viernes, 11 de enero de 2008

SABANA GRANDE SIN RAUL/ Julio Bolívar


Desde los años 80 recuerdo la imagen de Raúl Betancourt. Estudiaba un postgrado en la Simón Bolívar y si quería saber de la movida literaria era obligatorio pasar por Suma. No se quién, pero me advirtieron que ese librero era un hombre de malas pulgas. En verdad no lo noté nunca, tal vez algo huraño, de mirada verde y de humor incomprensible, yo diría que español y tímido, esa particular fabla que a los venezolanos nos suena a regaño. Recuerdo que los escritores se sentaban en una café enfrente, que ya no era el mítico recuerdo del Gran Café, o el llamado triángulo de las Bermudas, que tanto recuerdos dejó en la narrativa de la época. Pienso en “Pancho” Massiani o en Carlos Noguera. En ese café era fácil ver a Hanni Ossot, a Osvaldo Trejo que al caer la tarde abrevaba junto con Denzil Romero en esas fuentes báquicas y a todos los amigos escritores o habladores de Raúl, que obviamente yo no conocía. Una vez, recuerdo, vi caminar con destino a la librería al mísmisimo jefe de la pandilla Lautremont, Caupolicán Ovalles. Seguramente , yo , como muchos estudiantes de la época de esos años de los últimos grupos literarios, nos acercabamos a mirar a esos extraños seres, como si fueran ídolos del rock, a los que de vez en cuando le hablabamos, tímidos e inseguros, para escuchar sus sentencias sin discusión. Eso era más o menos el entorno que vi por aquellos días, más académicos que bohemios. Todos venían de regreso. Ahora recuerdo también a un niño prodigio que había participado en un concurso de televisión y había ganado una fortuna, para su corta edad que trabajaba como vendedor de Suma: Gonzalo “Gonzalito”Ramirez Quintero. Era un niño que leía y sabía demasiado. Hoy es el mismo lector, pero, como le gustaría decir a Pablo Antillano “un lector comprometido”. Por esos días se convirtío en la imagen del negocio de Raúl.

Una tarde, bajo la mirada zahorí de Julia, hojeaba libros en los mesones de la emblemática librería, , y de pronto se me acercó Raúl , del que no era amigo y me increpó: ¡leete esta vaina, es muy buena¡. El laberinto de las Aceitunas se llamaba aquella novelita de Eduardo Mendoza. Desde aquella lectura soy un fanático del escritor catalán, tal vez el que mejor ha descrito a Barcelona. Eso se lo debo a Raúl. A nuestro lado Denzil miraba de reojo la foto de Kundera y murmuró sarcasticamente, tiene cara de puto.

El año pasado, con su barba absolutamente blanca, ya sin la coquetería de los ochenta, el librero me comentaba sobre la terquedad de Juan Liscano en corregirle el nombre al librería, insistía el poeta de Carmenes que esta debía llamarse Summa en vez de Suma como le había puesto Betancourt, y decía con su grata sonrisa que cada vez que Juan iba a la librería volvía con el mismo tema. Es posible que el poeta pensaba el la Summa Teologica de santo Tomás de Aquino, Raúl simplemete quería sumar, amigos, libros, cigarrillos y plata , por supuesto. Ahora cuando Sabana Grande comienza a recuperar su viejo rostro Raúl no está, pero no importa, pasaremos por la vieja Suma entraremos a hojear las novedades y en silencio le preguntaremos a su ánima si escogimos el mejor libro. Nos quedaremos con la duda.

UN VIDEO EN DONDE NICOLE KIDMAN SE DESNUDA / Carlos Zerpa

Tengo en el disco duro de mi computadora, un video que bajé de KaZaA en donde Nicole Kidman se desnuda, en donde esa bella mujer se enrola un tabaquito de esos que dan risa y se ríe, en donde un capitán de la marina le toca a ella la entrepierna y le quita las pantaleticas… miro y miro ese video y envidio a ese capitán que ha tenido la dicha de oler el cuerpo de Nicole, de haber tenido el sabor de las gotas de sudor del cuerpo de Nicole en su lengua.
Tiemblo de solo pensar en la posibilidad de estar yo también entre las piernas de ella y que me diga:
“I love you”
La
Kidman ha dado un valiente y crucial paso en su vida
al separarse de ese pendejo de Tom, al que tan bien le queda el papel de “Vampiro Gay” con camisas de encajes y con olor a naftalina (Aquel patético vampiro creado por Anne Rice, llamado “Lestat”: bello, vanidoso, maricón, amoral, falso, mentiroso, arrogante que tiene un completo desprecio por los humanos a los que solo considera alimento… Pero a la vez ese vampiro, vive en una completa soledad y está tan necesitado de un compañero, que elige a Brad Pitt, para que lo acompañe por los siglos de los siglos como su acompañante…)
Ahora ella anda sola por el mundo y mi deseo crece… bueno, bueno en verdad no anda sola, porque abiertamente le ha dicho al mundo entero, que quiere tener las tetas mas grandes y que se anda acostando y revolcando con el roquero
Lenny Kravitz y ahora se ha casado en Australia como si fuese una mujer que puede casarse.. así como así… con el cantante de música country Keith Urban... tan puta ella… tan perra ella…
pinche vieja!!!

Miro y miro ese video de
Nicole y nunca me canso de verla desnuda en su strip tease intimo… el cual siempre he pensado que hace solo para mi.
Quisiera ser
Robbie William para cantar a dúo con ella “Something Stupid” y tener mis labios tan cerca de los de ella y decirle “Soy tu obscenidad secreta”.

Todo iba viento en popa, hasta que me enteré que “MI” video, de “MI” Nicole era también visto en secreto por otros ojos intrusos que se aprovechaban de mis ausencias de la oficina, para sentarse delante de “MI” computadora a revisar “MIS” archivos privados y deleitarse ellos también, con “MI” video en donde “MI” Nicole Kidman se desnuda lentamente…
Por eso odio al tal
“Pavaloca”.
Pavalocaaaaa voy por ti hijo de puta, te ha llegado la hora, a todo cochino le llega su sábado, voy con mi nuevo cuchillo que está sediento de sangre y voy decidido a darte caza, marica de
Pavaloca… Ya que con “MI” Nicole nadie se mete.
Pavalocaaaaaaaaaaaaaaaa aprieta ese culooooooooooooooo!!!!!!!!

lunes, 7 de enero de 2008

MARCELINO (Fragmento)/ Federico Vegas

Que bueno que te gustó.
Va a salir en un libro de cuentos hacia marzo. Yo escogería un fragmento (no todo porque acabamos la emoción de la publicación), el que tu quieras, y lo colocaría invitando a los amigos de la barra a compartir los recuerdos que tengan de Marcelino.
fv


