domingo, 19 de agosto de 2007

BEBER EN LA ARENA / Pablo Antillano


Entre los artistas de Playa El Agua y Playa Parguito circulan unos cuantos tatuadores. Agarran el tobillo de la muchacha y le graban con tinta indeleble el vuelo congelado de una mariposa, las contorsiones de una serpiente o la ponzoña artillada de un escorpión. Algunos les ofrecen, también, anillos para los dedos de los pies, piercings en el ombligo o inquietantes esclavas que compiten con la luz.


Ella se entrega con los ojos entrecerrados, mientras él la sostiene por el sóleo. Ella cuenta una bandada de gaviotas. El afina levemente los dedos en el tendón de Aquiles. Ella cuenta los veleros que se alejan al oriente. El recorre con el pincel los nervios terminales de los gemelos. Ella inhala el perfume nítrico que vuela en el salitre mientras él ve, de reojo, cómo las pinceladas mas largas le soliviantan la tenue vellosidad de los muslos.

Pero entonces, a él le da por hablar. Emprende un soliloquio incandescente preñado de autobombo y autoconmiseración. El monólogo aviva la somnolencia de la muchacha pero en cambio dispara el dolor de cabeza del resto de los vacacionistas que, batiendo un escocés, comparte con ellos unos pocos y apretujados metros cuadrados de Playa Parguito.

MONOLOGO Y SEDUCCION

Ella imagina su cuerpo totalmente cubierto por ideogramas chinos. Él le cuenta que le clonaron la tarjeta de débito. Que fue a la agencia de Corbanca en Delicias Norte, allá en Maracaibo, que hizo una cola de dos horas, que lo atendió un gerente, que le hizo llenar una planillita. Que no le oyó bien el cuento, que le habían extraído 150.000 bolívares diarios de su cuenta de ahorro, que él nunca tocaba. Que le habían sacado dos millones. Que el gerente sugirió que había sido su hermano o uno de sus hijos. Que él le dijo que no tenía hijos y que su hermano vive en Miami. Que se quedó sin esperanzas y que por eso se vino a Margarita para hacer tatuajes.

Ella imagina su cuerpo tatuado de nenúfares, de corazones flechados, de los signos zodiacales de sus amantes. Él le cuenta que se le borró la tarjeta del celular, que era un super Motorola, que una chica de Movistar le dijo que el código de su equipo no aparece registrado, que se comunicara con asterisco no sé qué. Que el operador busca en la pantalla y le dice que todo está bien, que se dirija a uno de nuestros operadores autorizados. Que este otro operador le dice que el registro está bien pero el código no aparece, que se dirija a Motorola. Que en Motorola le dijeron que el chip de la tarjeta electrónica se borró, que si quiere lo deje para ver si aparece una tarjeta similar y que el costo por sustituir el chip o por reparárselo cuesta como uno nuevo...

Ella no escucha nada, ella siente el pincel y el aroma del mar, piensa en su cuerpo tostado, siente las gotas del sudor que bajan desde el cuello, sueña con su cuerpo totalmente cubierto de tatuajes marinos, velas de barcos, gaviotas, flores nocturnas y caricias. El le dice que a su madre le apareció un cáncer en los ovarios, que la empresa de seguros médicos no quiere reconocer nada porque la enfermedad apareció a los quince meses de haberse firmado la póliza. Que dicen que es muy poco tiempo. Que ella sabía. Que no pagarán nada..

Las sillas de extensión que rodeaban al tatuador y su víctima fueron abandonadas progresivamente. El sol abrasador del mediodía se apoderó del área, protegió a la muchacha con su arte de sopor y somnolencia, y se la llevó a los jardines invulnerables del ensueño.

2 comentarios:

ROBERTO ECHETO dijo...

Hola Pablo.

Mira, hace unos meses, esribí esta crónica para www.hermanoschang.blogspot.com. Espero que te guste.

EL BAR CIRCUNSPECTO
Roberto Echeto ®

Bar (Del ingl. bar, barra).
1. m. Local en que se despachan bebidas que suelen tomarse de pie, ante el mostrador.
2. m. Cierto tipo de cervecerías.

DRAE

Nos gustan los bares; nos fascinan las botellas ordenadas detrás de la barra, la oscuridad casi sólida que se esparce por sus predios, la atmósfera fría y cómoda que conforma un útero de humo en el que se habla y se llora o se sufre y se ríe.

