jueves, 26 de julio de 2007

COMPAÑEROS DE BARRA / Crónicas Barsianas de Raúl Fuentes

Una barra que no exhiba una respetable colección de botellas puede resultar más aburrida que un ascensor sin espejo”.Eso dijo el hombre que a mi lado removía con sus dedos los hielos de su whisky. Por su acento y proceder supe enseguida que era venezolano y, por eso mismo, me hice el sordo y el mudo. Fue hace ya unos cuantos años durante una sesión de Gin & Jazz en un bar minimalista de Buenos Aires. Lo recuerdo ahora cuando leo un artículo de Fran Nelly Rich[1] sobre los bebedores solitarios donde se proclama a Rick Blaine Maestro Zen de la bebida en solitario. El protagonista de Casablanca o su intérprete, Humphrey Bogart, nos dejó un frase que podría servir de guía al alcohólico funcional: “I let my drinking do the talking[2]. Y es que beber sin compañía implica que se debe contar con elementos que ayuden a sobrellevar la soledad. De allí que un buena cantidad de botellas debidamente ordenadas frente a uno constituya un admirable conjunto que, por su diversidad de formas, la vistosidad de sus etiquetas y la calidad de sus íconos y símbolos, es capaz de captar nuestra atención para que descubramos la historia que hay detrás de cada marca.

Así, en un vistazo a vuelo de pájaro (no sé como apertrechado en una barra se puede volar como un pájaro, pero en fin) a medida que vamos empapando en alcohol nuestra soledad nos iremos topando con los pobladores de un mundo tan fantástico como el que imaginó el Reverendo Charles Lutwidge Dodgson (Lewis Carroll) para la hija del diácono Liddell y que conocemos como el país de las maravillas: un hombre que camina a grandes zancadas con su levita roja o negra, su botas, bastón e impertinentes y nos dice que nació en 1883 y sigue caminando tan campante como entonces; una enorme alcachofa o un franciscano embotellado con todo y cordón, un anciano que al parecer vivió 152 años; príncipes, duques, condes y marqueses; una perdiz, un pavo real y un águila; un indio, un centauro y un gaitero con falda a cuadros; un venado, un murciélago y el oso que, inevitablemente, hiberna en las neveras del botiquín… en fin, toda una legión de diminutos acompañantes que nos invitan a descifrar los misterios enfrascados en sus habitáculos. Invitación que la sensatez aconseja declinar porque de lo contrario uno podría terminar dialogando con el Duque de Alba o, lo que es más grave, con el alcaucil de Cynar, en cuyo caso es necesario reconocer que ha llegado la hora de pedirle al bartender que nos consiga un taxi o, de lo contrario, lo más probable es que pongamos un petardo para que, ¡cómo no!, nos tilden de borracho. De ser este el caso, tendríamos buenas razones para volver al sitio: dar gracias al empleado y explicaciones a la clientela. Otra razón sería el hecho de que si nos llaman borracho no es precisamente porque estemos acostumbrados a quedarnos en casa viendo televisión.


[1] Editor de la Modern Drunkard Magazine.

[2] Dejo que el trago hable por mí.

1 comentario:

Nestor dijo...

Hej Raul!

Tror du på sommaren?

Hälsningar från Stockholm,
Liko Pérez


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