sábado, 26 de enero de 2008

jueves, 24 de enero de 2008

LA CRONICA EN LA BARRA

La gente que pasa un rato en el bar de la esquina, tomándose un aperitivo o un café es, sin saberlo, partícipe de una “literatura del instante”, una literatura oral formada por la palabra del narrador, el color de su acento, su talento de comediante. Y si uno escucha con atención, puede hasta captar alguna metáfora, alguna elipsis... Sí, señor: procedimientos de retórica en un lugar popular.

Recientemente, en el bar que frecuento cerca del puerto, en Ajaccio, escuché a un estibador echando el siguiente cuento.

El hombre empezó pidiendo un Morisco (mezcla de pastís y horchata con unas gotas de agua) y preguntó: “¿Saben lo que pasó ayer en el muelle nº 4?” El coro de parroquianos contestó al unísono: “Noo...”

El estibador: Bueno, lo voy a contar. Antes de salir al muelle, marqué tarjeta, como de costumbre, y me quedé hablando un rato con el gordo Orsoni y con Guerini mientras esperábamos las instrucciones del día.

El coro: ¿Y entonces?

El estibador: Llegó el jefe y nos dijo que fuéramos a descargar el barco que estaba atracando en el muelle nº 4. Como el barco no había terminado la maniobra, nos dio tiempo de tomarnos un cafecito.

El coro: ¿Y entonces?

El estibador: Después de tomarnos el café, nos acercamos al barco. El gruero ya estaba en su cabina, allá arriba, y había empezado el desembarque de los containers. Cuando el gordo Orsoni se puso a chequear el primer container desembarcado, el segundo container ya estaba suspendido en el aire y yo le dije a Guerini que ese container se estaba balanceando...

El coro: ¿Y entonces?

El estibador: El segundo container seguía balanceándose....

El coro: ¿Y entonces?

El estibador: Viendo cómo se balanceaba, me acordé de aquella vez, hace años, cuando un container se desprendió de la grúa...

El coro: ¿Y entonces?

El estibador: Le dije a Guerini que ese segundo container me preocupaba porque el gordo Orsoni estaba justo debajo...

El coro: ¿Y entonces?

El estibador: Guerini es un tipo tranquilo, nunca se preocupa por nada. Excepto cuando su mujer le saca las avellanas del bolsillo para llevárselas a la ardilla.

[Interpretación: cuando le saca el dinero del bolsillo para depositarlo en un banco popular que tiene una ardilla en su logotipo] Tan es así que un día...

Con una exclamación de impaciencia, uno de los parroquianos lo interrumpió: “¡No me interesan los reales de Guerini, termina de echar tu cuento!”

El narrador se tomó el tiempo de apurar su trago, volvió la espalda a los parroquianos y soltó estas palabras: “Mañana habrá colecta...” antes de pedir otro Morisco.

Esto es un ejemplo vivo de la literatura oral a la que me refiero. El narrador inicia su cuento interpelando al auditorio: “¿Saben lo que pasó ayer en el muelle nº 4?”, con lo cual anuncia que ha ocurrido un evento. Pero alarga el suspenso con varias digresiones, incluye la metáfora de la ardilla y, lo más interesante, termina con un espontáneo final elíptico: “Mañana habrá colecta...”

Dar espacio a la imaginación, ¿no es acaso lo propio de la literatura? “El lenguaje es el arte de la elipsis”, dice Sartre en Situations II. El estibador, sin haber estudiado humanidades, deja que el auditorio se imagine todo lo que siguió: que el container se desprendió, cayó sobre el gordo Orsoni y lo mató, por ende al día siguiente se llevará a cabo una colecta entre los compañeros de trabajo para ayudar a la familia.

En esta crónica de barra se encuentran todos los elementos de una novela de tema social: el bar del puerto, el alcohol, el suspenso, el trabajo duro, la muerte, la solidaridad... Y, con un poquito de imaginación, la huelga en los muelles, un asesinato disfrazado de accidente laboral, la corrupción en el puerto de Ajaccio...

Hay que aclarar que el narrador era un estibador corso, y ya se sabe que los corsos tienen un buen sentido del diálogo y del relato.

