jueves, 3 de marzo de 2011
GENTE DE BARRA
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miércoles, 3 de noviembre de 2010
MILAGROS / Raúl Fuentes
En estos tiempos de merienda bolivariana, whisky caro y cerveza tibia, cuando el béisbol nacional ha devenido en ordinariez suprema, los poetas versifican sobre perros sucios fornicando en
Desde su silla de ruedas, apostada en el tope de la escalera, un informal discapacitado pregonaba su mercancía, “tres por diez, aproveche, tres por diez”, tratando de colocarla entre el apresurado público. De pronto, un robusto zagaletón, cruza punk de basketbolista y rapero, se acercó al infortunado buhonero, no para adquirir lo que éste ofertaba, sino para arrebatarle la mercancía y el dinero producto de las ventas.
Con el botín a buen resguardo, el delincuente se dio a la fuga, emprendiendo más que una carrera una especie de trote displicente, total el impedido nada puede hacer, se iba diciendo a sí mismo. No contaba con la milagrosa reacción del lisiado quien, exhalación divina, saltó de la silla y a toda velocidad fue tras su agresor. Sí le dio o no alcance es asunto ajeno al prodigio que relato: un milagro, un auténtico milagro en el metro, precisamente ahora que la iglesia parece estar en la picota revolucionaria y es blanco de choteo miraflorino.
En medio de la estupefacción recordé otro ostento ocurrido años atrás en los predios de
Al filo de la media noche, un grupo de impecunes crónicos bebía sin orden ni concierto ni medida ni fondos; Pepe Luís y Caupolicán Ovalles, entonces Presidente de
Ya habían cerrado la entrada y, entre bostezos y miradas de arrechera, los mesoneros recogían manteles y apagaban luces. De pronto se oyeron golpes a la puerta, con tal instancia que no hubo más remedio que atender el reclamo.
Uno de los mesoneros abrió la puerta y por allí entro el que llamaban Polifónico. Todo un personaje de la época y del boulevard. Venía como emisario de Pancho Massiani y Baíca Dávalos quienes, en un decadente bar de ficheras de la cercanía, estaban en iguales condiciones que nuestro grupo y se les había ocurrido enviar a un emisario para que hiciese una colecta por los bebederos del vecindario, La cervecería Lara era la última parada del Polífónico. Una vez que hubo explicado el motivo de su comparecencia, Caupolícán quiso saber cuánto había reunido, trescientos y tantos bolívares, y pidió que se le mostrara el dinero. Entonces sobrevino un milagroso arrebatón.
Por la autoridad que me confiere mi alta investidura y en nombre de mis súbditos aquí presentes, procedo a expropiar este mal habido dinero, Así más o menos se expresó Caupolícán para sorpresa y estupor del Polifónico, quien, además, fue aventado de allí por órdenes expresas del primer magistrado.
Pudimos pagar la cuenta gracias a esa precursora expropiación que puso de bulto el autoritarismo del poeta de Copa de huesos y allanó el camino para su derrocamiento. Pero eso es otra historia. En cuanto a Pancho, Baica y el polifónico, fueron salvados, Deus ex machina, por Marcelino y Juancho Madriz que aquella noche andaban de putas. Dios proveyó, sentenció Pepe, y agregó: los milagros ocurren, pero uno tiene que poner su parte. Eran otros tiempos: la merienda era de negros, el whisky barato y la cerveza siempre estaba fría; las muchachas no decían malas palabras, el béisbol no era una caimanera y los poetas hablaban de miradas mágicas.
*El punto y coma de este párrafo es para Gustavo Méndez. El sabe por qué.
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sábado, 12 de junio de 2010
BUFÓN BUFO/ Raúl Fuentes
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domingo, 29 de marzo de 2009
CRÓNICAS BARSIANAS / Cuidado con lo que citas / Raúl Fuentes
La dieta y la pelazón lo habían alejado por un tiempo de bebederos y comederos habituales. Eso trataba de decirme el gran Mamandi, o Mamandini como también se le conoce. Boxeador, torero, trapecista, cocinero, guardabosques, cartero, payaso, marino mercante, dealer y aguantador. Un currículum digno de escritor norteamericano. Y es que Mamandi – o Mamandini - había probado suerte en un sinnúmero de ocupaciones ninguna por lo visto suficientemente atractiva para convertirse en carrera u oficio permanente. Con o sin ocupación siempre respondía al ¿cómo estás? con un invariable ¡mamando!, de allí su nombre o sobrenombre.
