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jueves, 18 de febrero de 2010

OÍDO EN BARRA COOL

El hombre: Dios?

Dios: ¿Sí?
Hombre: ¿Puedo preguntarte algo?
Dios: ¡Por supuesto!
Hombre: ¿Qué es para ti un millón de años?
Dios: Un segundo.
Hombre: Y un millón de dólares?
Dios: un centavo.
El hombre: Dios, ¿Puede darme un centavo?
Dios: Claro. Espera un segundo.

martes, 3 de marzo de 2009

OIDO EN UNA BARRA / Gustavo Méndez


Un hombre vuela en un globo, cuando de repente, se percata de que
está perdido, entonces maniobra y desciende lentamente hasta divisar a
un hombre en medio del campo y le grita:

— ¿Podría usted ayudarme? He quedado en verme a las 2:00 p.m. con un
amigo, llevo media hora de retraso y no sé dónde me encuentro.

— Claro que sí -le contesta el hombre-. Se encuentra usted en un globo
de aire caliente flotando a unos treinta metros de altura, entre los
11 y 12 grados de latitud norte y entre los 63 y 64 grados de longitud
oeste.

— ¿Es usted militar, verdad? - pregunta el del globo.

— Sí, señor, lo soy... ¿cómo lo adivinó?

— Es simple, porque todo lo que ha dicho es técnicamente correcto, pero
prácticamente inútil. Continúo perdido y voy a llegar tarde a mi cita
porque no sé que hacer con su información.

— Y usted ¿es socialista? -pregunta el militar.

— Sí señor. ¿Cómo lo supo?

— Es muy simple. Porque usted no sabe ni donde está, ni para dónde va,
ha hecho una promesa que no puede cumplir y espera que otro le
resuelva el problema. De hecho, se halla exactamente en la misma
situación en la que estaba antes de encontrarme, salvo que ahora, por
alguna extraña razón..... ¡la culpa es mía!

domingo, 16 de marzo de 2008

UN SEÑOR IMPORTANTE / Alejo Urdaneta

Lo vio en la mesa contigua. ¡Tantos años... desde la escuela!, y se acercó a saludarlo: bigotes inmensos, calva intelectual, aspecto de importancia. Todo un personaje que lo veía a ojos fijos, sin pestañar, y a veces con un asomo de sonrisa. Nada decía al sentirse abordado de ese modo, sólo escuchaba algo como un rumor incomprensible. Ha aprendido esos ardides y no se compromete, menos aún con este impertinente que dice ser su viejo compañero en las aulas; apenas lo recuerda y no sabe su nombre.

Seguía el otro: ¿Te acuerdas del fútbol, del catire Eugenio, de los regaños del Prefecto? Historias de juegos y travesuras salpicadas por hierbas secas que se hacían polvo. Le dijo de todo en la hora del almuerzo, sin pedir de comer el recién llegado, mientras el señor importante lo hacía con placer y acompañaba los platos con una delicada copa de vino, por minutos que parecían horas robadas a la vida de alguien invisible y distante.

¿Por qué preguntaba tantas cosas? ¿Es que no comes? Eran quizás las preguntas del hombre serio, parecidas a una avalancha de ravioles, con salsas picantes y mucho queso rayado parmesano; y esparcía el queso y las salsas, que casi exclamaban: ¡ Hasta cuándo! y cosas así como las que abundan en restaurantes italianos: queso y pasta, violines y puentes sobre alfombras. Y las palabras sin fin, único manjar necesario para el hablante inoportuno en su aislamiento.

Cuando el señor importante fue tomando conciencia, después del palabrerío y los ravioles, tenía atracado en la garganta un grito a punto de estallar: "¡DÉJAME COMER !" Casi llegaba el final del almuerzo y el visitante continuaba relatando pasado, tratando de atraer el interés que él sentía al evocar las historias de una infancia que era sólo de ellos.

Luego el señor importante se levantó sin despedirse y pidió un trago en la mesa más distante.

