sábado, 15 de septiembre de 2007

ALDEMARO EN EL RECUERDO/ Alejo Urdaneta



Aquel bar tenía ángeles que esperaban los boleros de Aldemaro. También estaba allí el público de costumbre que había ido a pasar el fin del día en un recinto de música de piano, con un ejecutante piadoso que complacía las peticiones de algunos. El bullicio del lugar continuaba sin atender al pianista que sonaba, como todas las tardes, los acordes de My Way, Noche de Ronda, la canción de Casablanca, en una fugaz travesía por las emociones del pasado.

En el cuadro ceniciento de la sala, se destaca la tertulia en la mesa del fondo, ocupada por tres hombres y una mujer, bella y altiva. Parecen que han venido desde su lugar de traba­jo a palpitar con la vida del restaurante espa­ñol, y a gozar del colorido que casi suena a grito en este lugar de alborozo. Pueden estar solos y no querer atender a lo que pasa en el recinto, ni ver al resto de los asistentes. Conversan animadamente y es fácil observar que dentro del cuarteto hay dos que cruzan picardías y talento, tanta es la alegría que aparen­ta la con­ver­sación. En ellos hay una solidari­dad apretada, un tácito acuerdo de felicidad, juntos en torno a una emoción que apenas se vislumbra.

De repente, uno de ellos se levanta y va hacia el pianista que juega con los arpegios y exalta el amor que las parejas todavía no se dicen. El pianista se sorprende ante la interrupción, pero de inmediato explaya una sonrisa de admiración y afecto. ¡Es Aldemaro Romero!, exclama. Pero su sorpresa es mayor cuando el maestro le pide que le ceda el piano, “para tocar algo…”; y sin más se levanta para que Aldemaro tome posesión del instrumento y comience a preparar alguna canción, un bosa nova quizás, u otra de sus innumerables invenciones. Todo es ahora un concierto de notas que obliga al auditorio a callar y escuchar a Aldemaro Romero cuando canta: Esta noche me voy a emborrachar con mi mujer, empezando en el mismo piano bar, como a la seis…. Para mí lo de siempre combinado con bosa nova o jazz…” Y puso a todos a bailar en el estrecho abrazo del swing de la melodía. Después el maestro invitaba a que dejasen el bar por ir en busca del amor.

No podía quedarse solo Aldemaro. Al poco tiempo estaba a su lado el compañero de mesa, el poeta Luís Pastori, que tomó el micrófono para entonar un tango, alguna tonada, con la voz potente y grave que siempre hemos escuchado cuando declama su hermosa poesía. Cree la gente que ellos-poetas nada saben de las vidas de otros, absortos en la mística de su poesía y la música, juntas en una misma melodía. Ignoran que el poeta dice de sí mismo lo que cada uno siente. Por eso, cuan­do alguien se abrió paso hacia la mesa del fondo, los intérpretes tuvieron la percep­ción de que luego se alumbraría el signi­ficado de esas vidas solitarias en un sa­lón de aparente rutina.

Porque ha entrado en el salón un hombre de negro que parece dirigirse a la mesa y casi llega a ella, pero de pronto vira hacia el lado opuesto y se sienta en otra, frente a la que ocupan Aldemaro y sus amigos. Ha pedido una copa de jerez y prueba un sorbo después de saludarlos con un gesto de brindis. Los meso­neros están atentos al pedido que harán en la mesa de los artistas, y también prestan oído a lo que dice el recién llegado. Suponen que quiere llevar un mensaje de afecto y gratitud a los inesperados visitantes que han improvisado tan hermoso espectáculo, y se dicen que eso ayuda al beneficio del nego­cio y puede alegrar el ambiente.

Este nuevo visitante es invisible para todos: los que danzan, comen o beben. Su traje es negro y sólo deja ver de su cuerpo un ojo abierto, que se abre a ratos a la luz. El salón se ilumina entonces de fogonazos y sonríen los hombres y se azoran las mujeres. De las manos de Aldemaro surge el ritmo pausado que acompaña el calor de una danza estrecha, mientras el personaje de negro obser­va a la hermosa mujer desva­necida en las sombras de un rincón, para perpetuar su emoción iluminándola por instantes. Desde la inmovilidad de su asiento, invisible a la pasión o la cu­riosidad, sigue atento el paso de la danza, el anhelo de la respiración de las parejas cada vez más enredadas en gestos sin sosiego. Y en la exaltación el oficiante ha sido Aldemaro Romero, que luego se retira en aplausos.

No se calma la audiencia, y cada comensal o bebedor va llegando a la mesa, para pedir otra canción al maestro, algún poema al poeta Pastori. Y es Aldemaro quien tiene la ocurrencia de recordar la vez que tocaba el piano, como hoy lo ha hecho en este bar, y el poeta Pastori quiso cantar algo. Se le ocurrió entonar “Caminito”. Ensayó Aldemaro las notas iniciales de la pieza y el poeta dio su voz concordante. Así comenzó el paso por el camino que el tiempo ha borrado, dicho con sentimiento y armonía, y pronto estaban llegando al final que dice: “Y que el tiempo nos mate a los dos…”, en la grave voz del poeta. Quiso apagarse lentamente el piano de Aldemaro en el acorde final, pero una voz irrumpió del público que llenaba la sala, y con una entonación de gran fuerza reclamó: ¡¡¡Y que culpa tiene el pianista!!!?

Las anécdotas de Aldemaro proclaman la frescura de la música, su íntima presencia.

Quedas allí, Aldemaro, cuando el salón está vacío. Tu inmovilidad ahora es la de la eternidad, y tu trono es la tapa de un piano de color blanco, mientras las voces de miles de niños cantan en los espejos del bar y la armonía melódica retumba en el atrio de la Catedral de Santa Cecilia.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Aldemaro y yo estuvimos en compartimientos separados por mucho tiempo, hasta que las amistades comunes, Luis Pastori y Alejo Urdaneta, nos hicieron encontrarnos en un mismo compartimiento, el de la amistad, el de esta barra maravillosa que uno a quienes sienten que la vida no puede desperdiciarse en diferencias. Hoy, como Luis, como Alejo, como muchos, lamento de verdad que ya no puedan repetirse esos encuentros...

Eduardo Casanova.

Edwing Escobar dijo...

Gracias por la nota....... Siempre tendremos a Aldemaro en nuestra memoria....

Saludos... Edwing


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