Mamandi (o Mamandini) había reaparecido con una nueva profesión a cuestas: periodista. Pero, según se apresuró a precisar, estaba mamando. Lo acaban de despedir del periódico de provincia al que surtía de horóscopos, efemérides, pasatiempos, citas, chistes y recetas de cocinas páginas misceláneas al mejor estilo del Reader’s Digest y que, me aseguró se orientaban a informar, enriquecer, entretener e inspirar, con un toque de maldad, tu sabes. La verdad es que yo no sabía nada y deje constancia de ello. Bueno, un poco de compromiso, de conciencia, de tomar partido frente a lo que pasa, ya sabes a lo que me refiero. Yo seguía sin enterarme, pero nada dije. Claro, muy sutil, casi subliminal, no vaya a ser, siguió explicándose. No vaya a ser qué, me provocó preguntarle, pero volvía a callar esperando que me contra más acerca del despido, lo que hizo a continuación.
El director lo llamó a su oficina. Gritando, al borde de la histeria, le dijo que lo habían llamado de la gobernación para retirarle la pauta publicitaria. Por tu culpa. Por tu puta culpa. ¿Cómo se te ocurre publicar esta cita de mierda? ¡Con razón el negro está arrecho!
Mientras me echaba el cuento hurgaba a en su maletín. Sacó unas páginas de periódico y me
mostró una en particular donde había subrayado:
“Que sus ideólogos más queridos fueran un par de alemanes que nunca en su vida habían conocido un negro que le cayeran bien era algo que no venia al caso”
Es de Junot Díaz y la saqué de La maravillosa vida breve de Óscar Wao, pormenorizó. Y yo le dije ¡wao!, sin que viniera al caso. Por esa cita me echaron., ¿Que te parece?…Bríndame un güisqui. ¡Estoy mamando...!
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jueves, 10 de julio de 2008
UN ÁNGEL DORMIDO BAJO EL AGUA/ Elisa ( la Negra) Maggi
En estos días leí que quienes han alcanzado un alto porcentaje de sus aspiraciones, en su conversaciones de barra niegan ser felices,"pues la felicidad es banal y nada nos hace más atractivos que la melancolía"*. Yo añadiría que nada nos hace más fastidiosos que la nostalgia. Sin embargo, en el bautizo de la biografía de Miyó Vestrini (Mariela Díaz, Biblioteca Biográfica El Nacional) me entró un ataque de nostalgia ante la grandilocuencia y teatralidad con que Alfonso Montilla se refirió a la escritora, evocando a Nerval y Cendras, para leer dos de sus hermosos poemas dedicados a Mary Ferrero y Mariana Otero. A esa nostalgia contribuyó, además, la presencia de sobrevivientes de la República del Este convocados por el espíritu o el fantasma de esa gran periodista, poeta y amiga que fue Miyó Vestrini. Una persona que, si estuviese viva, sería activa y fiel militante de Código de Barra. Por eso, te hago llegar las palabras pronunciadas por Elisa Maggi (La Negra) en el bautizo, a fin de que las compartamos con nuestros lectores.
RAUL FUENTES
*

Miyó Vestrini dijo en una entrevista “Para mí un ser humano vale en la medida en que está viva su memoria”. Con estas palabras quiero, en primer lugar, saludar el proyecto editorial Biblioteca Biográfica Venezolana, que, bajo la sabia conducción de Simón Alberto Consalvi, adelantan El Nacional y Bancaribe. Vayan nuestro respaldo y nuestro aplauso a esta iniciativa que permite construir la memoria del país, acercarnos y conocernos como entidad real y concreta, explicarnos cómo somos los venezolanos de comienzos del siglo XXI.
