domingo, 17 de febrero de 2008

EL PAIS PORTÁTIL DE ADRIANO/ Carlos Reyes Lima

Adriano González León y su país portátil. “Hoy eres Girondo y mañana Walter y tu nombre verdadero se pierde en el universo, quieres acabar con los mezquinos sueños de supervivencia de los escritores, quieres inscribirte con tus lectores en un mismo horizonte anónimo donde establecerías por fin con la muerte una relación de libertad” P. 297. Enrique Vila-Matas. El Mal de Montano

El 12 de enero del 2008, con un montón de literatura en la memoria, con el periódico extendido sobre una mesa de un bar, leyendo el ayer, lo encontró un infarto. Lo descubrió entre un titular y un artículo de opinión. Él era su memoria. Y allí lo encontró, un sábado, un día no propicio de muerte; “las defunciones no saben de días festivos y laborables, no tiene consciencia del tiempo”, decía aquella escritora de esquelas. Y solo Cesar, Cesar Vallejo la predijo “moriré un jueves y con lluvia”. Y Adriano González León, igual que vivió, la muerte lo encontró en una barra de un bar, con algún libro salvavidas en su bolsillo y una noticia abierta.

Desde un lugar lejano me llega la noticia en forma de correo electrónico, es Ana que me dice, es Rodolfo que me comenta, es Yhajaira que afirma, es Juan que me alerta. Son todos los lectores de las imágenes, que Adriano González León, daba vida, en su espacio televisivo “Contratema”, en un soporte tan pasajero, tan inmediato como la televisión, solo 45 minutos para hablar de literatura, para contener tanto libro. Adriano, nos daba la vuelta al mundo de lo literario, con su voz ronca de ginebra. Con imágenes, con entrevistas, con comentarios, con lecturas: la literatura que se transformaban en imagen, en cotidianidad. Y entonces, en la pantalla chica, una cosa diferente sucedía, los culebrones dejaban de respirar en algunas casas, en muy pocas, era una alternativa: Un espacio para aprender a leer y romper las barreras de lo cultural como elite.

Y allí estaba la tradición de escritores hablantes, de escritores que jugaban (al 5 y 6) las carreras de caballos, con combinaciones poéticas, en sus nombres literables. Siempre artistas con tarjetas de créditos golpeadas de hambre y tragos, y el pago de la cuenta en el bar, para otro día, en la que el “Dios Baco apueste también por nuestros caballos”. Más que envites, era un acto poético: retar al destino, con los animales bautizados desde los libros. Las carreras se transformaban en un corretear de nombres que al final encontraban su llegada en los últimos puestos; “a una cabeza de la meta final”, pero el arte y la literatura tenían que seguir compitiendo por alcanzar, algún día, la voz ganadora, así sea en la narración de los locutores hípicos.

Apostar y perder. Crear y perder. Ganar un trocito de vida. La literatura corre con la existencia, lo que triunfa, al final, es el lector de País Portátil, de Las Hogueras Más Altas, de Solosolo, de Viejo, de Crónica del Rayo y la lluvia, de Huesos de mis huesos; de su libro Damas en edición de bolsillo, no más grande que la palma de la mano, que podía ser secuestrado con el puño, oloroso a perfume derramado sobre sus hojas. Letra y olores, imágenes y sabores en esa sucesión de damas, que en el libro, son todas las mujeres y una.

Y así por mucho tiempo, Contratema fue la vitrina de muchos escritores, del mismo Adriano en su pasión por Andre Bretón, en sus discusiones sobre realismo mágico, por allí deben de estar los programas, la literatura oral y la crónica de un tiempo de escritores, de políticos, de cineastas. Con su cabecera con la música de la película “País portátil” su novela, y la película de Iván Feo y Antonio Llerandi. En algún lugar oscuro, en un depósito húmedo, la memoria debe estar muriendo, así como los programas de Aquiles Nazoa, Arturo Uslar Pietri, y ahora Adriano, escondido en el naufragio de la imagen que se borra con el paso del tiempo.

Su libro País Portátil (recibió en 1968 el premio Biblioteca Breve de Seix Barral), al igual que Andrés Barazarte (su personaje), Adriano González León rescato la historia con la bomba que llevaba Andrés, actor con ficción, encerrado en su juego de azares improvisados, dispersos, que como la historia de Venezuela, puede explotar en el autobús, en el viaje que somos. Adriano lleno su “vida portátil” de todas las ilusiones y todo el pasado que un venezolano pretende sentir, ayer y hoy. Y en País Portátil, más que un análisis de la violencia de los años 60, esta el escondite de lo que somos, de ese pasado portátil, álbum de fotos que guarda nuestros recuerdos, sitio imaginado, refundado cada día. Las maletas siempre se extravían, siempre, y ahora más que nunca, llevamos un país portátil en nuestro hablar, en nuestros recuerdos. El Andrés de Adriano, nos dio la conciencia de que no hay presente sin pasado. Nos construyo en nuestros miedos y laberintos. Para morir y ser un cuerpo portátil, y llegar hasta un lugar donde los dioses apuestan por las sombras de los caballos ganadores.

Adriano era Escuque, su pueblo de fantasmas y ruinas en el páramo. Nunca dejo de estar en él. En el sabor del picante con leche, del miche callejonero, en las tías, en los tíos. En emigrar a Caracas para conquistar el mundo. En la pensión triste de hombres tristes que se asomaban a las ventanas para ver pasar el tiempo. Y Sardio, y el Techo de La Ballena, subversivo y nunca panfletario. Buscando lectores y escuchas. Y, después la ginebra con zumo de naranja y hielo golpeado. Y las republicas fundadas en bares, en dibujos, en gabinetes de utopías y rones. Las embajadas como respiración. Nunca cambio, las entrevistas de antes y ahora nos hablan de ese Adriano que no dejo nunca la literatura, que como Montano, en el libro de Vilas- Mata: “esta enfermo de literatura”. Adriano, como Montano, vivió de citas y de lecturas, de los “otros para hacerse él porque todos los libros son un solo libro, y todos los escritores un solo escritor.