(Tomado del blog “Île noire”)

miércoles, 23 de enero de 2008

CARTA DE UN HOMBRE FEO A UNO BUENMOZO/ Claudio Nazoa


Querido buenmozo:

Hoy por fin he decidido romper el silencio en que he estado sumido durante años y años desde que tomé conciencia de mi estado de fealdad integral y permanente. Buenmozo, no sabes lo horrible que significa salir a la calle con esta cara y este cuerpito deforme que la acompaña. Soy medio calvo, cabezón y con los ojos saltones, que dan la impresión de que siempre me acabo de levantar o que ya no aguanto el sueño. El poco pelo que me va quedando no se deja peinar ni para un lado ni para el otro, pero tampoco se queda quieto donde está. Para tratar de tapar mi regordeta cara, me he dejado la barba y el bigote, pero casi no me sale pelo y mi rostro parece un hueso picado de hormigas.

Los dientes están más o menos bien, pero tengo la mordida de un mono, es decir, la mandíbula de abajo no encaja con la de arriba, lo que me obliga a retraer la lengua permanentemente porque si la dejo por su cuenta, la tendría siempre afuera. Como si esto fuera poco, el tener la lengua siempre contraída me aprisiona las glándulas salivales que sobre estimuladas producen un 60% más de saliva que las personas normales. Esto a su vez me obliga a tragar constantemente, porque de otra forma, se me saldría la baba.

La epiglotis creo que está al revés, y en vez de la manzana de Adán tengo una especie de vagina de Eva. Es como un hueco en la parte inferior del cuello, que le da un aire cómico a mi pescuezo.

A pesar de haber hecho casi todas las dietas todo se me pone flaquito menos mi abdomen que ha crecido puyuo hacia adelante y redondo hacia los lados, empujando el ombligo, dándole un aspecto a la barriga como si tuviera una lengua afuera.

Respecto al sexo (el mío), creo que su tamañito es alarmantemente ridículo. Esto lo consulté con el sexólogo Rómulo Aponte quien me dijo que no me preocupara por el tamaño porque lo que importa es la pericia y la experiencia. La consulta a tan distinguido doctor, a quien todo le parece normal, me preocupó aún más, porque justamente por el tamaño, no tengo experiencia y mucho menos pericia.Tengo las piernas flaquitas con las rodillas pelotudas y unas extrañas protuberancias hacia la izquierda y hacia la derecha, que dan la impresión de que las rodillas tienen orejas. Soy completamente lampiño pero de las rodillas para abajo tengo unos vellos gruesotes, sobretodo en mis bataticas, que si no fuera por el problema de los vellos, serían más o menos bonitas.

Mido 1.80 de estatura y calzo 33, cosa que me da mucha pena y que me obliga a usar zapatos varias tallas más grandes rellenos de algodón en las puntas y varias plantillas dentro.

Estimado amigo buenmozo, imagínese el trabajo que me ha costado que cualquier mujer se me acerque aunque sea para pedir la hora, y mucho menos, ni pensarlo, a otra cosa de esa que ustedes los hombres buenmozos hacen con frecuencia y facilidad a cada rato.

Usted señor buenmozo se preguntará: Bueno… ¿y éste tío feo para qué me escribe? La respuesta es sencilla y simple, quizás hasta suene absurda o triste, pero, vaya, a estas alturas de mi fealdad, que más da.

Mira buenmozo (y perdona que te tuteé), ya tú sabes como soy, espero que el recuerdo de mi descripción no te despierte en la noche o peor aún, no te deje dormir.

Vamos al grano: sólo pido que la próxima vez que le hagas el amor a una mujer, pienses que tú eres yo. Luego me avisas que lo hiciste, porque la sola idea de que yo, aunque sea por tu cuerpo pueda conocer y logre amar a una mujer, me bastaría para acabar con mi fealdad.

Gracias y perdona la molestia.

martes, 22 de enero de 2008

BRINDANDO CON CARUSO/ Rosa Bertín

Estoy diseñando unos bocetos que voy a presentar en el Florida Grand Opera de Miami, un concurso para el vestuario de la ópera “Norma” que se montará en el 2009. Me asesora una amiga, profesora de música, y esta mañana me contaba que atendió a Vera Rosza, la gran maestra de canto, cuando vino a Caracas hace unos veinte años a dar una clase magistral en el Museo del Teclado: declaró que nunca había escuchado, en ningún país, tantas voces maravillosas reunidas en una sola clase.

