viernes, 23 de noviembre de 2007

QUÍTATE DE LA VÍA, PERICO/ CRÓNICAS BARSIANAS de Raúl Fuentes

No puedo precisar en boca de quién escuché por vez primera la expresión Salvador con el arpa. Tal vez se la oí a Alfredo Stelling, noctívago contumaz, avezado en placer de la libación sin límites y, por tanto, ducho en las búsqueda de medios para prolongar la bebezón hasta el más no poder. O, quizá, la pronunció con el ligero acento mexicano que portaba por los tiempos en que ocurrieron los hechos objeto de estas líneas, otro grande de la noche: el maestro Julián Romero. Grande - enorme, más bien – como persona y como pianista. Fue él, de ello sí tengo certeza, quién me explicó su origen.

Autodidacta antes que académico, Julián mató más de un tigre y participaba de cuanto vente tú le propusieran. Era de la estirpe de La Matica[1] y cargaba consigo un montón de historias y partituras para todos los gustos y en una oportunidad me contó que la frase en cuestión se refería a un arpista que se había presentado en el momento oportuno en el lugar adecuado, una recepción en la cual el grupo musical que se había formada para la ocasión no podía arrancar porque faltaba un intérprete, pero llegó Salvador con el arpa… y se armó la fiesta”.

El asunto es que cada vez que esa frase era pronunciada en los bebederos que frecuentábamos a finales de los 60 y principios de los 70, se sabía que había llegado un pitcher o un dealer. Por eso, cuando una noche en que vestidos de Etiqueta Negra y cabalgando en Caballo Blanco (como Juvenal Herrera según los memorables versos de Miguel Otero Silva) se agotaba el combustible, se escuchó la inigualable voz de Marcelino Madriz decir llegó Salvador con el tren, fue como una anunciación o una epifanía. Aunque lo del tren desconcertaba, lo de Salvador era prometedor. Y no era para menos: había hecho su aparición un viejo ingeniero de ferrocarriles, solterón, medio nefelibata y con más reales que los Reyes Magos.

En honor a la verdad, el ingeniero fue nuestra salvación. Una vez acomodado en nuestra mesa, hizo gala de su generosidad ordenando una botella tras otra hasta que alguien advirtió que nos iba a coger la aurora.La aurora no se coge a nadie, pero si la cuenta”, sentenció Marcelino y, acto seguido, dispuso que nos fuésemos todos a casa del ferroviario para continuar con el jolgorio.

Llegamos a una inmensa casa con mucho de mansión embrujada. Sin embargo, ninguno estaba preparado para lo que nos encontramos una vez traspasada las puertas. La planta baja en su totalidad, incluyendo parte del garaje, albergaba varias vitrinas con locomotoras y vagones a diversas escalas. Aquí y allá había estanterías con libros raros. Había también algunos escaparates que exhibían una colección de dedales y otra de cascos e insignias militares. Pero lo más asombroso eran las vías férreas que rodeaban vitrinas y escaparates y se desplegaban en varias direcciones. La casa era en realidad el aposento de una gigantesca maqueta ferroviaria: un tren escala HO se desplazaba por toda la casa. Subía y bajaba por empinadas cuestas, sorteaba abismos a través de puentes de esbelta ingeniería o se detenía en estaciones y en cruces para dar paso a otros trenes. Todo era controlado desde una central analógica llena de botones, palancas e indicadores diversos. Esta central estaba estratégicamente situada en un espacioso mirador de la planta superior que también era bar: un bar de estación ferroviaria, muy bien surtido por cierto. Tan bien surtido que nos olvidamos del tren y nos dedicamos a admirar la espléndida provisión de whiskies de malta que adornaba sus anaqueles. De la admiración pasamos a la degustación, mientras el ferroviario disertaba sobre maquetas, escalas y comandos. Se había colocado una cachucha de maquinista. Tiraba del cordón de una campana y accionaba una sirena cuyo ulular, a aquella hora tan tardía o tan temprana, debió haber conmovido a la urbanización entera. Nos dijo que los primeros trenes en miniatura funcionaban con un mecanismo de relojería o con locomotoras a vapor y que el primer ferromodelo eléctrico había aparecido a finales del siglo XIX. Nos habló de un fabricante alemán, Marklin, que había producido trenes con muchos detalles, así como señales, estaciones, casas, fogoneros, maquinistas, inspectores, paisajes y otros elementos que conferían extremo realismo a las maquetas. Nos mostró un retrato de Joshua Cowen quien, en 1906, inventó los trenes Lionel que, en realidad, nos dijo, eran de juguete. Aunque parezca mentira, aquella improvisada cátedra tenía cierto interés. Sin embargo, no tardaría en ser abruptamente interrumpida.