II

Siempre que cruzábamos juntos la ciudad lo hacíamos con una elegante parsimonia: nunca sobrepasamos los sesenta kilómetros por hora. Desde su Toyota azul cobalto el tiempo y la ciudad se estiraban. Éramos legítimos dueños de las calles, inspectores que paseaban revisando la sensualidad de las curvas y la franqueza de las rectas, el reposo de los árboles y la frescura de la noche; príncipes que se exhibían en una serenísima carroza de carnaval, generales avanzando por el campo de batalla en un tanque de guerra, armadores griegos en un carguero con tesoros en las bodegas; insultados por quienes nos adelantaban a toda prisa, celebrados por los pocos que aceptaban la nobleza de nuestra parsimonia.
Recuerdo una noche que fuimos a la Peña Tanguera. Allí Marcelino se había enamorado de una bailarina argentina con nombre de torta criolla: La Bejarano. Apenas conocerla, a La Bejarano le dio una lechina furibunda que le cubrió hasta la palma de las manos y el blanco de los ojos. Marcelino se la llevó a su casita en Altamira para cuidarla. Todas las tardes la embadurnaba de caladril con almidón y vigilaba que no se rascara las ronchas: no le podían quedar marcas a una mujer que vivía de presentarse ante su público más desnuda y depilada que una lagartija. La noche que lo acompañé, Marcelino soltó en la barra del bar una sentencia de despecho:
—Necesitamos novias que nos comprendan, amantes que nos distraigan y esposas que nos mantengan.
Pero él venía de mantener, comprender y divertir a una mujer con fama de ingrata y fugaz.
—Es que tenía algo de Venus y Pinocho —le escuchamos decir con melancolía, añorando a la despampanante y narizona Bejarano, quien ya estaba en franca recuperación y enredada en otras seducciones. En el despecho de esa última sentencia nos revelaba la última carta que quiso jugar con la infiel Bejarano: una amistad duradera y sin ataduras en la cual predominara la lealtad y algunos fragores libres de culpa y compromiso.
Cuando salimos del local a las cuatro de la mañana, apenas tomó el volante de su camioneta, Marcelino me anunció:
—Me gusta sentir el vértigo de la seguridad.
Y no habló más, tenía mucho en que pensar. Esa madrugada iniciamos uno de los viajes más lentos que recuerdo: acompañados por un concierto de Brahms hicimos tres cuartos de hora entre Bello Monte y Altamira. Yo soñaba con tener una máquina tan fiera como aquella camioneta, capaz de llevarlo a uno al corazón de la Gran Sabana, a los carnavales del Callao, a las orillas del Ventuari. Le pregunté cuánto le había costado y me respondió:
—Bien poco para todo lo que cabe. Aquí entran mi compadre Paco Vera, cinco putas y un arpa.
Cuando íbamos a Caruao arrancábamos escuchando a Piazzolla y, al pasar Punta de Mulatos, le tocaba el turno a Janis Joplin. Ella nos acompañaba con su vigorosa melancolía a lo largo de la costa mientras el amanecer iba reverberando en el mar.
A partir de Los Caracas la carretera subía y bajaba por la Cordillera de la Costa. Nos elevábamos dando curvas por los cerros hasta divisar las playas salvajes de Todasana y La Sabana, para luego descender en picada y atravesar las quebradas que bajan de la montaña. Esos pasos del sol pleno y las brisas despejadas a sombras húmedas y profundas se prestaban a una creciente variedad de temas y estados de ánimo, lo que hacía de la travesía un drenaje a los líos de mi atropellada adolescencia. Me sentía seguro con mi guía, quien siempre me entregaba el volante a mitad de camino.
Marcelino conocía de su camioneta hasta esas manías y malcriadeces casi humanas que tienen los motores y las cajas de cambio. Una vez nos agarró un aguacero desde que pasamos por Naiguatá, y al llegar a Guayabal encontramos el río desbordado. La carretera de tierra se había convertido en un lodazal con crestas y remolinos. Varias camionetas se habían quedado pegadas tratando de esquivar aquel formidable pantano. Marcelino examinó la situación desde su puesto de copiloto y, con la expresión de un caimán que despierta de su siesta, me dio una sola recomendación:
—Mujer y barrial por el centro.
Y la toyota azul cabalgó sobre las aguas turbias con rugidos gástricos de nave a vapor, y una estela sepia señaló la ruta a los timoratos que desistían antes del primer intento.

miércoles, 2 de enero de 2008

EL CRIMEN PERFECTO Y EL BAR DE MALA MUERTE / José Pulido

En días pasados estuve en un encuentro sobre la novela policial y la novela negra. Y en varias ocasiones, el público quiso que se tratara el tema del crímen perfecto. A lo mejor las grandísimas fortunas acumuladas en manos de unos señores que han sabido hacer dinero con este o aquel artilugio, podrían asumirse como alegorías al crímen perfecto, pero hasta ahí llegan.

Es imposible que floresca el crimen perfecto. Sólo existen policías imperfectos y jueces irresponsables que dejan pasar las cosas y no agarran ni castigan a los culpables. La imposibilidad estriba en que el crimen, en si mismo, es una imperfección.

Al menos, es una imperfección para la búsqueda de un hombre supuestamente adscrito al bien, que respete la declaración universal de los derechos humanos y los mandatos de su religión, sea cual fuere, porque la mayoría de las religiones llevan de fijo el mandamiento de no matarás y aquello de “no le hagas al otro lo que no quieres que te hagan”. Tampoco es muy recomendable hacerle al otro lo que quieres que te hagan, porque podrías perder la ya destartalada y desprestigiada militancia en el sector heterosexual de la sociedad.

Pensando así, nunca escribiría una novela con la intención de demostrar que el crímen perfecto es posible. Tampoco podría escribir una buena novela policial basada en ese refrán que dice: “El crímen no paga”, porque definitivamente, es una afirmación ridícula. Hay camionetotas y camioneticas, hay haciendotas y hacienditas, hay cuentas en dólares y cuenticas.

Tampoco serviría “Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”, porque se ha visto que los ladrones constantemente son perdonados si roban a un inocente. Aunque nadie es inocente, según la novela negra.

Volviendo a lo del crímen perfecto, hay inclusive quienes señalan que Jesús de Nazareth desplegó toda suerte de sutilezas para que el Estado, el imperio romano, las autoridades religiosas y el pueblo soberano, se convirtieran en asesinos; motivó a unos cuantos para que lo torturaran y lo mataran. De esa manera el podía mostrar a la humanidad la esencia del amor y del perdón. Pero no pudo realizar el crímen perfecto contra sí mismo porque dejó muchas huellas en la elaboración de la trama. Comenzando con aquello de la última cena, que se tradujo en una frase reveladora: “uno de ustedes me traicionará”. Y se llamaría traidor aquel saporreto que lo delatara ante la soldadesca. El sapo denunciaría: “ese que va ahí es Jesús”. Como si se tratara de un desconocido. El profeta, el hombre que se la pasaba levantando muertos y haciendo que los ciegos vieran. El hombre sagrado que multiplicaba los peces y convertía el agua en vino. Otro gallo cantaría si hubiese transformado el vino en agua. Igual lo hubiera matado el populacho. Pero el mundo entero parecería un bar de mala muerte.