Para estar en armonía con este feeling belcantista, este viernes de barra le pedí al barman un Caruso. Me lo tomé a sorbitos ricos, pensando al mismo tiempo que este país siempre ha sido muy musical. Ya en la época de la Colonia, a fines del siglo XVI, según me contó mi amiga la profesora de música, la Capilla Mayor de Caracas tenía un órgano, y cuando pocos años después fue incendiada durante la incursión de unos corsarios ingleses, de inmediato los curas encargaron otro órgano, y luego otros más, que llegaban a La Guaira desde España a través de Santo Domingo. Venían desmontados y aquí eran cargados en recuas de mulas que atravesaban selvas, llanos, páramos, llevando la música hasta las remotas provincias andinas. Era tal la afición, que Boves utilizó la música para tender una trampa mortal a los mantuanos: al final de una velada musical en Cumaná, los masacró a todos...

Mi segundo Caruso ahuyentó de mi mente tan sanguinaria gesta. Mientras saboreaba el refrescante combinado de ginebra, vermut seco y crema de menta, recordé que en mi adolescencia, con mi amiga hoy profesora de música, formábamos parte del coro del colegio. Lo dirigía el querido maestro Ángel Sauce que nos llevaba con tanta paciencia. Yo tenía voz de soprano y el maestro Sauce me ponía a cantar como solista una canción de V. E. Sojo: “Malhaya la cocina, malhaya el humo”. Fue premonitorio, nunca aprendí a cocinar, sólo a preparar cocktails.

Hoy en día, cuando escucho una y mil veces “Anch’io” o “Tacea la notte” o “Casta Diva”, el mundo a mi alrededor desaparece. Cómo me habría gustado ser cantante de ópera y vivir pasiones desatadas, sentimientos sublimes... eso sí, sin peligro real, arriesgando sólo mis cuerdas vocales.

Me imagino vestida con la larga túnica de seda cruda que estoy diseñando, el cabello hasta la cintura, la frente ceñida de una corona de verbena, y en la mano la hoz de oro para recoger el muérdago sagrado. Ahí estoy, en éxtasis, de pie en el centro del escenario iluminado por la luz plateada del plenilunio, cantando “Casta Diva”, alzo lentamente los brazos al cielo, igual que María Callas, estoy transportada por la celestial cabaletta: Spargi in terra quella pace cheee ee ee regnar, cheee ee regnaaar tu fai neeel ciel... Al final, unos segundos de silencio: el público está sobrecogido. Y de repente, el estruendo de la ovación, unas voces que gritan “¡Brava, bravísima!”, las flores que llueven a mis pies sobre el escenario, y yo me inclino con gracia para recoger dos flores, una la lanzo al director de orquesta, la otra al público, y el teatro se viene abajo...

En eso, unas voces me sacaron brutalmente de mi ensoñación. Venían del otro extremo de la barra, un grupo de fanáticos apaleados pero irreductibles entonando su “Le-on, le-on, le-on, le-on... le-on, le-on...” No pude con la dura realidad. Apuré mi Caruso y me fui a mi casa a escuchar a la Callas sin nadie que me perturbe.


ILUSTRACIONES: Florida Grand Opera de Miami, José Tomás Boves y María Callas.

MÚSICA: Escuche la "CASTA DIVA" de María Callas en la ROCKOLA DE LA BARRA mientras lee la crónica de Rosa Bertín.



viernes, 18 de enero de 2008

CARLA BRUNI CANTA EN LA BARRA/ © Carlos M. Montenegro


Francia fue tierra de famosas cortesanas en épocas monárquicas e imperiales, pero en tiempos republicanos se moderó mucho, y es que una república no tiene corte, no al menos de esa forma. Ha habido romances en las altas esferas francesas del poder – legales y no tanto – y para ser justos, hoy los franceses estas cosas las suelen manejar, con notable desenvoltura. Y paso al ejemplo de Carla Bruni y Nicolás Sarkosy.

Imagínense ustedes por un momento que en un país de América Latina, un candidato cualquiera después de una exitosa campaña electoral llega a la presidencia, y al poco tiempo de acceder al poder decide que no quiere a su esposa y compañera de fatigas y de campaña y se separa o divorcia. ¿Qué sucede?, pues nada, de hecho lo hemos vivido, así que hasta aquí los franceses no nos enseñan nada.