En el grupo que conformábamos aquella noche que ya se precipitaba hacia la mañana, se encontraba una suerte de Bartleby circense que, con su atuendo de payaso, había sorprendido a Pepe Luís Garrido un domingo por la mañana en las oficinas de éste (después supimos que tenía varios meses morando en la misma, y al ser conminado a mudarse no dijo prefería no hacerlo, sino que se limitó a exclamar: pero, pana, yo no molesto a nadie). Pues bien, cuando el anfitrión se explayaba sobre las diferencia entre modalismo ferroviario, trenes de juguete y trenes de jardín, así como de las correspondencias entre las escalas N, Z y HO, nuestro morisquetero preguntó: ¿Y el perico…dónde está? Sin muestras visibles de disgusto, el ferroviario se movió hacia una habitación contigua al bar y respondió, señalando una caja fuerte: ahí. El bufón preguntó por la combinación y el guardagujas Indicó que estaba anotada en un papel que guardaba en alguna parte y alcanzó a murmurar: rieles antes de caer rendido por el sueño y el alcohol...

El payaso escribiente emprendió una frenética búsqueda por toda la casa. Reviso el tendido ferroviario palmo a palmo. Casetas, lagunas, puentes, vagones y locomotoras fueron sacudidas sin piedad. Los libros y catálogos que versaban sobre trenes fueron minuciosamente examinados sin resultado alguno. Cuando ya se pensaba que no había donde husmear, alguien con pensamiento lateral dijo que tal vez rieles no era más que una metáfora y propuso una indagación más creativa. A media mañana, hallamos un trozo de papel de arroz con la combinación bellamente caligrafiada en tinta china. El papel, cuidadosamente doblado, estaba dentro del libro IV de las Vidas Paralelas de Plutarco, entre Lúculo y Niceas. Sí, en un volumen encuadernado en piel de becerro, una edición española de 1821 en cuya portada puede leerse: VIDAS PARALELAS DE PLUTARCO TRADUCIDAS DE SU ORIGINAL GRIEGO POR EL Sr. D. Antonio RANZ ROMANILLOS, INDIVIDUO DE NÚMERO DE LAS ACADEMIAS ESPAÑOLA Y DE LA HISTORIA Y CONCILIARIO DE LA NOBLES DE ARTES DE SAN FERNANDO, así todo en mayúsculas doradas. Lo sé porque robé el libro y aún lo conservo. Pero ese es otro cuento. En el que ahora contamos, una vez obtenida la combinación, el payaso de marras abrió la caja fuerte y encontró el perico: una figurilla de cristal con incrustaciones de oro y piedras preciosas montada sobre un deslumbrante huevo de pascua. Todo diseñado y firmado por Peter Carl Fabergé, el joyero de los zares. Una valiosísima joya que, ¡con razón! se guardaba bajo siete llaves. La joya pasó de mano en mano hasta que alguien la colocó sobre la vía férrea. Nos marchamos de allí. Cuando atravesábamos el jardín para salir a la calle, oímos la voz del ingeniero gritar: ¡quítate de la vía, perico, que ahí viene el tren!


[1] La Matica llamaban músicos y peloteros de los años 40 del siglo paso a un lugar de reunión ubicado en las inmediaciones de la primera sede de Radio Continente. En esos años, todas las radioemisoras tenía su propia orquesta y el lugar en cuestión funcionaba como casa de contratación. Allí se le decía a los músicos: oye, vente tú. Tal parece ser el origen de esta expresión que tiene mucho que ver con la de matar un tigre.

2 comentarios:

Amelia dijo...

De todos los tragos que me he tomado en esta agradable barra virtual, éste ha sido el mejor hasta ahora: ingenioso, bien construido, bien escrito, con desenfado etílico y erudito a la vez, y también un poco engatusador pero muy convincente. Salud!

Anónimo dijo...
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