Hay bares siniestros, donde hasta el ron es de mentira. En cambio hay bares fascinantes con cómodas butacas, cuadros bonitos, paredes de madera y algo que no tiene precio: calma, tranquilidad, nada de Olga Tañón a todo volumen; silencio, aire acondicionado, ruido de copas lejanas y más silencio.

A nosotros nos regocijan los buenos bares, pero no nos gusta beber en exceso; nos fastidian los borrachos, sobre todo los que disertan, los que comienzan a darte palmadas en la espalda, los que lloran dementados o, peor aún, los que te invitan a navegar (otra vez) por las aguas siempre turbias del arroyo inmundo de la vida galante. Debe ser que se nos estamos poniendo viejos y que comenzamos a ver la belleza de los bares (y del mundo en general) con ojos tranquilos.

A diferencia de los bares, las tascas se caracterizan porque todo en ellas es exageración. Por lo general, sus barras tienen una especie de telón hecho de jamones que penden casi a la altura de las cabezas de quienes se sientan allí a beber cerveza y a comer tapas de distintos calibres, mientras en el fondo, y detrás del barman, siempre hay un televisor encendido que replica el mismo partido de fútbol o de béisbol que difunden los demás televisores esparcidos por todo el local. Otras veces, quien visita una tasca, pasa por debajo de una suerte de instalación también hecha de jamones serranos que, en esta oportunidad, cuelgan de todo el techo del establecimiento, haciéndonos creer que estamos debajo de una suerte de «Penetrable» de Jesús Soto, pero conformado por cientos de deliciosas patas de cerdo. Lo único que Roberto pide para creer en la bondad de tales instalaciones es que los jamones sean reales y no burdas réplicas de yeso diseñadas para imitar los jabugos y los patas negras de la vida real.

La tasca vista como restaurante es distinta a la tasca a la que sólo se va a beber y a intercambiar opiniones al compás de la música apocalíptica de un hombre-orquesta que canta por igual saetas y merengues. Esa tasca, la de la rumba, es heredera de aquel lugar al que las señoras de antes llamaban «botiquín», proponiendo con tal nombre una evidente relación entre el alcohol que sirven en el bar y el isopropílico que debe haber a borbotones en todo gabinete dispuesto para ofrecerle los primeros auxilios a quien los necesite. En los botiquines había rockolas llenas de boleros indecibles que ponían melancólicos a aquéllos que no bailaban con las ficheras y que se quedaban sentaditos, rumiando sus cuitas en medio de la colorida niebla de sus propios cigarros.

Pero a nosotros no nos gusta el manido patetismo de esos lugares. Nos fascinan los bares en los que no importa si pides un Campari con jugo de naranja o un bull shot porque hay infinitas botellas en la barra mostrando sus etiquetas y un barman que se sabe todas las claves para combinar sus respectivos contenidos.

Así como los niños van a la guardería, los adultos vamos al bar. Los infantes juegan con plastilina y los grandes nos divertimos dibujando sobre las servilletas y bebiendo cualquier maravilla líquida que nos ayude a salirnos del mundo real durante dos o tres horas.

Un bar, una pata momificada de jamón serrano, una cerveza, boquerones, tortilla, maní… La felicidad adquiere las formas más extrañas, pero está siempre a la vuelta de la esquina.

Salud.

Borenmeiker dijo...

«Yo he pasado en los bares horas deliciosas. El bar es para mí un lugar de meditación y recogimiento, sin el cual la vida es inconcebible. Costumbre antigua, robustecida con los años. Al igual que San Simeón el Estilita que, desde lo alto de su columna, hablaba con su Dios invisible, yo, en los bares, he pasado largos ratos de ensueño, hablando rara vez con el camarero y casi siempre conmigo mismo, invadido por cortejos de imágenes a cual más sorprendente. Ahora, con tantos años como el siglo, apenas salgo de casa. Pero, a la hora sagrada del aperitivo, a solas en el cuartito en el que guardo mis botellas, me gusta recordar los bares que amé...».

«...Sólo quiero decir que el café es charla, ir y venir y el trato, bullicioso a veces, de las mujeres. Por el contrario, el bar es un ejercicio de soledad, y muy cómodo. Toda clase de música, incluso música lejana, debe estar absolutamente desterrada (al contrario de la infame costumbre que hoy se extiende por el mundo). Una docena de mesas a lo sumo, a ser posible, con clientes habituales y poco comunicativos...».

Luis Buñuel: Mi último suspiro; Barcelona, Plaza y Janes Editores; 1982; Pp. 53-54


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