Pero a partir de ahí el presidente Sarkosy ha ido mucho más lejos de lo que toleraríamos por aquí. Antes de ponerse la banda presidencial, se fue al Mediterráneo en un estupendo yate para descansar en bolas de la campaña electoral – que me pregunto yo, si eso no menoscaba un poco la “majestad del cargo” – y acto seguido nos informa que acaba de prescindir de los servicios de su esposa Cecilia, después de que se lo caló toda la campaña en plan de perfecta pareja; semanas después aparece de vacaciones por Egipto y Jordania con Carla Bruni al lado y Aurélien, el hijo de ésta, sobre los hombros. Y sin darse ninguna importancia.

Para colmo, mientras escribo ésto las televisiones de todo el mundo andan diciendo que probablemente se casó el jueves pasado sin hacer bulla en el Elíseo, es más, la prensa europea comenta sin confirmarlo que podría estar embarazada, de ahí lo del supuesto “matrimonio express”. O me apuro o cuando esto se publique o nos informan que se ha divorciado de nuevo y que ha conseguido otra pareja en Laponia o en Carora, que este Sarkosy es una bala.

Carla Bruni por su parte es hija del compositor y empresario Alberto Bruni y de Marysa Borini, actriz y concertista de piano, familia muy acomodada de Torino, Italia. Se codeaban con gente importante: Maria Callas y Herbert von Karajan, entre otros, eran invitados habituales en su mesa, es decir ambiente artístico no le faltó a la niña, que además poseía una belleza inquietante y algo salvaje. Y pronto se hizo un sitio en las pasarelas como modelo exitosa, pero en 1997 lo dejó todo y se hizo cantautora, logrando de nuevo fama rápidamente. En 2002 publicó su primer disco en francés con temas propios, producción de su novio Louis Bertignac, famoso guitarrista de la banda de rock Telephone. En Europa vendió dos millones, sólo en Francia pasó del millón.

No menos llamativo y agitado es su prontuario amoroso. En 1987 con 19 años tuvo un romance con Mick Jagger, que le costó a este el matrimonio con Jerry Hall, quien mencionó a la Bruni como causa de la separación. Se la vinculó sentimentalmente con el magnate Donald Trump, con el guitarrista Eric Clapton, el actor francés Vincent Pérez y el editor Literario Jean Paul Enthoven; pero además y a continuación con el hijo de éste: Raphael Enthoven, con quien tuvo a su hijo Aurélien Enthoven, el que va a hombros del mismísimo Sarkosy, su “San” Nicolás de cabecera.

carlos.managerman@gmail.com

EL PENÚLTIMO BARAZARTE/ Gustavo Méndez


“Ese cambio de cortesías quebrantó las ordenanzas,

pero nos hizo conocer el bien y el mal.

Ni ángeles, ni demonios, ni dioses,

nos volvimos humanos… Y comenzamos a comernos la tierra con amor".


Me fue dado presenciar, como único testigo, la conversación portátil que ADRIANO GONZÁLEZ LEÓN sostuvo con GUSTAVO OLIVEROS, mientras nos embriagábamos con vino, con lenguaje y con recuerdos. Comenzada en el BAR RISTER, continuada en el HEREFORD GRILL, terminó la entrevista en ese otro sitio contiguo a su casa y a su vida, donde al día siguiente, por esta vez —sólo por esta vez—, suave y dulcemente, decidiría inclinar la cabeza sobre el hombro de la compañera de barra. Con la cámara fotográfica de GUSTAVO quise capturar la incandescente sonrisa de ADRIANO … a la hora que escribo no se si mi torpeza lo permitió, para el amoroso regocijo de sus amigos. Pero para el mío, para mi espíritu, el retozo quedará por siempre en mi memoria.

Afirmo que no existe —no puede existir— en el universo físico por el que transitamos, una más ancha y esplendorosa sonrisa como la que desplegó ADRIANO esa larga tarde, cuando el periodista que lo entrevistaba, le recordó las cervezas y las canciones que compartió en alguna ocasión con ‘el profesor’ —así lo llamaba—.