CÓDIGO DE BARRA /AÑ0 2 número 1


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viernes, 28 de diciembre de 2007

DUELO EN LA BARRA/ a Raúl Bethencourt

Raúl Betancourt, era Suma/Tulio Monsalve

Pensar en algún libro era la forma mas inmediata y casi automática de conectarnos con Raúl Betancourt. Su fácil y amable trato fue uno de los cauces que mejor logró familiarizarnos a la amistad con los libros; en una de las primeras oportunidades en que lo contacté, le pregunté por una novela de Mark Twain, El príncipe y el mendigo. Me dijo donde estaba, y la tenía en mis manos cuando se acercó con otro libros y me dijo que le acababan de entregar, eran ejemplares de las novelas completas y los ensayos del escritor. Consideraba mucho mas ventajosa esta opción. Era una bella edición en dos tomos de Aguilar concebidos en bello papel bíblia. Suspiré, revise, e hice pucheros ante la oferta, solo qué, por forzosa y pecuniaria razón, hube de posponer el trato hasta dos semanas después. Para mi regusto y cómo forma de honrar el recuerdo de Raúl, aún conservo el Tomo I.

Estimo que él nunca nos vendió un libro, fue su pasmosa capacidad para reconocer el significado de cada obra, lo que nos obligaba y comprometía a acercarnos a ellas. No hubo oportunidad, en la que al pretender opinión de un escritor o alguna obra, no obtuviera una respuesta acertada, para rechazarla o para mencionar algo de mas calidad. Era peligrosísimo hacerle este tipo de preguntas directas, pues al final era imposible no aceptar la lógica en que fundaba sus juicios sobre lo que nos indicaba, visto en el tiempo, y para mi regocijo y crecimiento espiritual, felizmente desde siempre reconozco entre mis libros, aquellos que él, en cada oportunidad, recomendó.

Sus juicios y criticas tenían gran capacidad para exaltar o deprimir nuestro entusiasmo; ellas fundaron nuestra trincheras en defensa de la causa justa por mejorar o afinar nuestra sensibilidad. Sus cuitas nos dieron base para ordenar los sentidos y su relación obligada con la lectura. Siempre apreciaba finamente, y con mas profundidad que aquellos que hacían de críticos, al dar luces sobre los motivos para nosotros ocultos, sobre aquello que había de recóndito en los títulos que le sometíamos a examen. En pocas, pero muy pocas oportunidades, me decepcionó con sus apreciaciones, tanto así que luego me vi sometido a sus juicio como editor, campo en el cual es mucho lo que le agradezco; pues fue bastante lo que hizo por mis libros.

Había abundancia de afecto en sus juicios inmarcesibles y una real y eficaz y envolvente fuerza en su manera de sonreír, fluido que brotaba aún en sus mayores tristezas, que las hubo, para resarcirnos exultando ansias de luz, de goce y alegría.

En Suma estuve, igual abrevaron de esto mis hijos, y ahora voy con los nietos, las luces de Raúl, y la sencillez de Julia siempre estarán presentes cuando de Suma se trate y de lectura nos sintamos acortados.

Este lugar, verdadero y pleno lugar, fue concebido y mantenido por Raúl , para hacer suma de, obras, títulos, saber, amigos, adictos, especie de cofrades que asistíamos semanalmente, con o sin motivo, para recibir de él las buenas y nuevas referencias; finalmente me limito a sufragar mi admiración por lo allí realizado, y desear a quienes lo heredan, cumplan para su honor, fecundos años para mantener aquello que toda nuestra amistad y afecto por Raúl lograron en el buen tiempo pasado y el por venir.

Raúl sigue el camino de si mismo, que es el que nos marcó, y por el cual lo distinguimos y admiramos.

Para Raúl Betancourt (que se escribe, Bethencourt)

miércoles, 26 de diciembre de 2007

TAP & TAPA/ © Carlos Martínez Montenegro


Consiste en que los bailarines calzan unos zapatos con unas placas metálicas en las suelas, que al golpear el piso suenan como instrumentos de percusión a ritmos poco menos que endiablados, aunque Astaire y Rogers eran capaces de acompañar románticas melodías con sus pies y su notable expresión corporal y gestual – que para eso eran estrellas de Hollywood – y además cantaban bastante bien, ¿quién da más?

El tap, figura como un baile norteamericano que desde finales de los años treinta Hollywood difundió en sus maravillosos musicales, pero curioseando aparecen sus ancestros. En Europa la gente del campo usaba unos sobre-zapatos de madera llamados “zuecos” que les permitía caminar sobre el barro sin mojarse los pies en época de lluvias. Esa madera producía un “tap” al caminar sobre suelos duros que se usó en los bailes folclóricos de cada país. Lo cierto es que en los aledaños de Nueva York, donde se instalaban los inmigrantes europeos – básicamente irlandeses – ya en 1830 se reseña una fusión de danzas irlandesas, escocesas e inglesas que aplicaban la técnica “tap” para ciertos bailes cuando los inmigrantes se reunían en fiestas y competían para demostrar sus cualidades. El “Tap” nacía con nombre propio como estilo de baile.

Los esclavos ya liberados tras la guerra civil, debieron ver “algo” en aquella técnica y la adoptaron. Con su extraordinario don rítmico imagino que no dejaron nada para los demás y al poco tiempo inundaron los teatros de Broadway y de allí fueron invadiendo el vasto territorio según nacían las ciudades. El cine después se encargó de popularizarlo en el resto del mundo.

Hubo innumerables bailarines de “tap” famosísimos, casi todos de raza negra, pero el “star system” se encargó de promover a los actores de mayoría blanca. Entre los primeros destacan los Nicholas Brothers, que ya en 1930 maravillaron a todo el mundo y que sin duda influyeron en el resto cuando aparecieron en el cine.

Astaire y Rogers tomaron buena nota, pero no se puede obviar a una Eleanor Powel, quizás la mejor – con quien Astaire hizo pareja en muchas películas – ni a Gene Kelly que provenía del ballet y adoptó el “tap” al igual que Sammy Davis Jr. excelente baterista y cantante de jazz. La lista es grande con figuras del tap.

Como soy cocinero “amateur” les dedico una tapa: En una plancha bien caliente se coloca un champiñón y una gamba o camarón, se rocía con sal, aceite de oliva virgen y limón por ambos lados sin hacer mucho, y sobre una rodaja de pan campesino tostada y untada con aguacate maduro, se pincha con un palillo arriba la gamba y debajo el champiñón; adornar con perejil picadito. La gamba es Ginger y el “sombrerito” de champiñón Fred. Va por los dos.