Y es la incorporación de un nuevo título de esta Biblioteca, ya el volumen 80, dedicado a Miyó Vestrini, escrito por Mariela Díaz, la razón que nos convoca esta noche.
Cuando María Cristina Serrano me propuso esta presentación me aterré, y lo hice no solamente por un arraigado “miedo escénico”, sino por sentir que yo no tenía las credenciales para realizar esta presentación. Después entendí que sí era mi privilegio, que no estoy aquí por y para ejercer la crítica literaria o el análisis periodístico o cualquiera de esos recursos académicos, estoy aquí por una enseña que llevo en el alma: ser amiga de Miyó Vestrini.
No voy a hacer juicio sobre el libro, creo que cumple el cometido de ser ameno y fundamentado, partió de una investigación de personalidad realizada en el taller “Periodismo y Memoria“ facilitado por Milagros Socorro en 2006, creo que Mariela Díaz recurrió a las fuentes correctas y desarrolló su trabajo en una estructura que facilitó la integración de conceptos y testimonios. Pero a mí, y debo reconocer mi subjetividad, la lectura de este libro me conmovió hasta el llanto: reviví tantos y tan profundos encuentros, tantas y tan enriquecedoras vivencias y experiencias compartidas.
En el largo devenir de los estudios literarios, en las opiniones de los críticos, de los investigadores y de los propios escritores hay una interrogante permanente: ¿el autor hace
autobiografía cuando crea sus personajes? Yo voy a utilizar un criterio de Salvador Garmendia “es posible entrever la faz del escritor a través de lo que escribe, pero será solamente un reflejo y un reflejo que a veces es imaginario o inventado”, y me voy a aferrar a ese criterio para asegurar que la compleja personalidad de Miyó Vestrini desborda la imagen de una mujer menopausica, dejada de los hombres, deprimida, atormentada y sola, que pasea por muchas de las líneas de sus escritos, y que en ocasiones lectores, académicos o no, identifican al calco con la autora . Ella era de las personas más simpática, ocurrente, risa fácil, y hasta alegre que uno pudiera tropezar, aseguraba que su timidez sólo le permitía expresarlo en los círculos más íntimos; esa condición unida a su extremada inteligencia y a su agudosísima percepción hacían de Miyó una verdadera y ansiada compañera. También esa inteligencia y esa percepción la llevaron a reconocer los puntos más débiles, el “talón de Aquiles” de cada uno de quienes la rodeamos, era lo que nos señalaba en enfrentamientos como certeras puñaladas al corazón.
Salvador Garmendia escribió una entrevista imaginaria a Miyó, seis años después de su muerte, y entre las frases que le endilga hay una que la define muy bien: “creo en sesenta mil cosas, no hice más que creer toda mi vida”. Les aseguro que era una militante de sus creencias, podía apostar la vida por ellas. Era una creyente y era una entusiasta, es difícil conocer a alguien que haya producido tantas ideas, tantos proyectos, tantas iniciativas. Puso pasión en su trabajo, lo hizo con responsabilidad, tenía ese sentido del deber típico de las egresadas de colegios de monjas; claro en paralelo, nunca estuvo satisfecha con sus logros, se exigió al infinito.
Vivimos pasillo de por medio por casi tres años, mis hijos, preadolescentes para la época, formaban con otra docena de vecinitos una pandilla de esas que suelen atormentar nuestros condominios. Los niños del edificio Jardines de Sebucán no querían a los adultos, de ellos sólo recibían “no pasen, no pisen, no monten, no jueguen”, solo tenían una cómplice adulta y esa era Miyó. Mi hija Altagracia, su ahijada, afirmaba que era la persona más dulce del mundo y la única que la comprendía.
En el libro narrativo de Miyó, Órdenes al corazón, el cual, según Silda Cordoliani, su prologuista, no constituye un conjunto de cuentos sino un sólo relato fragmentado, hay una exigencia, un reclamo: Miyó quiere que alguien le dé las gracias por todo lo que ha hecho. Es valedero ese reclamo. Creo que llegó la hora de darle las gracias, tenemos que darle gracias, inmensas gracias por Las historias de Giovanna, El invierno próximo, Pocas virtudes, Valiente Ciudadano, por el ya mencionado Órdenes al corazón, por los libros de entrevistas a Sonia Pérez, a Isaac Chocrón, a Salvador Garmendia, por las páginas culturales de
Quiero, para terminar, leer un poema de nuestro amigo Alberto Barrera Tyszka, está dedicado a mí, lo que me enorgullece, y se llama
Miyó
Que las palabras pierdan su envoltura.