Varias veces recomenzada, hasta encontrar el tono y las palabras apropiadas, periodista y entrevistado vocalizaron una canción de cantina, un “HIMNO A LOS BORRACHOS” cuya autoría los habitantes de las barras gustamos atribuir a ADRIANO y a EDGARD ALEXANDER, inventada en algún lugar de su Sabana Grande de hace 25 años. Dice algo así:

Salgamos por las noches, bebedores

Vamos a celebrar nuestra canción

Esta sed de payasos soñadores

Vamos a festejar

Vamos a festejar

El corazón

Usemos nuestras máscaras mejores

Brindemos por el sueño y el amor

Los poetas inventan sus amores

Copas para buscar

Copas para buscar

Nuevo fulgor

Tomaremos la mar los bebedores

Tomaremos el cielo y es mejor

Un rincón que apacigüe los dolores

Vamos a festejar

Vamos a festejar

El corazón

En esos momentos finales de su vida terrenal, su palabra, el lenguaje, seguían siendo los verdaderos protagonistas de sus narraciones … y de su existencia. ‘La anécdota no cuenta mucho, cuenta fundamentalmente el pálpito del idioma’, solía decir. Para rematar: ‘el lenguaje es por sí sólo un contenido, es una anécdota y una verdad’. ‘La luz y la palabra son el personaje. En sus relatos, en su poesía, en las enseñanzas universitarias, en la ‘literatura oral’ que se inventó, practicaba el hábito. Como los pintores abstractos y (muchos) de los surrealistas —según decía— que eran ‘excesivamente imaginativos y distorsionadores de la realidad’, ADRIANO se inventaba una que estaba más allá de la de todos los días.

En otra ocasión, en el RISTER, para explicarnos la enorme dificultad de ‘cómo hacer sonoros los olores y visibles las esencias’, la ‘sinestesia’ en la literatura, como figura retórica que une 2 imágenes o estímulos procedentes de diferentes dominios sensoriales, puso por ejemplo —como uno de los mayores elogios recibidos, por lo demás—, el de una hermana que al leer ‘PAÍS PORTÁTIL’ le dijo que hacia la mitad de la novela «por fin había encontrado una mujer que oliera bien, Delia, porque yo digo allí que está enmandarinada». La tinta de los textos escritos se porta así … cuando un mago lo requiere.

Esa tarde sabatina, escoltado de sirenas y manatíes, resolviste encontrarte con ‘un porvenir de espejos que se repiten, a buscar a esas amigas y princesas que se mueven por las nubes y que compiten con los pájaros del más allá’. Hasta allí, a las “lejanas tierras trujillanas donde comenzó todo” te has movido, pero sin marcharte de este “valle hondo” al que viniste a hacernos felices, porque, por supuesto, como decías que escribía el Gran Almirante en su diario de viaje, ‘habrá una gran virazón’ y cantaremos de nuevo canciones cantineras.

QUIERO CREER, ME DA LA GANA DE ESTAR SEGURO, QUE LA ATMÓSFERA DEL AMAZONIA ESTABA ‘ENMANDARINADA’ ESA TARDE DEL SÁBADO.



martes, 15 de enero de 2008

BARES MARINOS/ Fragmentos

1

Me gustan los grandes cargueros parados en las radas

sin inmiscuirse en la vida de la ciudad

y que de noche liberan a los marinos exaltados...


2

Cuando ya había trasegado todo el día treinta toneladas

Cuando ya había amontonado las cajas del tráfico

en depósitos gigantes tendidos a lo largo de los muelles

Cuando ya había agotado las bodegas de los cargueros

Cuando salía de noche por las rejas del portón

Bajaba hacia el barrio caliente y sus mujeres

Hacia los bares abiertos al ocaso de las aguas...

Louis Brauquier

Je connais les îles lointaines

Ed. La Table Ronde

(Traducción de Amelia Hernández)

VINO ALEGRE/ Francisco Massiani


No, Adriano/ ya no podrás hacer barcos de papel/ mojar tu corazón/ enamorado del amor/ enamorado/ de ti/ enamorado de esos versos/ que inventabas/ en alguna barra/ de algún bar/ con tus amigas/ con tus buenos amigos. Ya sólo te queda/ y es mucho/ el saber que tus palabras vuelan al tiempo eterno/ ya te encontrarás con la Mary/ con tu Verónica/ en un abrazo de amor eterno./ Sí: ya no podrás mojar tu corazón/ de vino.
...
La muerte es tan inesperada/ y esperada con angustia/ en el costado izquierdo/ en el corazón/ como el amor./ Se muere un ser querido/ y cojea el alma/ morimos un tanto también/ y nos duele:/ dolor sordo. No, no deberían morir los seres amados./ Nunca. Perdí a mi madre./ Perdí a mi padre./ Perdí a mi compañera, Belén/ y de alguna manera/ perdí a mi país de los magos bondadosos/ de diciembre/ de alguna manera/ a los años irresponsablemente dichosos/ de primera juventud. No: vete de aquí vieja bruja/ y denme de beber vino triste/ para/ que con mi amada/ se torne dulce/ y muerda yo/ la felicidad de vivir/ de amar, amor, de amar, amada mía,/ de amarte.