Y ahora que las cartas no hacen falta, que estar lejos, por razones de geografía, no es la excusa, ahora que la justificación es que tú estas en algún lugar donde el alma se hace portátil y solo guardamos lo que escribiste, cito este trozo de texto: “Acá, en las islas, orillas de las orillas, probablemente han llegado más botellas de náufragos que a otra parte del mundo. Estación postal del desconsuelo, está en la encrucijada de tres continentes. Es probable que los mensajes no recibidos por tanto abandonado, hayan chocado en las rocas, luego devueltas por la resaca mar adentro, hasta encontrar su trabazón en el camposanto de las historias” (1)

Y así, amigo Adriano, en un lugar donde “Se llega y ya uno se siente instalado en orillas que no buscan el mar porque todo es mar” (2) Guardo mi país portátil, desojado y perdido entre el macuto que me acompaña.

1. 2. Crónicas del Rayo y La lluvia. Itinerario de las Islas.

Carlos Reyes Lima carlosreyeslima@yahoo.es 0034-626232368.

jueves, 14 de febrero de 2008

"SIDE CAR" EL COCKTAIL MAS CARO DEL MUNDO/ Gustavo Méndez



“The most essential gift for a good writer is a
built-in, shock-proof shit detector”.


ERNEST ‘PAPÁ’ HEMINGWAY, entre otras muchíiiiiiisimas cosas, fue cazador de grandes mamíferos, pescador de barracudas y peces velas, borracho, soldado, apostador, corresponsal de guerra, boxeador, amante o discípulo de grandes damas de la escena y de la literatura (DIETRICH, STEIN, p.ej.) y, no obstante, quizás no haya sido otra cosa que un escritor. Sólo que su existencia formó parte de su obra literaria en medida tan inusitada que llevó a alguien a sostener la imposibilidad de saber si hacía esas cosas por diversión, por necesidad vital o, simplemente para escribir sobre los contiguos temas del amor y de la muerte. Es verdaderamente sintomático que su relación con EZRA POUND haya consistido en intercambiar lecciones de boxeo por trucos literarios. Su acelerada relación con la vida y con la muerte la mantuvo hasta el acto final, cuando accionó la escopeta Remington sobre su cabeza, en 1961. “El mundo mata a quienes no se doblegan” había dicho, desesperanzadamente, en Adiós a las Armas.

Para lo que nos interesa en esta BARRA, les relato otro episodio de semejante intensidad, aunque sea en otro tono: el 25 de agosto de 1944 se produjo la más fantástica entrada que bebedor alguno haya realizado en una taberna. Ese día se produjo la liberación de París de la ocupación nazi. Como HEMINGWAY no sabía vivir a la orilla de la vida, acompañado de varios individuos convenientemente armados ‘liberó’ la bodega del HOTEL RITZ (15, Place Vendôme) en el propio centro de París que, hasta entonces, había sido sede de alguna agrupación alemana —se dice que la Gestapo funcionaba allí—. Como lo dijo GARCÍA MÁRQUEZ: “Hemingway no fue nada más, pero tampoco nada menos, de lo que quiso ser: un hombre que estuvo completamente vivo en cada acto de su vida”

Los acompañantes del momento formaban parte de una especie de comando que el escritor había ido formando desde su desembarco en junio en las playas de Normandía, al inicio como corresponsal de guerra, para luego cambiar la cámara de fotografía por algún arma ligera. El combo era entreverado entre españoles escapados de su guerra civil, partisanos franceses y miembros de la Legión Extrajera, todos con amplia experiencia en el combate contra el fascismo … y, seguramente, en el trasiego de nuevos y viejos vinos. Imaginamos a HEMINGWAY, soltando la metralleta y descorchando botellas de antiguos caldos allí almacenados, brindando con sus camaradas por la liberación.

Pero quizás no sea cierto que la celebración se hizo con vino, pues aun cuando existen varias versiones sobre el festejo, me inclino a creer en la suministrada en formato best seller que, como se sabe, suele tener gran fidelidad en la composición de lugares y circunstancias, aunque no sea mucha su calidad literaria. En ¿ARDE PARÍS?, el francés DOMINIQUE LAPIERRE y el gringo LARRY COLLINS, describen la situación afirmando que PAPÁ entró a la bodega e inmediatamente exigió la preparación de ¡71 martinis!, uno por cada uno de los integrantes de la brigada. También dicen que —aunque en París está prohibido tocarlas— ese día sonaron las campanas de todas las iglesias. Aunque el ‘doblar’ no sea un toque festivo, seguramente PAPÁ afirmó, a la altura de su tercer martini (dry, very dry) que en ese instante, las campanas doblaban por la vida.

A los lectores jóvenes les relaciono el HOTEL RITZ con celebridades contemporáneas: su propietario actual es el millonario egipcio que, en su momento fue el suegro de LADY DI, Mohamed Al Fayed. Fue del BAR HEMINGWAY, que allí funciona, de donde salió LADY DI, acompañada de su novio DODI, a encontrarse con la muerte … seguramente luego de tomar el cocktail más caro del mundo: por apenas 400 euros el visitante puede ingerir el «SIDE CAR», allí inventado y que es una mezcla de champagne, cointreau, gotas de limón y un cognac de 1865.

Años después de aquellos hechos, el escritor español JAVIER CERCAS (“SOLDADOS DE SALAMINA”), para hablar de críticos y gustos literarios, parafraseando la frase del epígrafe, describió a HEMINGWAY, por su vida y por su obra, como un ‘detector de idiotas’ en tanto que ‘a ningún idiota le gusta Hemingway’.

¡Que me perdonen los preceptores de la Escuela de Letras de nuestra UCV!

Las fotos:

Con la Dietrich, en el Normandie, con Mr Charles Ritz, entrada al principal bar del Hotel Ritz en Paris.

COMENTARIO DE IBSEN;

Dos raras fotografías de Papa Hem

La primera, en algún lugar camino a Guadarrama: el coche está en panne

La dama que le acompaña en la otra ( en una foto poco conocida) es Martha Gellhorn, su tercera esposa, una de las primeras mujeres corresponsales de guerra, inglesa de origen, cruzó el canal el 6 de junio de 1944 con un destacamento anglo canadiense, pocos días antes que Hem.