Que todo estalle.
Que cada imagen se abandone
a una imagen más líquida
y definitiva
que sólo existe ya,
por fin,
un ángel
dormido bajo el agua.
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martes, 29 de abril de 2008
NEPOTISMO COLATERAL/ Gustavo Méndez
«He gobernado y administrado mal,
debido en parte a mi poco talento
y en parte a haber sido muy mal secundado».
Testamento de Luis XV (el ‘Bien Amado’), 1774.
Una de estas tardes, conversaba en el BAR RISTER, moderno restaurante, dotado del sistema inalámbrico de conexión llamado “WI-FI”. Con una computadora portátil sobre la mesa un contertulio nos explicó en que consistía el sistema. Para demostrarlo se conectó a “You Tube” y mostró un video en el que aparecía el ahora Ministro del Trabajo, haciendo malabarismos y piruetas con su plancha dental, mientras ‘oía’ uno de esos aburridos discursos que se pronuncian en
Más asqueado que divertido, pedí a mi ocasional compañero de barra una demostración más aséptica. Intentó mostrarnos unas fotos que, al principio, yo me negué a ver, pero que produjeron muchos comentarios. Habían sido tomadas en La Orchila, por lo que supuse que se trataba de la enésima versión de cómo la firmeza del Presidente y el apoyo popular lo habían restituido a su cargo aquel 13 de abril. Estaba equivocado. En realidad se trataba de fotografías de su hijo varón, festivamente rodeado de sus amigos y amigas. El Junior y sus panas en blue jeans, el Junior en traje de baño, el Junior entrando o saliendo de aviones y helicópteros de propiedad estatal etc. Como soy un amante de la discreción, me negué a festejarlas, porque de todos los Hijísimos e Hijísimas es éste el más reservado, al que pocas veces (o nunca) aparece al lado del Padrísimo en ningún acto público, en ningún set de televisión desde donde éste cree que gobierna. Se agradece.
Pero las tomas (las fotográficas, aclaro) me sugirieron una estrategia para inducir a la dirección de este blog a salir de la medianía de la sola remembranza de botiquines exquisitos del pasado, así sea hecha mediante los textos que acá se publican, tan maravillosamente evocadores y tan bien escritos, como el de
Este joven visitante de La Orchila goza de la misma sombrilla de discreción que ampara, en general, a los hijos del otro Comandante-Presidente, el que ha asolado a Cuba durante casi medio siglo. El nepotismo que allí se practica es colateral, y favorece sólo a los hermanos, nunca a los hijos. Piensen en Raúl, por un lado, y en Argenis, en Adán, en Adelis por el otro y verán que la herencia, en ambos casos, se reparte hacia los lados y no hacia abajo. No es consuelo, por supuesto, pero no deja de llamar la atención que los reinos de los Castro y de los Chávez tengan leyes dinásticas distintas a las de los Borbones, p.ej.
No sucede así en otros niveles de
¿ENTIENDEN AHORA PORQUÉ CREO QUE TODO NEPOTISMO ES RUIN?
http://es.youtube.com/watch?v=afRE0SrUJFs
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jueves, 17 de abril de 2008
OLVIDOS, OMISIONES Y ERRORES/ Raúl Fuentes
Un amable comentario de Alcides Villalba en torno a la minucia que, bajo el título El gato sin nombre, colgáramos acá hace un par de días motiva estas pocas líneas a manera de apostilla a la mencionada fruslería. Nos reprocha Alcides lagunas y equivocaciones.