¡Ah! en Venezuela conocí al Sabanero Porteño, que con unas maracas atadas a sus alpargatas también hacía maravillas acompañando joropos, no es “tap” pero también es un estilo…

carlos.managerman@gmail.com

LA BARRA DEL CONVENTO/ Tulio Monsalve

Para aquellos que han unido su vida a los libros, esos, a quienes resulta difícil no reconocer que sus momentos mas importantes o sueños y alegrías y tristezas se asocian con una obra literaria, o para quienes, esta materia tenga algún sentido, llegar a toparse de pronto con los autores que lo han maravillado y quitado sueño o causado placidez y no pocas sorpresas, llegar a la FIL de Guadalajara es un acto que causa maravilla y estupor.

Verse rodeado de agentes literarios, bibliotecarios, libreros, demiurgos del viejo arte de la edición y más de mil seiscientas casas editoriales de 39 países, es asunto inolvidable. Mirarse peleando por un puesto en una sala adonde caben mil quinientas personas para escuchar, a uno de tantos, para mi gusto, notables como Antonio Muñoz Molina, quien con su sencillez habitual, reconoce, con tono agradecido, y poética y académica placidez y honestidad notable, que buena y por cierto muy buena parte, de la producción literaria europea y sobre todo la de España actual, se debe al influjo y magia que en ellos causó la producción de los autores provenientes del llamado boom literario latinoamericano … verdad que causa asombro.

Esta Feria es si duda uno de los sucesos mas connotados y mejor montados sobre el negocio del libro, no solo en Latinoamérica, sino a escala mundial, la exuberancia en cuanto al numero de empresas representadas y amplísima presencia de figuras internacionales, causa asombro y habla de fortaleza y vigencia de la obra escrita. Álvaro Mutis, en una de sus intervenciones reconoció que el libro es aún mas eficaz, accesible y potente como fuente de formación que la misma computadora y su inefable y asociado programa de Internet. Pues su uso no está para nada hipotecado al lastre de una conexión externa o exige requerimientos eléctricos o electrónicos para cumplir su tarea. Basta la mera y sencilla voluntad para que la inmediata conexión con los sueños y lucubraciones se produzca en el lugar y condiciones menos favorables. Mas libertad y amplitud de goce, juntos, con viaje asegurado a la imaginación, es imposible.

Pero la Feria no es Guadalajara ni ella es solo negocio del libro. Pues la ciudad tiene su donaire y garbo latino. Con una historia que de inmediato nos conecta con el terrible periodo y los sibilinos episodios de la Conquista de México. Para suerte o desgracia la fundación de la ciudad se debe a Nuño Beltrán de Guzmán, quien la nombra en honor de la Ciudad de Península de donde él proviene, Guadalajara, España. Ayuda saber, que Bartolomé de las Casas calificó a Nuño de gran tirano y otro arriesgado cronista lo describió como el “aborrecible Gobernador del Pánuco y quizás el hombre mas perverso de cuantos han pisado la nueva España”. Dato, entre otros miles, que demuestra, que los verdaderos irracionales no eran tanto los que habitaban nuestras tierras cómo aquellos que las asolaron por mas de trescientos años.

Irrumpe en México Nuño Beltrán, con el aval del Emperador Carlos V, quién le encomienda actuar como contralor y evitar que siguiera cometiendo atropellos, el no menos bárbaro, Hernán Cortéz; no fueron pocas las disputas y diferencias entre ambos, por el asunto de los abusos que cada uno perpetraba. Nuño duró un año en el cargo de Presidente de la Real Audiencia de México, suficiente para ganar espacio como infame.

Novedades históricas aparte, hay que decir que en la actual Guadalajara, existen notables vestigios de toda la grandeza de la arquitectura del período colonial, muchas de esas obras se encuentra en la zona colonial de la ciudad y una se le conoce como la Fonda de San Miguel. Lugar adonde funciona un magnifico espacio en cual se albergaron las monjas de la orden de las Carmelitas Descalzas, hasta el período de la Cristiada o Guerra Cristera, entre los años de 1926 a 1929. Don Plutarco, tal y como conocían a Plutarco Elías Calles, se le enfrentaron grupos de milicias de laicos y un importante contingente de presbíteros y religiosos católicos que resintieron la aplicación de leyes y políticas públicas cuyo fin era restringir la presencia política y la autonomía de la Iglesia Católica; que se colocaba frente al gobierno y pretendía crear un Estado dentro del Estado; sobre todo, limitar el prominentísimo poder de la Iglesia y controlar su capacidad de uso y enajenación de sus inmensas riquezas, con fines políticos.

Una de tantas medidas adoptadas por la Presidencia fue desalojar a las monjas Carmelitas de este claustro de San Miguel e instalar allí un Cuartel militar. Curiosamente este enfrentamiento se le llamó “la última guerra religiosa en pleno siglo XX”.

Sin poder obviar todo ese conjunto de hechos históricos, al día de hoy, al estar en los espacios de convento es inevitable sentir el dominio de la paz, y el animo de recogimiento que las arcadas, plantas, aves confieren a su patio central, lugar adonde se alojan los comensales que asisten a sus mesas.

A pesar de lo concurrido del local, la tradición y la fuerza del diseño arquitectónico se nos imponen, se siente el ánimo y sentido poderoso de las tradiciones de esta cultura y esa historia adonde todo suponía recato y placidez.

Muchos detalles, motivan las sensaciones, la presencia en los pasillos laterales de pequeños espacios, que sin ofender o imponerse a quién allí asiste a comer, ofrecen artesanía y abalorios que parecen estar destinados a lograr un grato y armónico espacio. El comedor está en el patio central, abierto al cielo y rodeado de pájaros y música, sin duda que nos hacen volver al espíritu de quienes lo diseñaron. Su mismo nombre se adelanta a los juicios: La Fonda de San Miguel, lugar adonde descubrimos maneras del buen beber y comer con acuerdo a las historias que rodean este enclave. Sin duda es alta cocina mexicana lo que allí se degusta.