Carlos Baker dice que el brillo profesional de la Gellhorn entabló competencia con el de su laureado marido. La unión conyugal no sobrevivió a la posguerra

Ibsen Martínez



miércoles, 13 de febrero de 2008

BARES DE ULTRAMAR: INDIA/ Pablo Antillano

Cuando regresé de la India me desquité. Sin abrir las maletas me fui directamente a las barras de Candelaria, luego a Las Mercedes y a Chacao.Durante dias me senté por ahí , para hablar con los parroquianos y para tomar con libertad toneles de cervezas, vinos y vodkas. Es que en la India faltan barras y una vida sin barras es insoportable.

Lo que si hay, parójicamente, es vino. Y no todos son tan malos como parece. Corriendo el riesgo de que un sabio enòlogo como Ben Fihman –quien se ha convertido en un frecuente viajero hacia el Rajasthan — nos censure, tenemos que decir que por lo menos en Pondicherry, la parte colonizada por los franceses, se beben buenos vinos indios. Tengo aún el recuerdo en los labios de esa sorpresa extraordinaria.Ya nuestro amigo Karam Bahwat nos había introducido en Bombay (Mumbai) , en la costa oeste frente al Océano Arábico, en el fino Clairette, un blanc de blanc muy seco con que el que se acompañan bien los manjares asiáticos que rebozan de curry, chutney y toda clase de especies exòticas.

En cambio en el trayecto – por tierra -- hacia la otra costa, hacia el oriente, en el Golfo de Bengala, no tuvimos tan buena suerte, y nos tropezamos con horribles desaguisados, siempre terminamos refugiándos en el blanco Riviera que acompaña noblemente los sabores fuertes. Definitivamente, a pesar de la diversidad y la cantidad de personas, la India no es un pais de amplia cultura alcohòlica. Los musuilmanes no se le acercan y los hindúes lo ven de lejos. Solo en los lujosos hoteles Taj, en los Oberoi, y en las cadenas americanas puede eventualmente encontrarse algún whiskey escocés, vodkas genuinas o vinos europeos.

No nos fue demasiado mal con nuestro Riviera doméstico en las posadas y restaurants de Bangalore, Mysore y Chennai (Madrás). E incluso en Kerala , en el extremo sur, dónde pasamos la parte del tiempo. Pero fue en Pondichéry, de fuerte influencia francesa, donde tropezamos con el paraíso de los enòlogos de la regiòn. A diferencia del resto de las ciudades que visitamos, en “Pondy” hay montones de licorerías abiertas a la calle, y las bebidas no pagan los desconsiderados impuestos de hasta el 70% con que las autoridades pechan al pecaminoso consumidor. En Madrás los licores importados pagan hasta el 80%..

Nos han explicado que, en cambio, el gobierno de Pondichéry utiliza la libre venta de licores para atraer viajeros de muchas partes del pais y ha terminado por concentrar el mayor trade de la India. En todo caso los vinos muy secos que producen en el pais no tienen nada que envidiar, según los expertos, a los vinos de Australia y California.

Para enfrentarse a los platos con mucho gengibre, curry, ajo , hierbas y especies urticantes , los indios tienen buenos cabernet y chardonnay, pero en dos extremos. Uno es el de los muy secos, que nos parecen buenos, pero los otros, húmedos y dulzones son intragables.

Por recomendaciones hemos probado los vinos de la casa Grove que tiene 15 años cosechando uvas francesas al pie de las Colinas Nandi, cerca de Bangalore, y que están asociados con buenos fabricantes franceses entre los que se cuentan los de la Veuve Clicot Ponsardin . Son ellos los que producen el Clairette que probamos en Bombai; producen Le Reserve que es un rojo Cabernet Sauvignon y el rosado Chateu Musar. Las botellas no pasaban de 400 rupias (9$) y todas las marcas son exportadas.

Miro Popic y Pedro Espinoza también tendrán de perdonar esta intromission en sus sagrados cotos cuando les diga que la casa Chateu Indage produce vinos que les harían caer para atrás. Trabajan con uvas francesas que cultivan en el extenso valle del río Kurdi , al sur de Bombai. Tienen 10 marcas que exportan a Europa y Estados Unidos: espumantes como el Omar Kayyam, rojos como el Arnakali y el Soma. Un blanco Chabri y un blanco Soma que mezclan con uvas de la India. Mi preferido fue el espumante Marquis de Pompidou.

Pondichéry, en todo caso, parece ser el alma difusora del sacudòn etílico de la India.

sábado, 9 de febrero de 2008

INFORME PARA ENANOS/ Crónicas Barsianas de Raúl Fuentes



“He notado que a veces inspiro temor”

Piccolino

Dos noticias, sin aparente conexión entre si llaman mi atención. La primera, leída en la sección económica de un diario de circulación nacional hace referencia a la cría, en algún lugar de los llanos venezolanos, de avestruces que no son tales, pues, según el periodista que firma la nota, “se trataría más bien de ñandúes”. La segunda, aparecida en las páginas deportivas del mismo periódico, nos informa sobre el triunfo que, “valiéndose de todo tipo de malabarismos circenses”, alcanzó un equipo de enanos basquetbolistas sobre una selección de experimentados jugadores de la NBA. Y, aunque no viene a cuento – por lo menos al que me propongo contar – no puedo dejar de asentar aquí que “una de las canastas mas espectaculares de la noche se registró en el segundo tiempo, cuando sin darse cuenta, Magic Jonson lanzó el balón con todo y enano, lo que permitió al diminuto jugador acreditarse una cesta de tres puntos que fue definitiva para la definición del cotejo” La conjunción de estos dos hechos hizo que recordara un tercero ocurrido en otro tiempo y lugar.