El mesonero sonrió al recoger la mesa.

lunes, 7 de enero de 2008

MARCELINO (Fragmento)/ Federico Vegas

Que bueno que te gustó.
Va a salir en un libro de cuentos hacia marzo. Yo escogería un fragmento (no todo porque acabamos la emoción de la publicación), el que tu quieras, y lo colocaría invitando a los amigos de la barra a compartir los recuerdos que tengan de Marcelino.
fv


II

Siempre que cruzábamos juntos la ciudad lo hacíamos con una elegante parsimonia: nunca sobrepasamos los sesenta kilómetros por hora. Desde su Toyota azul cobalto el tiempo y la ciudad se estiraban. Éramos legítimos dueños de las calles, inspectores que paseaban revisando la sensualidad de las curvas y la franqueza de las rectas, el reposo de los árboles y la frescura de la noche; príncipes que se exhibían en una serenísima carroza de carnaval, generales avanzando por el campo de batalla en un tanque de guerra, armadores griegos en un carguero con tesoros en las bodegas; insultados por quienes nos adelantaban a toda prisa, celebrados por los pocos que aceptaban la nobleza de nuestra parsimonia.
Recuerdo una noche que fuimos a la Peña Tanguera. Allí Marcelino se había enamorado de una bailarina argentina con nombre de torta criolla: La Bejarano. Apenas conocerla, a La Bejarano le dio una lechina furibunda que le cubrió hasta la palma de las manos y el blanco de los ojos. Marcelino se la llevó a su casita en Altamira para cuidarla. Todas las tardes la embadurnaba de caladril con almidón y vigilaba que no se rascara las ronchas: no le podían quedar marcas a una mujer que vivía de presentarse ante su público más desnuda y depilada que una lagartija. La noche que lo acompañé, Marcelino soltó en la barra del bar una sentencia de despecho:
—Necesitamos novias que nos comprendan, amantes que nos distraigan y esposas que nos mantengan.
Pero él venía de mantener, comprender y divertir a una mujer con fama de ingrata y fugaz.
—Es que tenía algo de Venus y Pinocho —le escuchamos decir con melancolía, añorando a la despampanante y narizona Bejarano, quien ya estaba en franca recuperación y enredada en otras seducciones. En el despecho de esa última sentencia nos revelaba la última carta que quiso jugar con la infiel Bejarano: una amistad duradera y sin ataduras en la cual predominara la lealtad y algunos fragores libres de culpa y compromiso.
Cuando salimos del local a las cuatro de la mañana, apenas tomó el volante de su camioneta, Marcelino me anunció:
—Me gusta sentir el vértigo de la seguridad.
Y no habló más, tenía mucho en que pensar. Esa madrugada iniciamos uno de los viajes más lentos que recuerdo: acompañados por un concierto de Brahms hicimos tres cuartos de hora entre Bello Monte y Altamira. Yo soñaba con tener una máquina tan fiera como aquella camioneta, capaz de llevarlo a uno al corazón de la Gran Sabana, a los carnavales del Callao, a las orillas del Ventuari. Le pregunté cuánto le había costado y me respondió:
—Bien poco para todo lo que cabe. Aquí entran mi compadre Paco Vera, cinco putas y un arpa.
Cuando íbamos a Caruao arrancábamos escuchando a Piazzolla y, al pasar Punta de Mulatos, le tocaba el turno a Janis Joplin. Ella nos acompañaba con su vigorosa melancolía a lo largo de la costa mientras el amanecer iba reverberando en el mar.
A partir de Los Caracas la carretera subía y bajaba por la Cordillera de la Costa. Nos elevábamos dando curvas por los cerros hasta divisar las playas salvajes de Todasana y La Sabana, para luego descender en picada y atravesar las quebradas que bajan de la montaña. Esos pasos del sol pleno y las brisas despejadas a sombras húmedas y profundas se prestaban a una creciente variedad de temas y estados de ánimo, lo que hacía de la travesía un drenaje a los líos de mi atropellada adolescencia. Me sentía seguro con mi guía, quien siempre me entregaba el volante a mitad de camino.
Marcelino conocía de su camioneta hasta esas manías y malcriadeces casi humanas que tienen los motores y las cajas de cambio. Una vez nos agarró un aguacero desde que pasamos por Naiguatá, y al llegar a Guayabal encontramos el río desbordado. La carretera de tierra se había convertido en un lodazal con crestas y remolinos. Varias camionetas se habían quedado pegadas tratando de esquivar aquel formidable pantano. Marcelino examinó la situación desde su puesto de copiloto y, con la expresión de un caimán que despierta de su siesta, me dio una sola recomendación:
—Mujer y barrial por el centro.
Y la toyota azul cabalgó sobre las aguas turbias con rugidos gástricos de nave a vapor, y una estela sepia señaló la ruta a los timoratos que desistían antes del primer intento.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