Jeroglífico prominente del lugar, sin duda, es su barra, allí viven como destacados huéspedes una inmensa variedad de tequilas de ágave, planta que los habitantes de América conocen desde mas nueve mil años; (género cuyo significado es: “noble” o “admirable”, de su savia se destila el “tequila” o “mezcal”). Fajarse con un buen: “curado” , “reposado” “joven” o si llegamos al “añejo”, es una manera de encontrarse en un viaje a la chifladura, con singular nota. Ramiro su barman, le gusta hacer valer sus conocimientos en materia de tequilas e impone con nobles maneras su fundadas recomendaciones. Tomarse uno es la justificación para deslizarse con varios y de allí planear hacia la realidad de la oferta principal: La Pechuga de San Francisco de Asís, rellena de cuitlacoche, saborearla, es apoderarnos de un convento donde no sabemos que exorcismo nos puede atrapar o cual traviesa monja nos hace un guiño o sortilegio, para que perdamos el juicio hasta caer en insondables celdas

martes, 18 de diciembre de 2007

LA DEL ESTRIBO/ Adriano González León


17 Diciembre 2007

Pancho:

Estoy aquí pensando en un dibujo tuyo que tenía todas las glorias que tu puedes inventar. Estoy aquí bebiéndome un trago en tu honor. Todos los tragos desde los mesopotámicos son en honor de los poetas. De los poetas como tú , que domestican las constelaciones y las meten en una copa. Y se la beben solitarios, para mayor riqueza de la imaginación. Recuerdo que Omar Kayam decía “Voy por el camino con mi botella y mi sombra. Afortunadamente mi sombra no bebe.”

Tu estás allí en tu silla de príncipe iluminado. No te sientas mal. Es de dioses estar solo a veces. Mantén esa quietud y ten presente que todo el país te ama. Conozco demasiadas muchachas que deslumbraron nuestro corazón. Veo cómo tus páginas crecen y el viento y los duendes tienen envidia. Déjalos que se las apropien y constituyan la comarca que desean. Tienen buenos materiales para el trabajo. Eso si. Quiero decirte que en estos días fui a una playa rocosa. Allí recogí una piedra de mar para ti.

Adriano

( Carta a Pancho Massiani escrita en la barra del Amazonia, con las que se inician sus colaboraciones en Código de Barra)

QUÉ LE APETECE / Phecda Márquez desde la Costa Levantina


Cuando recibí la primera vez este Código de Barra me dio morriña, saudade y nostalgia , y resultó inevitable que me entregara a los recuerdos de mis lejanas peripecias por las barras caraqueñas, especialmente por Candelaria, Sabana Grande, Altamira y Los Palos Grandes. Eran muchos y frecuentes los encuentros con Pablo, Fuentes, Maria, Gustavo, Beatriz, Tamanaco, Carlos Raúl, Jean , Elisabeth Tinoco, Julio y mi querida amiga Antonieta Sosa que ya no está entre nosotros, pero que siempre está en mis pensamientos. Me vienen también las imágenes de las tardes de tasca con mis amigos biólogos de la facultad de Ciencias de la U.C.V.

La vida me ha cambiado un poco desde que decidí emigrar a España ( fastidiada de todo lo que nos molesta en nuestra adorada Caracas) , y ahora me encuentro en la Costa Levantina, en la ciudad de Valencia. Es aquí donde me asaltan estas añoranzas y recuerdos sobre mi ciudad. Les cuento que por años mi jefa y yo frecuentábamos todos los viernes, al salir de la oficina, una tasquita cercana , en las inmediaciones del CCCT y El Cubo Negro. A partir de las cuatro ambas estábamos pendientes del reloj para salir volando a encontrarnos con nuestra barra y nuestra conversa. Se me ocurre que con el cambio de horario que acaban de implantar en Vzla. tal vez saldríamos mas rápido y nos escaparíamos antes de la hora.

Mi querida jefa sigue siendo, como en aquellos tiempos, una persona muy glamorosa y con mucho charm. Durante muchos años llegábamos juntas a aquella barra, muy grande, de color negro . Allí nos acomodábamos: ella toda parsimoniosa y yo, como siempre, toda atorada. Rápidamente pido mi trago preferido: vodka con aguakina y un toquecito de limón . Mi jefa con la parsimonia que la caracteriza , después de arreglarse el cabello con la mano, con mucho estilo y de una bella sonrisa, solía solicitar al barman que le ofreciera algo para beber. El barman, un muchacho buen mozo y gentil, le pregunta qué le apetece y seguidamente le presenta unas alternativas: “ Sra. un cocktail preparado o uno de frutas, una ginebrita o una vodka como la de su amiga”. Ella, toda dudosa, responde: “ es que estoy indecisa creo que un whiskisito esta bien, podría ser con agua por favor”. Asi se repetía nuestra visita una y otra vez. Siempre, al final, tras un buen rato, salíamos de allí dando unos glamorosos traspiés después de varios whiskisitos y vodkitas y tras el guiño habitual que me hacía el barman.

Hasta que un día después de varios años de repetir este ritual yo, con la inquietud que me caracteriza, los interrumpí y le dije al barman “ señor por favor sírvale de una vez su whisky con agua.”

domingo, 16 de diciembre de 2007

ARENQUE Y AKVAVIT EN CINEFILMS 71 / nostálgias desde Estocolmo de Liko Pérez

Me imagino que el título de esta nota debe despertar inmensa nostalgia en gran cantidad de amigos y visitantes de uno de los mejores bares escondidos de la ciudad de Caracas.Hablo de la oficina de Don Pedro Fuenmayor, “cineasta mayor” que siempre nos brindó su bondad, su alegría, su creatividad y su pasión por las buenas marcas de vinos y licores. Y todo esto, nos lo ofrecía siempre con comedimiento, decencia y ejemplos de buena voluntad.

Creo que fue en enero o en febrero de 1981, cuando recibí una llamada telefónica de mi amigo Luís Correa, cineasta impetuoso y apasionado a la hora de convencer a los amigos. Se trataba de que ese mismo día, o a más tardar al siguiente, debería yo de tomar un avión desde Estocolmo para trasladarme a Caracas - “lo más directo posible”. Está loco, pensé. Pero a la mañana siguiente me encontraba ya en el aeropuerto de Arlanda, dispuesto a trasladarme a mi querida Caracas para atender a la cita convenida al día siguiente de mi llegada en las oficinas de CineFilms71.

¿Qué fue lo que me convenció de tomar tan apresurada e inesperada decisión? Bueno, como les dije, su apasionamiento no tenía límites y además ya se encontraban a bordo del “proyecto secreto” tanto Pedro Fuenmayor como Enver Cordido, Pancho Toro, Rodolfo Porro y Santiago San Miguel. Así que no fue difícil, al sentir suficiente nostalgia, decirle SÍ al peligroso proyecto donde me estaba arrastrando Luís Correa: nada más y nada menos, que la complicadísima producción de la película “Ledezma, El Caso Mamera”.