Estábamos en Lima con Pepe Luís Garrido trabajando en una exposición para la celebración del sesquicentenario de la batalla de Ayacucho y nos habíamos alojado en el vetusto, céntrico y decadente Hotel Bolívar. Una noche, mientras dábamos cuenta de unos cuantos pisco sour, Pepe salió del bar para dejar algún encargo en la recepción. No llegó. Regresó exaltado y haciendo enormes gestos con ambas manos me conminó a que lo acompañara para mostrarme lo que tanto le había asombrado. Cuando vi de qué se trataba, entendí y compartí su turbación: frente a los ascensores, ataviado con paletó levita rojo y una enorme corbata de lazo, un enano sostenía con una traílla a un ñandú que le doblaba en tamaño. El animal había alzado la pata derecha y con uno de sus tres dedos presionaba el botón de llamada de los elevadores. Al principio creí que alucinaba bajo los efectos del pisco, pero no, una pancarta en la que no había reparado con anterioridad anunciaba la celebración en los salones del hotel de la I Convención Latinoamericana de Enanos, Payasos, Morisqueteros y Artistas de Circo, de modo que la presencia de enano en cuestión (y su enorme pajarraco) estaba plenamente justificada.

A partir de entonces comencé a toparme con enanos de toda guisa en los más disímiles lugares. Ya en Caracas y departiendo un viernes en el desaparecido Restaurant El Parque me enteré de que en el Hotel Hilton tenía lugar una reunión del Frente para la Liberación de los Enanos de Jardín. Imaginé al tiro a una sarta de jodedores y mamadores de gallo; pero no, se trataba de un movimiento liderizado por un grupo de intelectuales de escasa estatura y abundante resentimiento que había hecho de los enanos de jardín una metáfora de lo que, sostenía ellos, era su condición no ya de minusválidos físicos sino de marginados sociales. Por eso, robaban y destruían los cursis enanitos con que acomodadas (y, probablemente, poco ilustradas) familias adornan sus jardines.

Yo había leído El Enano, aquella novela de 1944 que hizo célebre a Pär Lagerkvist y que se nos presenta como el diario de Piccolino, un enano de corte cuya deficiencia de talla era compensada por su inmensa crueldad y portentosa inteligencia. También había leído Sobre héroes y tumbas y, tal vez, bajo la influencia del inquietante Informe para ciegos que Ernesto Sábato pone en pluma de Vidal Olmos, extrapolaba la perversidad que el padre de Alejandra atribuye a los invidentes para adjudicársela al pueblo de la gente en miniatura como de forma desproporcionada y poco elegante había yo entonces bautizado a los enanos. Mi relación con estos pequeños seres (con el perdón de Salvador Garmendia) se convirtió en una obsesión. Leí sobre los enanos de Palma, los enanos toreros de Aguas Caliente, me interese por duendes y gnomos, adquirí una reproducción de la Cuadrilla de enanos toreros (¡y además gordos!) de Fernando Botero, compré la única novela de Harold Pinter porque se llama Los Enanos, pero no se refiere a ellos; estudié la arquitectura de el Palacio de los Enanos, esa especie de casa de muñecas que un par de “pequeñas personas”, el conde y la condesa de Nicol construyeron en Québec en 1913, y en cuyo minúsculo salón destaca una foto tamaño real del conde, de smoking y sombrero de ocho reflejos, recibiendo a sus invitados (también hay allí una foto de Principito, el hijo no enano de la pareja.); en fin mi obsesión fue tal que llegué a creer lo que leí en una de esas revistas que hablan de OVNIS y conspiraciones y que a continuación reproduzco: “existe el rumor de que en la actualidad, los enanos se dejan acariciar la cabeza para ganarse nuestra confianza y controlar así la economía mundial”. Para mayor inri hizo su aparición en los círculos donde me movía un personaje cuyas dimensiones hacía de él el enano más grande o el gigante más pequeño, del mundo, claro, y dependiendo de cómo se le catara o se le midiera o se le viera y que era pornógrafo y obseso sexual y a quien Miguel Otero Silva le endilgó el mote de Miniputo y Héctor Myerston llamaba no liliputiense, sino liliputoso.

Todas mis aprehensiones terminaron cuando me enteré de que en medio de una borrachera de tronío Toto Diez, en complicidad con Marco Tulio Troconis y, seguramente, Gustavo Méndez, se robó un enano (robo, lo llamaba él; secuestro lo llamo yo). El rapto se produjo un sábado de carnaval en lo que entonces se llamaba Calle Real de Sabana Grande, utilizando para tal fin un vehículo oficial, un Cadillac cuyo tamaño, así como el de los plagiarios, ha debido deslumbrar al objeto de una retención que, en aquel momento y a los ojos de la víctima tenía todos los visos de una abducción.

Una de las conclusiones preliminares a las que había llegado en mi nunca escrito Informe para (o sobre) enanos es que resulta muy difícil determinar la edad de estos, pues a su escala, la lozanía de la juventud o la rugosidad de la vejez no son apreciables a simple vista. Esta hipótesis me la confirmó Toto cuando me dijo que nunca supo cuántos años tenía su botín, ya que una vez en posesión del minúsculo individuo, éste no pudo precisar su edad porque no sabía cuándo ni donde había nacido y que para él el tiempo era una dimensión que no modificaba su aspecto y que, desde siempre, se recordaba a sí mismo con idénticas facciones. Estas revelaciones convencieron a Toto, a Marco y, seguramente, a Gustavo de que no se habían apropiado de un niño cabezón. Esta convicción pudo más que cualquier escrúpulo y, en consecuencia, cargaron con el enano hasta un bar de La Florida que frecuentaban por aquellos día, el Polesu (después Black Horse), donde le obsequiaron un enorme Bull de cerveza que lo predispuso a favor de sus captores, mucho antes de que se hablara del síndrome de Estocolmo, e hizo que se sintiera arte y parte de aquella irresponsable patota, y pasó del yo quiero irme para mi casa al coño, vale, ustedes si son chéveres.

En esas estaban cuando Toto propuso que le compraran un liqui-liquito a Bebé, que así habían comenzado a llamar el enano. Se fueron a La Imperial, que se publicitaba como el palacio del liqui-liqui y el liqui-liquito y le compraron un traje blanco y unos zapatitos de patente que encantaron al enano que ya se sentía grande entre los grandes.