(Tomado de El Nacional 15/01/2008)

lunes, 14 de enero de 2008

AQUÍ NO SE APAGA EL FUEGO SAGRADO/ Oscar Marcano


El jueves almorzamos en Bello Monte y nos fuimos a El Buscón, donde Últimas Noticias nos tomaría unas fotos para un trabajo sobre ambos. ¿Quién va a decir que son las últimas?

Hablamos de todo. De los talleres para escritores jóvenes que debemos arrancar este trimestre en Escribas. De cómo sus columnas son un peligro, pues entre mariposas, pesebres y corazones de lis, no pierde oportunidad para darle un coquito al gamonal y a su funcionariado ignorante. Comentamos del Shylock del Mercader de Venecia y de lo sorprendente que resulta el que Shakespeare no hubiese podido escribir una sola obra mala. (Adriano da crédito a los vándalos anti-Stratford-upon-Avon, los cuales refutan que la obra del bardo sea realmente suya). Recordamos a Pancho Massiani: comentamos la bella carta que le había escrito en el Código de Barra de Pablito, y nos juramos visitarlo el próximo jueves.

Ahora dicen que ya no está y a mí eso se me hace cuento. De ser cierto, ¿qué va a ser de Las Mercedes? ¿quién va a hacerle guiños y a darle ternezas al país? Lo siento, Adriano querido. Déjate de bolserías. Vístete que te recojo. Te paso buscando por el Hereford o por esa vaina donde te la pasas ahora que llaman el Amazonia. Apúrate. Coje tu marusa y tu bastón, que tienes que bailar otro tango con Josefina y Pancho nos espera el jueves.

(Tomado de Tal Cual 14/01/2008)

LA DEL ESTRIBO/ Raúl Fuentes



24 horas antes de que Pablo Antillano me informara telefónicamente de la muerte de Adriano, había compartido con éste y con Gustavo Méndez un mesa en el Amazonia. Lo acaba de entrevistar el otro Gustavo, Oliveros, para Código de Barra. La entrevista estuvo centrada, me dijeron, en la República del Este. Estaba, pues abonado el terreno (o la mesa) para la evocación. Hablamos de un montón de cosas, menos de Chávez, lo cual ya es bastante. A instancias de Gustavo Méndez nos explicó su particular acepción de la palabra tramojo. Y contamos h nostálgicas historias basadas en bares neoyorkinos. Divagamos sobre el impacto de las nuevas tecnologías en la literatura y hasta especulamos sobre cómo habría impactado internet a Jorge Luis Borges. En esas estábamos cuando se acercó un mesonero y procedió a encender una corneta colocado justo encima de nuestra mesa, mientras entre disculpas explicaba que había llegado el turno de los músicos. ¡Qué buena vaina!, dijo Adriano y nos retiramos de la mesa hacia la barra. Del aire acondicionado lo afectaba de manera visible. Ordenamos una última copa mientras recordaba fiestas de los años 60 y 70 en las cuales era usual la aparición de los hermanos Todd o los hermanos Reyna, quienes a punta de guitarras imponían silencio para que el anfitrión rogara a los asistentes que no interrumpieran a los artistas, ruego al que Adriano se enfrentaba con este argumento: son ellos (los artistas) quienes nos interrumpen a nosotros. Con este recuerdo ordenamos una última copa. Lejos estaba de imaginar que, para Adriano, era verdaderamente la del estribo.

LUTO / Tulio Monsalve



A quien poseía el gran magma y las armas de un altivo ballenero ….

Era Lunes. Fue una llamada tempranera, pero viniendo de Adriano, casi una amenaza. Lo imaginaba a él, si lo hubiera llamado yo. Su respuesta ante tal impertinencia hubiera sido la de siempre: “quién se atreve”. Escuche su voz entre quejosa y crítica:

-Dejáte de jodederas, decime, donde está el manuscrito ¡!. .

