domingo, 16 de marzo de 2008

UN SEÑOR IMPORTANTE / Alejo Urdaneta

Lo vio en la mesa contigua. ¡Tantos años... desde la escuela!, y se acercó a saludarlo: bigotes inmensos, calva intelectual, aspecto de importancia. Todo un personaje que lo veía a ojos fijos, sin pestañar, y a veces con un asomo de sonrisa. Nada decía al sentirse abordado de ese modo, sólo escuchaba algo como un rumor incomprensible. Ha aprendido esos ardides y no se compromete, menos aún con este impertinente que dice ser su viejo compañero en las aulas; apenas lo recuerda y no sabe su nombre.

Seguía el otro: ¿Te acuerdas del fútbol, del catire Eugenio, de los regaños del Prefecto? Historias de juegos y travesuras salpicadas por hierbas secas que se hacían polvo. Le dijo de todo en la hora del almuerzo, sin pedir de comer el recién llegado, mientras el señor importante lo hacía con placer y acompañaba los platos con una delicada copa de vino, por minutos que parecían horas robadas a la vida de alguien invisible y distante.

¿Por qué preguntaba tantas cosas? ¿Es que no comes? Eran quizás las preguntas del hombre serio, parecidas a una avalancha de ravioles, con salsas picantes y mucho queso rayado parmesano; y esparcía el queso y las salsas, que casi exclamaban: ¡ Hasta cuándo! y cosas así como las que abundan en restaurantes italianos: queso y pasta, violines y puentes sobre alfombras. Y las palabras sin fin, único manjar necesario para el hablante inoportuno en su aislamiento.

Cuando el señor importante fue tomando conciencia, después del palabrerío y los ravioles, tenía atracado en la garganta un grito a punto de estallar: "¡DÉJAME COMER !" Casi llegaba el final del almuerzo y el visitante continuaba relatando pasado, tratando de atraer el interés que él sentía al evocar las historias de una infancia que era sólo de ellos.

Luego el señor importante se levantó sin despedirse y pidió un trago en la mesa más distante.

El mesonero sonrió al recoger la mesa.

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