La oficina de Pedro Fuenmayor, herméticamente regulada por potentes aires acondicionados, estaba vestida de una elegante y gruesa alfombra blanca de peluche que cubría todo su espacio. Al entrar, a mano derecha, se encontraba su también blanco e inmenso escritorio, en el centro, frente al inmenso ventanal que daba a la Av. B de La Carlota, imperaba una mesa de conferencias del mismo color. Y bien a la izquierda, discreto pero visible, encontrábamos el famoso BAR “de libre acceso” de Don Pedro Fuenmayor, eternamente lleno de bien temperados vinos Chablís y congeladas botellas de vodca y ginebra, y bien apertrechado siempre de un envidiado jamón pata negra que le vendía, casi en secreto, una gitana del jet set internacional, y del cual cortaba deliciosas lajas con un finísimo cuchillo Sabatier; y también habían botellas de güisqui, calvadós, coñac, una máquina de hacer jugo de naranja, hielo a granel, vasos, copas de todo tipo y hasta varios delantales de cocinero que nos reiteraban la ya conocida debilidad culinaria de nuestro anfitrión.

Todos estos recuerdos me indicaron que no podía llegar con las manos vacías a Caracas, sobre todo porque a la cita de CineFilms71 concurrirían también periodistas, amigos y otras personalidades del momento.

El Tax Free de Arlanda solucionó mi problema, dos litros de akvavit sueco, galletas suecas, dos latas de pescado fermentado “surströmming” (arenque agrio) y un manojo de dill (eneldo) para las papas sancochadas. La sorpresa iba a ser grande, ya que la pestilencia que emana de la lata al abrirse pone a correr a cualquiera. Aunque luego, para los valientes que aguantemos la pestilencia, un filete de fino arenque con galleta sueca, acompañado de cebolla cruda en ruedas, papas con eneldo y un casi congelado trago de akvavit, nos ofrece la sensación de haber experimentado la muerte en vida.

Hablo de muerte en vida porque así de mal huele ese arenque agrio, sortilegio nacido de la fermentación que la Suecia de antaño, durante sus veranos, y sin las modernidades de las heladeras de hoy, se vio obligada a inventar para preservar la fugaz frescura del más vulgar, pero más intensamente apreciado, pescado de su salobre mar; y convertirlo así, en una delicadez difícil de apreciar o entender desde nuestra modernidad.

Dicho y hecho, son alrededor de las tres de la tarde del día siguiente de mi largo viaje y ya la oficina de Pedro está llena de gente. Se llegaba a esta peculiar oficina a través del foyer del antiguo cine La Carlota, subiendo por una serpenteante escalinata que antiguamente nos llevaba al palco del cine. Si la memoria no me traiciona, se encontraba también allí, entre otros, Pablo Antillano, incondicional amigo del cine nacional y eterno seguidor y corrector de cualquier mala interpretación de las verdades del cine nacional.

Rápidamente, y luego de los tragos de bienvenida, el encuentro se convirtió en tertulia; y más pronto que tarde, me increparon a abrir las “supuestas” latas de pescado podrido. Nosotros los venezolanos somos todos tan machos, que ese cuento del pescado podrido, que no asusta a los bárbaros del norte, simplemente se resuelve probándolo. Pero al abrir la primera lata, una fétida nube de pestilencia comenzó a esparcirse en el hermético recinto, primero delicadamente, así como si alguien hubiera incurrido en alguna indiscreta flatulencia, para luego arremeter con toda su violencia y sacarle un despavorido grito de terror a Santiago San Miguel: “que marranada, Dios…” y dicho esto, salió corriendo seguido por gran cantidad de amigos escaleras abajo, y hasta más allá, hasta la calle, ya que el sistema de ventilación se encargó de distribuir una crispante hedentina que los persiguió hasta la mismísima entrada principal del antiguo Cine La Carlota.

Como bien apunta el refrán, ese que asegura que donde ronca tigre no hay burro con reumatismo, sólo los valientes, entre ellos Correa, Fuenmayor y algún otro que no recuerdo, se quedaron a probar la marranada; eso sí, “siempre y cuando yo la probara primero”.

El consecuente, espeso, o más bien aterciopelado, akavit escandinavo, poco a poco fue atrayendo de vuelta a una parte de los amigos desbandados, ofreciéndonos a todos la excelsa oportunidad de brindar por la aventura vivida y por haber sumado una experiencia más al acervo de las cosas que se podrán contar cuando la nostalgia lo requiera.

Así como ha sucedido hoy.

Liko Pérez/ Estocolmo, 2007-12-13

viernes, 14 de diciembre de 2007

UN COÑAZO NOSTÁLGICO DESDE LA UMBRIA/ Manel Martínez

Fue un verdadero coñazo Pablo, un encontronazo, penetrar en tu código de barras. Me vi metido de verdad en el tunel del tiempo. Ese Raúl Fuentes, lejano del casi marginal que yo conocí, con esa pinta de dueño del local y primer candidato a prenderle fuego con todos los amigos-parroquianos dentro. Ese Carlos Gimenez, colega y "contraparte" en jerga de la FAO. Muy entendedor y aprovechador de las reglas del juego, de pura buena intuición pero yo siempre le sospeché un lado sano, una almita. Y míralo aquí tan contento, tan en su lugar.

Paseándome luego por todas esas fotos me he topado con todos mis "yos", allí bebiendito, con la diferencia de que ellos se quedaron y yo me fui. Quizás por eso es que se ven un poco mas inchaitos, con tanta barras, pero, por lo demás, la misma vaina. Seguro que si pudiera hablar con ellos terminariamos encontrando recuerdos comunes.

Cuando estuvimos en Caracas el año pasado, y no te vimos, estuvimos de acuerdo con Marimé que las barras de Caracas son lugares mágicos. Afuera está ese soberano peo, esa humanidad que hasta ahora no sabíamos donde estaba y que ahora llena las calles e impregna el asfalto de humanidad. Está también eso que llaman el modernismo mezclado con el miedo y la crispación. Adentro cambia la temperatura, la luz, los sonidos y ahí estás en un especie de oasis extraño y naturalmente imperfecto. Es curioso porque cuando yo llegué a Caracas en el 58 las únicas barras que existian eran las de la Candelaria, réplicas de las que dejaron atras los españoles en su península. Luego la cosa cogió cuerpo y se pintó de Caribe. Durante muchos años pasó para mi de lo folklórico al campo de batalla del amor. Detenidas casi en el tiempo, esas barras me acogieron el año pasado con el mismo sabor tradicional que hace veinte años.

Ya se que suena a pura nostalgia, casi a ñoñería, pero debo decir en mi defensa que yo siempre demostré mi total admiración por esos lugares. Quiza la "alternativa" en lenguaje taurino, me la dieron en mi período margariteño. Tu sabes como era mi vida allí. Una mezcla de absoluta irreflexión y gozadera no irrefrenada, porque aquello de que soy catalán, pero...bien. Iba con frecuencia, después del trabajo, desde Boca de Rio a Porlamar, a jugar pelota vasca en un colegio de curas que nos prestaba el frontón. Después nos ibamos a una barra de neta orientación española. Solo un angel de la guarda de excepción impidió que me escoñetara en uno de esos regresos a Macanao. Ya en la barra (el mentidero) comenzaba la conversadera. Yo, casi profano en ese ejercicio, trataba inocentemente de ponerle racionalidad al asunto. Un dia me di cuenta de que me llamaban, de vacilón, profe, doctor y todo eso y tuve la revelación, "el insight" de que allí se podía hablar de la madre, la patria, la amistad y las mujeres pero no regían las reglas de "afuera", no es que fuera irracional, es que era otro tipo de racionalidad. Por eso cada vez que oigo a un político o a un filósofo desmenuzar sesudamente una idea y tratar de demostrar su punto, me acuerdo de las barras y las admiro mucho mas.