En nuestra nota, no intentábamos inventariar el menú del Gato Pescador, sino especular en torno al significado de las palabras Halászó Macska, sazonando nuestras elucubraciones con una que otra referencia a la oferta alimentaria del desparecido comedero húngaro. Pero, ya que nuestro amigo trajo el fatányéros a colación, debo confesar que fue más olvido involuntario que omisión deliberada.
Es cierto: servían en el Gato Pescador esta descomunal especialidad cuyas raíces nos remiten a Transilvania (recuérdese que esta región perteneció a Hungría en algún momento). Imagino que el tamaño y composición del fatányéros buscaban exorcizar al mismísimo Conde Drácula.
El platillo en cuestión es una suerte de parrillada mixta elaborada con filetes de buey y ternera, chuletas de cerdo, tajadas de hígado de ganso y tocineta. Se sirve sobre un plato de madera en cuyo centro hay una barra de metal, un alambre en realidad, que sostiene las distintas piezas manera de brocheta. Se le acompaña, generalmente, con una ensalada de papas y, a lo mejor, el Tokaj sea muy dulce para maridar con él.
Dice Alcides, apuntando a mi senilidad (Viejo es viejo manque se afeite la papada) que el Pez
que fuma era un burdel guaireño y no caraqueño. Creo que nuestro amigo se equivoca. El Pez que fuma, más que burdel cabaret o bar de putas, quedaba en Los Flores de Catia. Román Chalbaud lo ubica en el litoral, tal vez evocando El campito, aquel famoso prostíbulo donde se dice mataron a un enano al usarlo como balón en un improvisado juego de voleibol. Eran tiempos en los el litoral guaireño, de alguna manera, formaba parte, parte de la ciudad. Después nos lo arrebataron para crear una entidad sufrida e insostenible.
También hubo, entre los años 40 y 50 del siglo pasado, un Pez que fuma en Acapulco. Allí tocaba el piano Juan Bruno Tarraza y cantaron, ente otras y otros, María Luisa Landín, Toña
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martes, 15 de abril de 2008
EL GATO SIN NOMBRE/ Raúl Fuentes
Entre los numerosos establecimientos frecuentados por la bohemia caraqueña en los años 60 y principios de los 70 del siglo pasado destaca, tanto por el aspecto físico de los locales que le sirvieron de asiento como por la personalidad del patrón, el Gato Pescador. Conocí tres ubicaciones distintas de este restaurante y bar que servía generosos tragos y copiosas porciones de comida aparentemente húngara. La primera de esas ubicaciones nos sitúa donde hoy se levanta el edificio
anuncio de latón en el que podía verse la figura de un gato aferrado a una caña de pescar y la leyenda Halászó Macska debajo; y, lo que más llamaba la atención, por lo menos a mí, la incoherente, disparatada y ecléctica decoración: no hubo nunca una mesa cuyas mesas fuesen todas iguales y, en algunos casos, ni siquiera tenía altura similares, una anarquía que se hacía sentir incluso en mantelería, platos, copas, vasos, cubiertos y ceniceros,. Tal vez por ello el negocio gustaba y uno caí en las trampas del pícaro dueño al que algunos llamaban Halászó y otros apodaban Gato. Solía éste preparar, además de los infaltables pimentones rellenos, una buena cantidad de un estofado de carne de segunda que ofrecía con distintos nombres para que creyésemos que su menú era muy amplio: “carne guisada, muy buena; goulash, excelente; carne, con papas, estupenda, strogonoff, superior, carbonada flamenca, increíble…”. Era interminable la lista de variaciones sobre el tema del estofado, que con su peculiar acento húngaro, recitaba el hombre a quien unos llamábamos Halászó y otros llamaban simplemente Gato, porque Halászó les parecía impronunciable. Él, Halászó o Gato, pensaba que uno no se daba cuenta del camelo, pero ello formaba parte del juego que la concurrencia mantenía con la administración.
Halászó a veces desaparecía por algún tiempo y dejaba la taguara al cuidado de un pariente que reputábamos hijo, sobrino, ahijado o cómplice de quién sabe qué fechoría. Fue este personaje quien hizo pública la pasión de su padre, tío, padrino o compinche por las carreras de galgos. Sus desapariciones correspondían a los viajes que cada cierto tiempo hacía a Miami para apostar en los galgódromos de Florida. Ello explicaba el cierre, mudanza y reapertura de sus restaurantes que siempre se llamaron Gato Pescador, nombre que parecía apropiado para una ciudad que había albergado un burdel llamado El Pez que Fuma, pero que a mí siempre me intrigó. No el nombre en sí, sino su procedencia.