Anduvieron con el enano a cuestas durante todo el carnaval y hasta lo disfrazaron de negrita. El enano estaba gozando un puyero sin pensar en lo que le tenían preparado como fin de fiesta.

El día martes, a pesar de que todavía en algunos lugares se jugaba carnaval con agua y otras sustancias no tan inocuas, lo trasladaron al barrio Chapellín donde había una gallera de dudosa reputación y se sabía que moraba un enano tan maluco como chiquito. Convencer al bebé para que lo enfrentara requirió de varios frascos y un sin número de promesas. Cuando estuvo hasta los teque - teques, aceptó el reto y, en brazos de Toto que lo acunaba como a un recién nacido de talla extra larga, Bebé se hizo presente en la gallera donde lo esperaba, desafiante, un malandrín de siete suelas dispuesto a masacrar a nuestro héroe a quien las apuestas no favorecían para nada. El público rugía como si de gallos se tratase y las botellas de ron pasaban de mano en mano y de boca en boca. La pelea duró poco: Bebé resultó un experto en artes marciales y dejó muy mal parado al enano de la casa. Los apostadores, indignados, acusaron a Toto y su pandilla de organizar un fraude y estuvieron a punto de lincharles. Con Bebé en alto, como si se tratara de un trofeo, salieron corriendo de allí y no pararon hasta llegar al carro que habían dejado en uno de los accesos al barrio.

Una vez a salvo se planteó lo inevitable: ¿qué hacer con el enano? Éste no quería desprenderse de sus amigotes, a pesar de que estos habían puesto en peligro su integridad física. Emborracharon una vez más al enano y lo depositaron, mientras dormía, en el jardín de una casa en El Paraíso, perteneciente a un influyente político de la época quien, suponemos, ha debido entregarlo a la policía al constatar que no era uno de los pigmeos que adornaban su huerto.

Esta estrafalaria aventura hizo que mi posición frente a los enanos sufriera radicales modificaciones. Sin embargo, no estoy del todo convencido de que no haya un dejo de malicia o de siniestra perversidad en ellos. Una duda que se ha acrecentado a raíz de lo que, recientemente, me contara Toto al regresar de un viaje a Paramaribo a donde fue en viaje de negocios. Para celebrar no sé que exitosa transacción lo llevaron a un lugar llamado Mi reino sí es de este mundo, que resultó ser una amalgama de cabaret, café concert y burdel de lujo donde la estrella era un ventrílocuo políglota cuyo muñeco profería improperios en más idiomas de los que habla el Papa (eso decía la postal que me mostró). Me dijo que se había divertido de lo lindo y que al día siguiente descubrió que el ventrílocuo se hospedaba en su hotel. Se las ingenió para hablar con él porque le parecía muy cómico que, a cada rato, hablase por el celular y dijese que lo hacía con el muñeco. Era graciosa, sí, pero muy raro y se dedicó a espiarlo. Así descubrió, que el muñeco era en realidad un enano y que el enano no era otro que Bebé… “Igualito, no había envejecido nada y estoy seguro de que me reconoció cuando lo vio abordar un taxi…porque me sonrió”.

UN ENANO MUY GRANDE/ Carlos M. Montenegro


Si me preguntan cuál de todos los descubridores de talento admiro más – que son muchos – tendría que referirme a uno que no sé ni su nombre; cuenta con mi respeto por su intuición y perspicacia en esto tan competido de la canción popular, más aún en un país con el nivel musical de Brasil. Si a eso añadimos que desde que llegó la televisión, el talento debe acompañarse con un buen “look”, el mérito aún es mayor. No hay duda: había que ser un agudo visionario para apostar por un cantante que no alcanzaba el metro de estatura y creer que podía ser un éxito.

Es el caso de Nelson Ned, que desde 1960 cuando publicó su primer disco con un par de canciones, su carrera no cesó de ascender en su país y en medio mundo usando dos armas: sus composiciones y su extraordinaria voz; de las demás cosas necesarias para triunfar según el manual, evidentemente carecía, pero los manuales pueden ser engañosos.

Algo más debía tener aquel niño llamado Nelson Ned D’avila que vio la luz en Ubá, Brasil, el 2 de Marzo de 1947; nació del tamaño de un bebé normal sin ninguna anomalía aparente, pero al poco tiempo se le descubrió una limitación física llamada “displasia espoôndilo epifisárea”, comúnmente conocida como “enanismo”; actualmente mide 1 metro y 12 centímetros. Bien parecido de cara, pero con el terrible handicap de su escasa estatura, en efecto el muchacho tenía otras cualidades que le ayudaron a superar con creces sus carencias. En primer lugar su tesón, pues apenas con 14 años debutó cantando en un canal de TV local llamado “Tele Itacolomi” en Belo Horizonte y desde ese instante no dejó de crecer su popularidad. Cómo sería su talento y simpatía que el mismo canal le ofreció nada menos que ser el presentador de un programa que se llamó: “Gente, el tamaño no importa”. No dejó de componer y cantar y ganó el concurso “Un cantante por un millón”. Inmediatamente lo contrató en Sao Paolo la famosa discoteca “La Chacrinha”.

La multinacional Polydor pronto lo fichó y su primer Lp se llamó “Un show de 90 centímetros”, su estatura de adolescente. A partir de 1960 sus discos empezaron a venderse por millones saltando las fronteras de su país invadiendo América Latina en perfecto español. Ganó el Festival de la Canción de Buenos Aires con su “Todo Pasará”, que fue su aval de triunfador en el mercado latino, incluyendo EEUU, España y Portugal. Su repertorio es romántico, de baladas y boleros. Sus ventas se estiman hoy en más de cincuenta millones de unidades y ha recibido docenas de discos de oro y platino. Pero no se quedó ahí: a finales de los sesenta hizo un maravilloso trabajo con sus obras para la “Orquesta Electrónica Moog”; la orquesta de Mantovani le grabó varios temas, igual que Matt Monroe en inglés; el gran José José e innumerables figuras más incorporaron canciones de Ned en sus repertorios. Ha llenado los más grandes escenarios como el Carnegie Hall, Madison Square Garden de NY., el Megaeventos de México y ‘stadiums’ de todos los países que ha visitado durante décadas, hasta Ismael Miranda anuncia para este año un disco homenaje a Ned.