Te podría decir mucho mas sobre el tema pero no quiero que esto pase a la categoría de rollo. Podría hablar por ejemplo de las nobarras de Roma o la Umbria , de indudable influencia vaticana y comentar un poco esas sabrosas declaraciones de algunas señoras de esas barras. En fin, que me ha encantado tu código de barras. !Bravo Pablo!

Un abrazo.

Manel

jueves, 13 de diciembre de 2007

(UN) CUENTO DE NAVIDAD/ Crónicas Barsianas de Raúl Fuentes

El Viñedo estaba en pleno apogeo. Aún no existía el boulevard de Sabana Grande y la República del Este apenas comenzaba a sentar sus reales en el Triángulo de las Bermudas. En la fachada del edificio de la General Electric colocaban unos gigantescos renos anunciando el arribo inminente de San Nicolás, los cuales - según el gran Baica Dávalos - o eran sospechosos de mariconería o eran renas, pues carecían de atributos visibles de masculinidad. Un arbolito aquí, un pesebre allá y unos reyes magos más allá nos decían que estábamos en diciembre. Sin embargo, no fue sino cuando la grave y bien modulada voz del inolvidable Héctor Myerston nos dijo “por ahí debe venir mi hermano ofreciendo sus famosas hallacas vegetarianas” que tomamos plena conciencia de que, en efecto, teníamos encima lo que el editor de este blog llamaba el mes de los chantajes afectivos.

Ya el país había dicho sí a la democracia con energía y, pasada la resaca electoral, comenzaba atiborrase las tiendas y a proliferar los bazares de navidad, refugio estos últimos de trasnochados hippies devenidos en artesanos de fin de año, auque su principal ocupación eran la meditación y el cultivo hongos del género psilocybe, conocidos también como hongos mágicos. En tanto que micocultores ejercían principalmente en Mérida, pero llegada las festividades decembrinas solían venirse a Caracas en busca de algunos centavos y, también, de los profetas e iluminados locales.

Festejábamos, pues, y desde muy temprano en la terraza de El Viñedo sin otro motivo que el festejo mismo, cuando el desganado chancleteo de uno de aquellos esclarecidos del páramo llamó nuestra atención. La indumentaria de aquel tipo era de espanto y brinco y su extravagancia sólo era comparable con la del pintor Pascual Navarro quien vestido de blanco, con capa, sombrero, bastón y una increíble colección de anillos salía en aquellos momentos por las puertas de la librería Cruz del Sur, situada justamente frente a nuestro mirador. ¿Quién es ese loco?, inquirió alguien, sin precisar si se refería al artista plástico o al espantapájaros que ya repartía invitaciones para una experiencia psicotomimética a cargo, entre otros, de Alberto Sánchez y Cappy Donzella. El evento se realizaría esa noche en la Zona Feérica de El Conde, justo donde se construyó después Parque Central y a la sazón terreno baldío que servía de asiento a una heteróclita colección de iniciativas culturales y recreativas con olor a guiso.

A falta de algo mejor que hacer, la invitación nos tentó y, así, fuimos primeros chicharrones en un galpón de usos múltiples donde se habían desarrollado espectáculos audiovisuales de gran envergadura, como Imagen de Caracas, pero que para aquel momento había sido degradado por toda suerte de festivales de rock mal tocado y peor bailado por una fauna de chancleteros y fumones que vociferaban consignas exaltando el poder de las flores, del cannabis sativa, de la paz, del amor y, por supuesto, del sexo sin límites.

La experiencia psicotomimética resulto ser más de eso mismo con un bazar de navidad como atracción adicional: decenas de parejitas descalzas, cuando no semi desnudas, vendiendo toda clase de sortijas, pulseras, collares y guirindajos diversos, así como pachulí y otros aceites esenciales; sandalias y camisas hindúes; papel de fumar, pipas de agua y vaporizadores; afiches, franelas con, ¡como no!, el rostro del Ché, y una innumerable provisión de baratijas de gran popularidad y aceptación por aquellos día entre los rezagados hippies del patio. También habían instalado varios quiscos para el expendio de alimentos y bebidas: sándwiches vegetarianos, arroz integral, jugos de frutas, té de todas las regiones imaginables y un vasto y multicolor surtido de dulcería criolla, que nos abstuvimos de probar porque pensábamos que, seguramente, estaba sazonado con hachís, hongos u otros alucinógenos. Destacaba en esa feria de comida macrobiótica y zanahoria un puesto sobriamente arreglado con un letrero que anunciaba, ¡vaya casualidad!, “las famosas hallacas vegetarianas de Don”. Allí nos detuvimos a saludar a Don y Héctor aprovechó para adquirir hallacas y bollos que se resignó a cargar en una especie de porsiacaso que su hermano le obsequió a manera de aguinaldo.

Lo que más nos llamó la atención de aquel mini woodstock caraqueño fue la total ausencia de caña. Interrogamos a uno de los organizadores y éste nos explicó que el aguardiente no ligaba bien con la hierba y que, además, no tenían permiso para expender bebidas alcohólicas. Esto fue argumento más que suficiente para tomar las de Villadiego y buscar donde abortar la incipiente resaca. No tuvimos que caminar mucho para encontrar donde saciar la creciente sed. Nos instalamos en un viejo botiquín de San Agustín del Sur del cual recuerdo todavía con suma claridad algunos detalles, aunque no el nombre: encima de la puerta de batientes, una hornacina con un demonio clavando un tridente en el abdomen de un arcángel; el piso ajedrezado en blanco y negro con una capa de aserrín que, de vez en cuando, era barrido por el encargado de la limpieza; la barra alta, altísima, de madera oscura, los esbeltos espejos ahumados y unos murales enfrentados desde los cuales, y desde paredes opuestas, se enfrentaban indios y vaqueros (flechas y fusiles sobresalían de las paredes dándole un dimensión escultórica a la representación). Estos murales estaban firmados por P. Martínez con número telefónico bajo la rúbrica...Las sillas y las mesas eran de madera y el techo del salón había sido pintado por el mismo Martínez con un cielo crepuscular. Juntamos varias mesas y en torno a ellas recomenzó el holgorio. La bebezón se prolongó por unas cuantas horas hasta que alguien se quejó por la abundancia de calorías y la carencia de proteínas Todos miramos hacia el porsiacaso que Héctor defendía aferrándose a él con las dos manos. No le quedó otra opción que ceder. Enviamos la mercancía a la cocina para ser calentada. Al rato estábamos comiendo las ya demasiado famosas hallacas vegetarianas que, para ser honestos, eran bastante buenas. El dueño del negocio se sentó con nosotros; las probó y manifestó su disposición a hacer un pedido para venderlas en su establecimiento. Para cerrar y celebrar el trató ordenó una generosa ronda del trago de la casa: un misterioso brebaje que él llamaba rifiñake. Es lo último que recuerdo de aquella tenida.