Hay un félido originario de Asia, Prionailuturus Viverrinus, a la que se denomina comúnmente como gato pescador, del que no sólo se dice es buen nadador, sino que además se le atribuyen facultades para la captura de peces, pero dudo que el restaurador magyar tuvieses noticias de este espécimen.

Muerto el felino, el religioso brilló por su ausencia. Sin embargo, meses después, Dom Perlet, que no estaba de parranda sino de viaje, regresó a sus prácticas de alquimia al mismo tiempo que alguna gente juraba haber visto al gato negro pescando en las orillas del río. Una resurrección que nadie pudo explicar y a partir de la cual la calle de Neuve des Lavandiers pasó a llamarse Rue du Chat qui Peche. A esta calle vino a parar, después de
Halászó macska utcája es el nombre de la novela con la cual Yolanda, que así podemos nominarla en español, obtuvo el primer premio de un concurso internacional de novela celebrado en Londres en 1936. En inglés se llamó Street of the Fishing Cat, es decir: la calle del gato pescador. De aquí debe haber sacado el nombre para su bebedero y comedero el hombre al que llamábamos Gato o Halászó. Quienes lo llamaban Halászó suponían que su nombre completo era Halászó Macska. Entre ello figuraba Adriano González León.
Un buen día nos enteramos del fallecimiento en misteriosas circunstancias del afable patrón del Gato Pescador, un húngaro pícaro y ludópata que sabía agradar a los poetas y, a través de gestos obscenos, hacía saber a las parejas de su disposición a rentarles un espacio para que se refocilasen. Adriano, en un hermosa y magistralmente bien escrita nota dio cuenta del deceso en la página de arte de El Nacional. La nota se titulaba Halászó Macska y reseñaba la relación del personaje así nombrado con el entorno bohemio de Sabana Grande y la naciente República del Este.
Poco tiempo después de morir el hombre a quien unos llamaban Halászó y otros Gato, me topé con una gran amiga de origen húngaro, Eva Ivanyi, cuyo padre, por afinidades étnicas y tratando de encontrar los sabores perdidos de su Budapest natal, solía invitarla al Gato Pescador. Fue ella la primera persona en advertirnos que el muerto no ha podido llamarse Halászó Macska, pues estas palabras significaban Gato Pescador. Y es más, puntualizó que quienes le decían Halászó no sabían que, en realidad, lo llamaban pescador porque el gato era Macska.
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sábado, 9 de febrero de 2008
INFORME PARA ENANOS/ Crónicas Barsianas de Raúl Fuentes
Piccolino
Dos noticias, sin aparente conexión entre si llaman mi atención. La primera, leída en la sección económica de un diario de circulación nacional hace referencia a la cría, en algún lugar de los llanos venezolanos, de avestruces que no son tales, pues, según el periodista que firma la nota, “se trataría más bien de ñandúes”. La segunda, aparecida en las páginas deportivas del mismo periódico, nos informa sobre el triunfo que, “valiéndose de todo tipo de malabarismos circenses”, alcanzó un equipo de enanos basquetbolistas sobre una selección de experimentados jugadores de
Estábamos en Lima con Pepe Luís Garrido trabajando en una exposición para la celebración del sesquicentenario de la batalla de Ayacucho y nos habíamos alojado en el vetusto, céntrico y decadente Hotel Bolívar. Una noche, mientras dábamos cuenta de unos cuantos pisco sour, Pepe salió del bar para dejar algún encargo en la recepción. No llegó. Regresó exaltado y haciendo enormes gestos con ambas manos me conminó a que lo acompañara para mostrarme lo que tanto le había asombrado. Cuando vi de qué se trataba, entendí y compartí su turbación: frente a los ascensores, ataviado con paletó levita rojo y una enorme corbata de lazo, un enano sostenía con una traílla a un ñandú que le doblaba en tamaño. El animal había alzado la pata derecha y con uno de sus tres dedos presionaba el botón de llamada de los elevadores. Al principio creí que alucinaba bajo los efectos del pisco, pero no, una pancarta en la que no había reparado con anterioridad anunciaba la celebración en los salones del hotel de