Chico Buarque preguntó a García Márquez: ¿Si sus libros fueran canciones cómo serían? Y respondió: “compuestas por usted, pero cantadas por Nelson Ned”. ¡qué grande el pequeño!.

jueves, 7 de febrero de 2008

INTENSAS/ Rosa Bertín



Como he visto que en las barras hay gente que lee, esta vez me llevé una revista de arte. Al acercarme a la barra vi que también hay gente que escribe: una mujer anotaba algo en una libreta... Me senté junto a ella, admirando de reojo su caftán color ciruela. Cuando le dije al barman que quería un Kir Royal, la mujer aprovechó para pedir otra copa de vino.

Mientras llegaba mi regio combinado de champaña y crema de cassis, me puse a hojear mi revista, un número dedicado a la pintora Tamara Lempicka. Me fascinan sus retratos, esas líneas duras, como filosas, sus colores y texturas que son... no sé cómo explicarlo... sensuales y fríos a la vez. Me quedé contemplando su “Auto-retrato en Bugatti verde”, y en eso mi vecina de barra se interesó en mi revista. Se la estaba mostrando cuando llegaron nuestros tragos. “¡Salud!”, brindamos ambas.

Como le notaba un acento francés, le pregunté de dónde era. Me dijo que de Borgoña y empezamos a hablar de vinos, y le comenté que a mí me encantan los cocktails, que todos los viernes me tomo uno en alguna barra. Y entonces la francesa me dijo que ella nunca toma cocktails porque le reactivan “esa parte de nuestra humanidad que es pesadillesca y escapista...” Aaaay, me alarmé, otra intensa más...

Un poco a la defensiva, le repliqué que a mí más bien me aclaran las ideas y me ayudan a reflexionar. Sobre qué, quiso averiguar la francesa. Sobre mi futuro y mi trabajo, soy diseñadora de modas y no sé si irme a Miami. Y resultó que a ella tampoco le gusta Miami. Y que es diseñadora gráfica: me explicó que se había formado en Polonia y fue allá donde descubrió, por cierto, a Tamara Lempicka. “Pero su pintura no me gusta mucho –decretó, señalando el famoso auto-retrato–, es muy arrogante.”

Sí, asentí, ésa es la palabra para describirla: arrogante, como los personajes que retrató. “Pero es también la arrogancia de su estilo: ese toque de realismo socialista...”, sugirió la francesa.

Yo, la verdad, nunca me había percatado de eso. Y ahí comprobé mi tesis de que un buen cocktail sí que te aclara las ideas: por primera vez percibí nítidamente en esos cuadros “ese toque de realismo socialista”. Las cosas que se descubren en una barra... Pero entonces, acoté tímidamente tras un instante de reflexión, lo que hizo la Lempicka fue torcer la estética comunista: en vez de exaltar a obreros y campesinos, retrató a sus clientes capitalistas cosmopolitas y decadentes. O sea, se vaciló a todo el mundo...

“Évidemment! –soltó la francesa–. Y eso sí se le reconozco: que fue una mujer desprejuiciada, una mujer libre. En definitiva, eso es lo único que importa.”

Con esas palabras irrebatibles, mi vecina de barra apuró su copa de vino y se despidió, tenía que trabajar en sus bocetos. Yo, agotada por tan sesuda conversación, tenía que reponerme, así que pedí otro Kir Royal, por cierto el cocktail favorito de la Lempicka. Y lo saboreé con fruición mientras seguía con mi revista.

Como bien dijo la francesa, la Lempicka fue una mujer desprejuiciada y libre. Nacida en una familia austera de Varsovia, huyó muy joven a Moscú, y cuando estalló la revolución rusa se fue a París, donde conquistó a la alta sociedad europea pintándola en esos retratos glamorosos. Tuvo novios y también novias en Londres, Roma, Zurich. Quiso quemar el Louvre con sus amigos del Movimiento Nabi. Logró sacar de una cárcel soviética a su esposo que era un barón polaco, pero luego lo dejó por un millonario americano con el que se fue a México. Y allí siguió “regocijándose con la congoja y el vértigo del arte”, para escándalo de aquella sociedad conservadora...

Uff... qué mujer tan intensa, pensé, cerrando mi revista. Habrá sido agotador convivir con ella... Me tomé el último sorbo de mi delicioso Kir Royal y me fui a mi casa en mi Renault verde, bien decidida a pasar una noche plácida, sin congojas ni vértigos pesadillescos.

Ilustraciones:

Auto-retrato en un Bugatti verde

Retrato de la señora Boucard

Tamara Lempicka pintando el retrato de su esposo

CRÓNICA DE UN SPORT BAR CASERO/ Toby Alvarado desde Miami

Jose Rafael Alvarado Ruiz

Cibertoby@comcast.net

Desde hace una semana se me metió en la cabeza la celebración en familia de ese acontecimiento deportivo nacional del football americano, que llaman el Superbowl, esto seria una experiencia mas de las buenas, regulares y malas, por las que uno pasa en este generoso país y como en cualquier lugar, habitado por seres humanos.

Una de las cosas que se debe hacer es seleccionar un menú para la ocasión y, como primero muertos que sencillos, nos decidimos por un pato al estilo pequines, pero servido con dos salsas una de naranja y otra Hoisin.

Acompañado por las respectivas panquecas, y una ensalada de brotes de de soya, cebollin, pepinos, ajíes chinos, aderezada con soya, aceite de ajonjolí, limón y miel. Y para una de nuestras hijas que no come carnes de aves o mamíferos, pues le hicimos un tuna pataki, con su respectivo aderezo en base a salsa de Soya, limón, salsa de maní, y picante.

Toda esta para fernalia la comenzamos a hacer desde las ocho de la mañana, porque el pato lo tienes que dejar colgado después de sumergirlo por treinta minutos en agua hirviendo, durante mínimo seis horas, antes de hornearlo.