Desperté en el sofá de una sala de estar que no era la de mi casa. En los sillones y sobre la alfombra yacían otros borrachos, todos con gorras de Papa Noel y una corona de muérdago alrededor del cuello. Estábamos en una casa en El Hatillo. Cómo llegamos allí, quién o quines vivirían en aquella casa, pues al despertar no encontramos a nadie más que a nosotros, y de dónde habían salido las gorras y coronas fueron interrogantes que nunca pudimos responder y que tal vez deban ser objeto de un trabajo detectivesco.

Salimos de aquella casa a hora muy temprana y caminamos hasta el pueblo para buscar los medios de regresar a nuestros hogares. El cansancio y el ratón nos impedían pensar con claridad y el silencio impuso su ley mientras buscábamos taxis y autobuses. Pasada la fase de recuperación y compensación volvimos vernos por la noche en el Páprika. Comentábamos lo sucedido y todos estuvimos de acuerdo en que el origen de aquel black out había que buscarlo en alguna sustancia desconocida que Don había puesto en sus hallacas. Pasaba por allí Salvador Garmedia y se interesó en el asunto. Dijo que conocía el bar donde habíamos estado y que la culpa de lo que nos había sucedido era precisamente de del célebre rifiñake que él conocía con otro nombre, pues éste dependía de quién lo preparara. El que la había tocado probar se le suministró como riquitriqui y nos dijo que mejor hubiese sido llamarlo triqui traqui. Nos explicó que este trago se elabora básicamente con las sobras que los clientes van dejando en las barras y que los barmen van escanciando en una pimpina que ya contiene algunas frutas a punto de putrefacción que fermenta aceleradamente con la ayuda de la saliva contenida en los sobrados. A esta preparación base se le añaden otro aguardiente de acuerdo al criterio del maestro coctelero y normalmente se vende a muy bajo precio (real y medio el vaso) entre los borrachitos consuetudinarios. Un preparado asqueroso que, por respeto a la tradición, nunca, nunca jamás debe servirse en Navidad.

martes, 11 de diciembre de 2007

LA PASION POR LA BARRA / Pablo Antillano

Código de Barra nació una tarde de copas en la Cervecería Alcabala, primero como idea hace unos cuantos años y luego como un grupo de páginas impresas, dobladas y engrapadas apenas a finales del 2006. En su origen prehistórico estuvo inspirada por los efluvios de una brevísima peña que reunía cotidianamente Saúl Alvarado, un guariqueño mal hablado que se había leído ya todos los libros que un sabio doméstico debe leer en su vida y que contaba con igual número de amigos que de enemigos. Él estaba siempre ahí, en una esquina de la barra, en la esquina del fondo, esperando la visita de por lo menos otro miembro de la peña que quisiera escucharle la diatriba, los versos arrugados, las nostalgias de la República del Este, o sus memorias como funcionario incómodo y porfiado de administraciones insufribles.

El núcleo duro de la peña lo formaban Héctor Flores , también guariqueño y hoy su mejor imitador; Carlos Giménez, biólogo marino que traía a la tertulia saberes insospechados para el resto, que versaban sobre los hábitos de los peces y especialmente sobre el señor atún y sus asociaciones; Alberto Centeno, la afabilidad metabolizada en deportista y un maestro en los asuntos de la enseñanza; y Gustavo Oliveros, el alma de la fiesta , de la estirpe pacifista que heredaron los verdaderos judokas, y periodista de mil y un campos de batalla. Por supuesto yo mismo, que tuve el privilegio de ser invitado a estas libaciones periódicas, repletas de embustes , desahogos y mucha catarsis.

El crecimiento de la peña no fue abrupto sino más bien pausado, pero muy consistente. El poder de convocatoria de Gustavo atrajo una tribu de periodistas fantasiosos como Yajaira, Coromotico, Nella y Vitico , y al imprescindible Raúl Azuaje, con quienes la peña comenzó a estudiar la posibilidad de tener un medio de expresión. Con Raúl llegaban además los escritores José Pulido y Petruvska Simne. No tardaron en incorporar a Olgamar Pérez , editora y dueña de una imprenta, con quien terminó el larguísimo lapso de ensueño y fantasía. Gustavo se embraguetó , le dio vida a la revista y la ha mantenido a tracción de sangre. El solo la organizaba, hacía las fotos, la diseñaba, la llevaba a la imprenta, la vendía y la distribuía. Hay que reconocer este empecinamiento y energía. Los demás sólo escriben y celebran.

En el interín Alberto le inyectó a la peña una apertura hacia sus redes personales y amistosas en el Guernica, donde la revista tuvo su primera sede y centro de distribución, y luego fue fácil compartir vida con las otras peñas y los otros barsianos de la parroquia. El grupo se abrió a La Cita, el Imperial, Las Burgas, la Tasca de Ouro, el Moderno, el Achuri, La Tertulia e hizo familia con los bar tenders y los mesoneros...En ese mismo proceso se incorporaron militantemente a la peña Raúl Fuentes, Tulio Hernández, Gustavo Méndez y Milagros Rodríguez, y luego Humberto Márquez y Oscar Hernández. La barra tenía su gente, su código y su revista.

¿Dónde estamos hoy?. Hoy estamos celebrando que la Revista Código de Barra alcanzó, superando todo pronóstico, su primer año de vida. Celebramos que su red ya no se limita a Candelaria sino que Gustavo ha logrado incorporar a la fiesta a decenas de sitios formidables en Las Mercedes, Altamira, Chacao y Los Palos Grandes; la peña se desplaza con su código y fiereza por toda la ciudad. Y ahora, desde julio, tenemos un blog, un sitio en Internet , (http://codigodebarra-revista.blogspot.com) que se retroalimenta con la revista impresa y que ha permitido incorporar a una docena de excelentes cronistas para remozar cotidianamente las cuitas de la cultura barrera, tasquera y botiquinera del país.

La peña no es ya la misma, pero su núcleo duro se sigue reuniendo como una cofradía que siempre, de una u otra manera, brinda fervorosamente por la memoria de su fundador, Saúl Alvarado , el Homo criticatus convenienceii, como lo bautizó el taxonomista Carlos Giménez, gran Linneo de la peña.

¡!!!Feliz Aniversario y Feliz Navidad!!!!


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