A partir de entonces comencé a toparme con enanos de toda guisa en los más disímiles lugares. Ya en Caracas y departiendo un viernes en el desaparecido Restaurant El Parque me enteré de que en el Hotel Hilton tenía lugar una reunión del Frente para
Yo había leído El Enano, aquella novela de 1944 que hizo célebre a Pär Lagerkvist y que se nos presenta como el diario de Piccolino, un enano de corte cuya deficiencia de talla era compensada por su inmensa crueldad y portentosa inteligencia. También había leído Sobre héroes y tumbas y, tal vez, bajo la influencia del inquietante Informe para ciegos que Ernesto Sábato pone en pluma de Vidal Olmos, extrapolaba la perversidad que el padre de Alejandra atribuye a los invidentes para adjudicársela al pueblo de la gente en miniatura como de forma desproporcionada y poco elegante había yo entonces bautizado a los enanos. Mi relación con estos pequeños seres (con el perdón de Salvador Garmendia) se convirtió en una obsesión. Leí sobre los enanos de Palma, los enanos toreros de Aguas Caliente, me interese por duendes y gnomos, adquirí una reproducción de
novela de Harold Pinter porque se llama Los Enanos, pero no se refiere a ellos; estudié la arquitectura de el Palacio de los Enanos, esa especie de casa de muñecas que un par de “pequeñas personas”, el conde y la condesa de Nicol construyeron en Québec en 1913, y en cuyo minúsculo salón destaca una foto tamaño real del conde, de smoking y sombrero de ocho reflejos, recibiendo a sus invitados (también hay allí una foto de Principito, el hijo no enano de la pareja.); en fin mi obsesión fue tal que llegué a creer lo que leí en una de esas revistas que hablan de OVNIS y conspiraciones y que a continuación reproduzco: “existe el rumor de que en la actualidad, los enanos se dejan acariciar la cabeza para ganarse nuestra confianza y controlar así la economía mundial”. Para mayor inri hizo su aparición en los círculos donde me movía un personaje cuyas dimensiones hacía de él el enano más grande o el gigante más pequeño, del mundo, claro, y dependiendo de cómo se le catara o se le midiera o se le viera y que era pornógrafo y obseso sexual y a quien Miguel Otero Silva le endilgó el mote de Miniputo y Héctor Myerston llamaba no liliputiense, sino liliputoso.
Todas mis aprehensiones terminaron cuando me enteré de que en medio de una borrachera de tronío Toto Diez, en complicidad con Marco Tulio Troconis y, seguramente, Gustavo Méndez, se robó un enano (robo, lo llamaba él; secuestro lo llamo yo). El rapto se produjo un sábado de carnaval en lo que entonces se llamaba Calle Real de Sabana Grande, utilizando para tal fin un vehículo oficial, un Cadillac cuyo tamaño, así como el de los plagiarios, ha debido deslumbrar al objeto de una retención que, en aquel momento y a los ojos de la víctima tenía todos los visos de una abducción.
Una de las conclusiones preliminares a las que había llegado en mi nunca escrito Informe para (o sobre) enanos es que resulta muy difícil determinar la edad de estos, pues a su escala, la lozanía de la juventud o la rugosidad de la vejez no son apreciables a simple vista. Esta hipótesis me la confirmó Toto cuando me dijo que nunca supo cuántos años tenía su botín, ya que una vez en posesión del minúsculo individuo, éste no pudo precisar su edad porque no sabía cuándo ni donde había nacido y que para él el tiempo era una dimensión que no modificaba su aspecto y que, desde siempre, se recordaba a sí mismo con idénticas facciones. Estas revelaciones convencieron a Toto, a Marco y, seguramente, a Gustavo de que no se habían apropiado de un niño cabezón. Esta convicción pudo más que cualquier escrúpulo y, en consecuencia, cargaron con el enano hasta un bar de
En esas estaban cuando Toto propuso que le compraran un liqui-liquito a Bebé, que así habían comenzado a llamar el enano. Se fueron a
Anduvieron con el enano a cuestas durante todo el carnaval y hasta lo disfrazaron de negrita. El enano estaba gozando un puyero sin pensar en lo que le tenían preparado como fin de fiesta.
