hermano perdido es una situación extraña. Mejor hazte el loco, no sea que termines preguntándote por qué él tiene una novia brasileña, narizona y bronceada, y tú una bracipeluda que no te deja ponerte tus corbatas de orquídeas hawaianas.

Recuerda siempre que Eddie Brock es Venom, que Peter Parker es el Hombre Araña, que tú eres tú y que no hay nada que se pueda hacer, salvo llevar la vida con dignidad.

miércoles, 22 de agosto de 2007

EL BAR CIRCUNSPECTO/Roberto Echeto ®

Bar (Del ingl. bar, barra).
1. m. Local en que se despachan bebidas que suelen tomarse de pie, ante el mostrador.
2. m. Cierto tipo de cervecerías.
DRAE


Nos gustan los bares; nos fascinan las botellas ordenadas detrás de la barra, la oscuridad casi sólida que se esparce por sus predios, la atmósfera fría y cómoda que conforma un útero de humo en el que se habla y se llora o se sufre y se ríe.

Hay bares siniestros, donde hasta el ron es de mentira. En cambio hay bares fascinantes con cómodas butacas, cuadros bonitos, paredes de madera y algo que no tiene precio: calma, tranquilidad, nada de Olga Tañón a todo volumen; silencio, aire acondicionado, ruido de copas lejanas y más silencio.

A nosotros nos regocijan los buenos bares, pero no nos gusta beber en exceso; nos fastidian los borrachos, sobre todo los que disertan, los que comienzan a darte palmadas en la espalda, los que lloran dementados o, peor aún, los que te invitan a navegar (otra vez) por las aguas siempre turbias del arroyo inmundo de la vida galante. Debe ser que se nos estamos poniendo viejos y que comenzamos a ver la belleza de los bares (y del mundo en general) con ojos tranquilos.

A diferencia de los bares, las tascas se caracterizan porque todo en ellas es exageración. Por lo general, sus barras tienen una especie de telón hecho de jamones que penden casi a la altura de las cabezas de quienes se sientan allí a beber cerveza y a comer tapas de distintos calibres, mientras en el fondo, y detrás del barman, siempre hay un televisor encendido que replica el mismo partido de fútbol o de béisbol que difunden los demás televisores esparcidos por todo el local. Otras veces, quien visita una tasca, pasa por debajo de una suerte de instalación también hecha de jamones serranos que, en esta oportunidad, cuelgan de todo el techo del establecimiento, haciéndonos creer que estamos debajo de una suerte de «Penetrable» de Jesús Soto, pero conformado por cientos de deliciosas patas de cerdo. Lo único que Roberto pide para creer en la bondad de tales instalaciones es que los jamones sean reales y no burdas réplicas de yeso diseñadas para imitar los jabugos y los patas negras de la vida real.

La tasca vista como restaurante es distinta a la tasca a la que sólo se va a beber y a intercambiar opiniones al compás de la música apocalíptica de un hombre-orquesta que canta por igual saetas y merengues. Esa tasca, la de la rumba, es heredera de aquel lugar al que las señoras de antes llamaban «botiquín», proponiendo con tal nombre una evidente relación entre el alcohol que sirven en el bar y el isopropílico que debe haber a borbotones en todo gabinete dispuesto para ofrecerle los primeros auxilios a quien los necesite. En los botiquines había rockolas llenas de boleros indecibles que ponían melancólicos a aquéllos que no bailaban con las ficheras y que se quedaban sentaditos, rumiando sus cuitas en medio de la colorida niebla de sus propios cigarros.

Pero a nosotros no nos gusta el manido patetismo de esos lugares. Nos fascinan los bares en los que no importa si pides un Campari con jugo de naranja o un bull shot porque hay infinitas botellas en la barra mostrando sus etiquetas y un barman que se sabe todas las claves para combinar sus respectivos contenidos.

Así como los niños van a la guardería, los adultos vamos al bar. Los infantes juegan con plastilina y los grandes nos divertimos dibujando sobre las servilletas y bebiendo cualquier maravilla líquida que nos ayude a salirnos del mundo real durante dos o tres horas.

Un bar, una pata momificada de jamón serrano, una cerveza, boquerones, tortilla, maní… La felicidad adquiere las formas más extrañas, pero está siempre a la vuelta de la esquina.

Salud.


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