Todo sea por este momento, de armonía familiar y nacional en torno a un juego, al que confieso invite por puro interés a nuestro hijo y una amiga, porque supuestamente sabe más de las reglas de este juego que yo. Que tan solo distingo en el, un caótico enfrentamiento, parecido a las coñazas colectivas entre patoteros, que protagonizamos en los sesenta, en Caracas, Venezuela.

Llego la hora del inicio del partido y yo aun estaba terminando de hacer las panquecas, asistido por mi esposa, perdiéndome gran parte del inicio del espectáculo y del primer tiempo, que incluye a los comerciales de televisión, que para un viejo publicista como yo, sencillamente son un placer contemplar, estas memorables piezas publicitarias.

Una vez instalados frente a nuestro televisor de no se cuantas pulgadas, mi hijo y yo, con cerveza holandesa en mano, (ya les dije que no somos sencillos) , y mi mujer, nuestra hija y la invitada con su copa de vino, por fin nos acomodamos para degustar nuestra primera cena Superbowll.

Al sentarme a comer en la incomodidad de nuestro family room, algo que no es hamburguesas y perro calientes, que son fáciles de manipular, la mesita del family se nos hizo pequeña, para la caótica escena de hambre colectiva, que sucedió a la larga espera por este condumio y por lo cual me perdí de una buena parte del segundo tiempo de partido, tratando de comer con palitos de la manera mas digna posible delante de la visita.

Ya en el tercer tiempo, y todo estabilizado y servido cada quien en sus platos, nuestra hija que desde que llego a este país, no hace mas que quejarse y rechazar todo lo que le huele a cultura nacional norteamericana, comenzó a tirarle dardos venenosos a nuestra iniciativa, burlándose de la vestimenta de los jugadores, del juego, del espectáculo, de los comerciales, hasta que apareció Tom Brady en escena, que levanto una ola, de las mujeres en la sala de mi casa, arrancando comentarios, que ruborizaban hasta a un viejo como yo, que cree haber visto tanta agua correr bajo los puentes.

En el cuarto y ultimo tiempo, y después de varias copas de un caldo adecuado para la ocasión, mi esposa que observaba el partido, comentaba cada vez con mas insistencia que no entendía un coño y le preguntaba al hijo por que carajo en vez de lanzarse hacia el lado donde había menos jugadores contrarios, para avanzar mas, se lanzaba de frente contra una pared humana.

El hijo con mucha paciencia, trataba de explicarle que era cuestión de estrategias de juego, etc. pero ella insistía, “como se va a llamar football un juego donde lo que menos se hace es patear la pelota, nuestro football es mas fácil de entender, es mas emocionante y mas dinámico”.

A todas estas, mis comentarios se centraban en el espectáculo, una transmisión en vivo y en directo, de una película de acción, a la que a tan solo le falta un romance mas explicito, que las arengas de las fanáticas del QB, de los patriotas de Nueva Inglaterra, en la sala de mi casa.

En la medida que se aproximaba el final, y ya cansado del fastidio de nuestros comentarios y preguntadera, nuestro hijo, para cortarnos en seco, nos dice, “Ese juego es muy complicado, yo no entiendo mucho todavía las reglas, además es la ultima vez que veo un partido, de lo que sea, con ustedes”, mientras yo miraba mi inversión de tiempo y dinero, en comida y cervezas holandesas, como perdidas.

A todas estas, mi mujer después de un tenso silencio cuando los gigantes se fueron arriba, se pone eufórica porque los patriotas del papa chongo de Braydi recuperaron la delantera y en tono subido, desdiciéndose nos dice a todos, ¡déjense de vainas, este juego es más emocionante que el carajo!

Al pasar lo que paso, la fanaticada de los patriotas o mejor dicho de Tom Brady hizo silencio… ¡que momento caballeros!, y a mi mujer lo único que le importaba era la carita de tristeza del papachongo y yo allí, estoico recibiendo aquel aguacerito, y sin poder quejarme, fue su dulce venganza, por los comentarios que yo siempre hago, cuando vemos una película y aparece cualquier actriz del pasado o del presente, y yo afirmo pero inofensivamente, que ella fue o es mi novia.

Y para colmo todos se levantaron al terminar el partido, se fueron y me dejaron a mi, cual empleado de estadium, recogiendo el caos dejado en la sala y la cocina por la fanaticada, como para que disfrutara yo solito el triunfo de los míos.

Menos mal que no les gusto este juego, el próximo año me voy solo a un Sport Bar, a comer papitas, maní y tostones.

miércoles, 6 de febrero de 2008

UNA BARRA EN GINEBRA SIN AGUAQUINA/ Oscar Hernández Bernalette


Si un 31 de Diciembre usted está en Ginebra a las 6.00 de la tarde en la Rué de la Confederation la modesta versión de la “quinta” en esta “ville Calviniana”, usted puede estar seguro que tendrá problemas para tomarse los últimos tragos del año en una barra. Todo cierra puntualmente a esa hora. A menos que se acerque a “Globus”, en la Place du Molard , la maravillosa tienda por departamentos, la más antigua de la ciudad, que tiene entre miles de artículos para el consumo material, un local para despertar o tranquilizar el espíritu, una barra de aluminio que se convierte en un sitio de exquisiteces en el mejor sentido de la palabra, especialmente en el último día del año cuando en las mentes se nos produce esa rara sensación de que algo se nos va y lo que viene es incertidumbre. Para la mayoría de los ginebrinos pareciera un día mas que termina, poca incertidumbre, lo que significa todo seguirá bien…….

Para aquellos que creen que Ginebra es una ciudad de relojeros martirizándonos con la hora, aburrida, llena de suizos apáticos y burócratas internacionales que poco tiene que ofrecer en lo que se refiere a las pasiones “barsianas,” como diría Fuentes, se equivocan. La ciudad a su manera, con estilo inmutable antes los cambios y el tiempo, es un sitio que sin perder sobriedad tiene para los visitantes en estas épocas el año, sus espacios para compartir entre el frio y la búsqueda de calor humano. Allí retornamos ese último día del 2007, en compañía de los hijos, María Eugenia y la inseparable Nicole , disfrutando en esa barra extendida como un ala de jumbo , en donde luego de compras de lo que deja la navidad viene la parada obligatoria en el “coffewinebar”, con su multifuncional diseño, despidiendo el año con otros también en camino a sus familias y asegurando las energías positivas que se requieren para adentrarnos en nuevos tiempos.