El día martes, a pesar de que todavía en algunos lugares se jugaba carnaval con agua y otras sustancias no tan inocuas, lo trasladaron al barrio Chapellín donde había una gallera de dudosa reputación y se sabía que moraba un enano tan maluco como chiquito. Convencer al bebé para que lo enfrentara requirió de varios frascos y un sin número de promesas. Cuando estuvo hasta los teque - teques, aceptó el reto y, en brazos de Toto que lo acunaba como a un recién nacido de talla extra larga, Bebé se hizo presente en la gallera donde lo esperaba, desafiante, un malandrín de siete suelas dispuesto a masacrar a nuestro héroe a quien las apuestas no favorecían para nada. El público rugía como si de gallos se tratase y las botellas de ron pasaban de mano en mano y de boca en boca. La pelea duró poco: Bebé resultó un experto en artes marciales y dejó muy mal parado al enano de la casa. Los apostadores, indignados, acusaron a Toto y su pandilla de organizar un fraude y estuvieron a punto de lincharles. Con Bebé en alto, como si se tratara de un trofeo, salieron corriendo de allí y no pararon hasta llegar al carro que habían dejado en uno de los accesos al barrio.
Una vez a salvo se planteó lo inevitable: ¿qué hacer con el enano? Éste no quería desprenderse de sus amigotes, a pesar de que estos habían puesto en peligro su integridad física. Emborracharon una vez más al enano y lo depositaron, mientras dormía, en el jardín de una casa en El Paraíso, perteneciente a un influyente político de la época quien, suponemos, ha debido entregarlo a la policía al constatar que no era uno de los pigmeos que adornaban su huerto.
Esta estrafalaria aventura hizo que mi posición frente a los enanos sufriera radicales modificaciones. Sin embargo, no estoy del todo convencido de que no haya un dejo de malicia o de siniestra perversidad en ellos. Una duda que se ha acrecentado a raíz de lo que, recientemente, me contara Toto al regresar de un viaje a Paramaribo a donde fue en viaje de negocios. Para celebrar no sé que exitosa transacción lo llevaron a un lugar llamado Mi reino sí es de este mundo, que resultó ser una amalgama de cabaret, café concert y burdel de lujo donde la estrella era un ventrílocuo políglota cuyo muñeco profería improperios en más idiomas de los que habla el Papa (eso decía la postal que me mostró). Me dijo que se había divertido de lo lindo y que al día siguiente descubrió que el ventrílocuo se hospedaba en su hotel. Se las ingenió para hablar con él porque le parecía muy cómico que, a cada rato, hablase por el celular y dijese que lo hacía con el muñeco. Era graciosa, sí, pero muy raro y se dedicó a espiarlo. Así descubrió, que el muñeco era en realidad un enano y que el enano no era otro que Bebé… “Igualito, no había envejecido nada y estoy seguro de que me reconoció cuando lo vio abordar un taxi…porque me sonrió”.
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Etiquetas: BLACK HORSE, BOTERO, CRONICA, HECTOR MAYERSTON, MIGUEL OTERO SILVA, PISCO SOUR, RAÚL FUENTES, RESTAURANT EL PARQUE, TOTO DIEZ












Como es posible, caro Raul , que no hayas incluido entre las delicias del Gato Pescador aquellos sus famosos Fatanyeiros, que la maledicencia del lugar y de la epoca aseguraba que estaban compuestos, entre otra viandas, de gato y de pescado. Saludos amigo y te recuerdo que el Pez que fuma era un burdel guaireño y no caraqueño. Viejo es viejo manque se sfeite la papada.
16 de abril de 2008 22:09