ESPEJOS / Alejo Urdaneta


Acodado en la barra, observo en el espejo. El ambiente resuena del choque de vasos y voces imprecisas. La charla de aquel hombre en el otro extremo es incomprensible y no me deja pensar en mí mismo, ver mi rostro emborronado en la luna de azogue manchado. Habla de cosas sin interés para mí: visitantes del día, el accidente que presenció a las puertas del negocio, el palabrerío de una filosofía sin ideas, como decir que la vida hay que vivirla, no aplacarla. Dice que él cumple su deber y luego la voz se pierde en el bullicio quede que estoy allí, acodado producen otras voces también incomprensibles. No me dejan percatarme a sueños, o creer que ese que me mira desde mi propio reflejo soy yo mismo. ¿Y qué puedo decir de ese personaje que me observa desde el vidrio opaco, multiplicado de vasos y botellas, que apenas escucha al cantinero decir su oración de rutina?

Hoy en la mañana me vi en otro espejo, con el rostro enjabonado que parecía estar conforme, sin trazos de incertidumbre o la angustia que deja el trasnocho. Cumplí el hábito de levantarme para hacer lo de cada día, salir al paso repetido de conocer y enfrentar y evadir, hasta llegar al cansancio de la tarde y estar otra vez ante la barra de la taberna, frente al espejo de siempre, las voces de siempre, la penumbra y el humo. Pienso que también este espejo en el bar estará desgastado de tantas caras cansadas, formas torcidas que vienen del azogue y parecen una multitud de risas y gritos. Se abrazan efusivos en gestos, expresando afectos que no tienen. O quizás si los tengan, pero en este lugar los gestos se confunden por el movimiento de las luces reflejadas en el espejo. Hablan del juego y de la apuesta ganada, de la partida del candidato que parece tener el triunfo. Se le agasajaría por no sé qué cosa y se vaticinaría un futuro inmenso para él y para su partido. En toda esta algarabía, el único que parece decir algo de verdad es el cantinero: ¡Vivir la vida, no aplacarla!

En la butaca del rincón ves a la mujer acomodando su cabello ante un pequeño espejo. Piensas que es el mismo que te contempla cada mañana, el mismo también que te vigila en la penumbra del atardecer. El espejo es la prueba de que hay alguien allí. Porque este día, al llegar al bar, estaba vacío de voces y de sombras. Nadie sino tú y el cantinero en el espacio inmenso por la duplicidad de los cristales; y la mujer arreglando su rostro para alguien que no llega, o no llegará esta tarde.

Pediste la copa de vino y volteaste hacia el rincón donde la mujer estaría haciendo lo mismo en su larga espera. Te extraña este silencio de hoy en el recinto siempre bullicioso, y observas la mano del cantinero que sirve tu copa vertiendo el resto de la botella. De reojo buscas la presencia de la mujer y no la hallas. ¿Se habrá ido ante la desesperada espera? Estaba ella sombría en esta luz de artificio, sin percibir nada más que sus confusos pensamientos, expectante por este hacer para hacer nada. Espera, tiempo hueco lleno sólo de evocaciones sin rumbo. Llega la hora y pasa a otra sin anunciar su transcurso.

Es ahora el fin de la tarde y aún no comienza el día. La espera gotea esperma desde las yertas lámparas.

Eso imaginas de la mujer. Su paciencia agotó la espera y ha ido a otro lugar, a buscar nueva compañía.

Si preguntaras al cantinero qué ha sucedido este día, por qué el bar está desierto, no tendría respuesta para ti. Detrás del mesón cubierto de copas y botellas, permanece impasible limpiando lo que está limpio, callado ante tu silenciosa pregunta.

Y de modo casi imperceptible se voltea el cantinero hacia el espejo y ve allí, reflejados, a todos los comensales, los bebedores habituales, y te ve a ti también; pero no está la mujer. Escucha con tedio el tabernero la conversación de los vasos y los temas cotidianos.

Pero, en cambio, tú no ves a nadie, la sala está vacía, y sólo percibes el perfume que dejó la mujer en el espacio oscurecido del bar.


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