Las fotos que acompañan esta nota es muestra de lo bueno del ambiente que nos embargaba que hasta la cámara veía doble. También se aprecia que no discriminan a los niños, como se aprecia en la fotografía se aseguran de tener “milch” para visitantes como Nicole.

domingo, 3 de febrero de 2008

DEL 'CARRUS NAVALIS' AL CARNAVAL / Carlos M. Montenegro


Esto del carnaval la verdad no es poca cosa, lo que en principio parece un asunto de diversión popular y nada más, cuando uno escarba en sus orígenes tiene lo suyo. Pocas cosas he tenido noticia yo que tengan un arraigo y unos principios tan interesantes. Para empezar baste decir que es muy anterior a la era cristiana, o sea es un hecho pagano y sus auténticos inicios se desconocen; sus comienzos son puras conjeturas e investigar sobre eso es meterse en camisa de once varas o más.

Una de las teorías más socorridas sostiene que los primeros cultos provienen de la agricultura, cuando los campesinos hacían una ceremonia enmascarados, con los cuerpos pintados para celebrar la fertilidad de la tierra y obtener mejores cosechas, tratando de asustar a los malos espíritus – y me pregunto qué aspecto presentaban que hasta los malos espíritus huían – por lo menos hasta la siguiente temporada, si es que regresaban. Pero lo cierto es que ya podemos decir que es un antecedente del carnaval, aunque sea en la forma.

Al parecer, la primera fiesta como tal se conoce en Sumeria y el antiguo Egipto donde bailaban, cantaban y se disfrazaban como símbolo de que no había clases sociales mientras duraba la parranda; como se ve ya hay cierto parecido con los carnavales actuales. Se convirtió en una tradición que llegó hasta Grecia, que mucho más organizados, unos seis siglos antes de Cristo utilizaron una especie de barco con ruedas sobre el que la gente disfrazada bailaba todo tipo de danzas. Los romanos pronto adoptaron la fiesta y el carro al que llamaban “carrus navalis” y se lo dedicaron a la diosa Isis. Esta diosa procedía del antiguo Egipto y simbolizaba la fertilidad entre otras cosas; la representaban a veces con cuernos de toro; los griegos la tomaron prestada como casi todo y se la traspasaron más tarde a los romanos que como se sabe no dedicaron mucho esfuerzo a construir su Olimpo ya que los griegos se lo dieron casi hecho, y a lo sumo le cambiaban los nombres, aunque este no fue el caso.

Lo cierto es que la fiesta se instituyó con ceremonias asociadas a fenómenos espirituales, ciclos astrológicos y otras cosas tomadas de los cultos celtas y germánicos. Se manifestaban con danzas, cánticos, máscaras y desorden, claro que con estas cuatro cosas, quién no adopta esa tradición; así que todo el mundo se empató en la misma. En aquella sociedad romana con tantas diferencias sociales venía bien supongo, que una vez al año hubiera libertad para todos. Bajo el manto de Isis diosa de la fertilidad – a quien lo del desorden le vendría bien – ricos y pobres se mezclaban durante la fiesta y ya saben: sálvese quien pueda.

A mí no me extraña que a través de los siglos nos haya llegado el evento casi igualito, es decir máscaras, disfraces, desfilando en carrozas con mucho baile y sobre todo el desorden, como los romanos; no olvidemos que somos latinos, sus descendientes.

Todos los pueblos de la antigüedad de una u otra forma adoptaron la fiesta. Hasta los hebreos, mucho más serios en estas cosas, parece ser que tenían unas fiestas dedicadas a Pharmo y solían usar disfraces y máscaras a pesar de que el Deuteronomio lo prohibía, pero humanos al fin se debían echar también sus canitas al aire.

Luego llegaron los paracaidistas como Baco, el dios del vino; Orfeo, el dios de la música y tantos otros como Momo que en el fondo era un bufón que entró al olor del despelote y cupieron perfectamente en el cuadro. Poco a poco la fiesta se fue desmadrando hasta que los emperadores se hicieron cristianos y la Iglesia tomó cartas en el asunto y comenzaron a ordenar la cosa para algunos, aunque según otros vinieron a aguarla; parecía lógico, ya que si nó quién sabe cómo hubiéramos terminado, siendo como somos. El caso es que a pesar de que hicieron todo lo posible por eliminar de raíz tanto paganismo, después de siglos cayeron en cuenta que no lo iban a lograr, pues ya se sabe que bonche es bonche, así que decidieron regularlo. Llegó un momento en que la Iglesia Católica cuando hizo el Calendario Cristiano, poblado de innumerables reglas, como el ayuno en Cuaresma y eliminando la carne – de comer se entiende – durante ese tiempo, permitió que unos días previos al comienzo de la Semana Santa, es decir al “Miércoles de Ceniza” se celebraran las fiestas “carnestolendas”, término que proviene del latín medieval “carnelevarium” y significaba “quitar la carne”.

La idea era que justo antes de la prohibición de consumir carne la gente se desquitara un poco. Sea por lo de “carrus navalis” o “carnelevarium” con su parecido, a partir de ahí se le empezó a llamar “carnaval” a ese tiempo de jolgorio y jarana, que siempre precede a días de recogimiento y sobriedad.

Alternando épocas de permisividad y otras de prohibición, lo cierto es que la fiesta ahí sigue.
Cuando los españoles y portugueses colonizaron América, entre tantas cosas se trajeron el “carnaval” y demás está decir que debió resultar mucho más fácil adoptarlo como nuestro, que arraigarnos en la liturgia cristiana, cosa que también lograron, pero estoy seguro que les costó mucho más trabajo. Así que feliz carnaval para todos.

carlos.managerman@gmail.co


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