-¿Cuál ¿.

-Pues ese que yo cargaba el Sábado en el baño turco. ¿No te acordás, no te hagás el pendejo …

- Coño Adriano no tengo la menor idea …

Los sábados de ese período de nuestra vida tenían un ya conocido itinerario. Sabado 10. 30, llegada al Baño Turco del Bosque. El consabido mal genio y un impertinente aroma a cañoso recuerdo de la noche anterior. No había animo ni humor, ni energía para un saludo. Todo se resolvía por cortos pero terminantes monosílabos, no éramos capaces de expresarnos ni siquiera por mínimos grafismos. Lo máximo. Gestos cuneiformes, y eso, de vaina y en modo intermitente.

En un afanoso ir y venir de la sala de vapor a la sauna o viceversa, y de allí al chorro de agua fría, pasábamos buenas horas y medias. Los galenos de mas experticia en este ingrato saber, solían recomendar, en medio del horrendo oleaje, intercalar en el torrente etílico, una frescokolita. Otros, que habían logrado superar el enigma del día, tímidamente agregaban: ¡! ponle un chorrito de limón ¡!.

Salvador Garméndia, mas radical pontificaba: no pierdan tiempo, en pendejadas, esa vaina, solo la derrota una cerveza friita. También este sabio del transnocho y las barras, tenía como siempre, palabra sapiente y culto saber y algo que agregar.

Terminada la proto salubre gesta, quedábamos ya sobre la una para irnos ha comentar sobre los libros recién aparecidos y que recomendaba Raúl. El lugar el Frisco, allí dábamos cuenta de un sabroso Tom Collins y seguía Adriano, con el humor y la grata y profunda sabiduría que derrochaba, para realizar sencillos, pero profundos análisis, para lograr las relaciones menos pensables posibles entre uno sus poetas mas repetidos, Quevedo o Góngora o García Lorca, con los asuntos que en este momento nos ocupaban política, cultural o afectivamente. Esa estrofa se le oí y vi. utilizar de la forma mas inteligente, humorística y variada posible. Era por la fortaleza de su genio y versatilidad e ingenio en el uso de su fuerza como escritor, capaz de hacernos oír estos versos de Quevedo y Villegas: Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,/ Venas, que humor a tanto fuego han dado,/ Medulas, que han gloriosamente ardido su cuerpo dejará, no su cuidado;/ serán ceniza, más tendrá sentido;/ polvo serán, mas polvo enamorado, en miles formas y veces sin repetirse en los cometidos y la gracia de sus atrabiliarias comparaciones y reflexiones siempre nuevas y perpetuamente inéditas y invariablemente ocurrentes.

Sabedor destacado de todo cuanto la lengua castellana pudiese tener como secreto y conversador afable y referente de una cultura tan vasta como posible, perfecto caballero en sus modos para el trato con gentes y siempre dispuesto a reconocerle las virtudes a quien con él compartía sin evidenciar la mas mínima capacidad para regatearle a nadie lo que le correspondía como ser humano.

Con estos iniciales créditos ¿cómo no quererlo tener como un buen amigo y como conversador excelso y ser capaz de prodigar bondad a cuantos le rodeaban¿ .

En este programa sabatino después del coctelito, obligado era pasar a la tienda de Frisco, a comprar los vinos que serían acompañantes del almuerzo que en ese momento componía con el acierto y genio de los mejores jefes de cocina de Caracas la inefable y bella e inteligente y gran periodista Mary Ferrero. Este era el único momento en el cual su atrabiliario temperamento trujillano irrumpía para imponer su terca voluntad, el vino: tenía que ser rojo y cabernet, y punto. Todos los invitados debíamos seguir la imponente noria. En este caso y solo en este caso una infracción a la norma sería severa y públicamente sancionada. Pocos, ni siquiera el in domeñable Orlando Araujo o Trina, se atrevían a romper los códigos. Todos, Chela, Mariana y Luís Alberto, Argimiro, Manuel, Rodolfo, Belén, Daniel, los Manueles: Caballero y Quintana, el Catire Hernández D'Jesús Caupolicán, Gonzalo, Marcos, Edmundo y Sonia, Oswaldo, David, Alfredo, todos incluidos caían en la celada.

Volvamos al manuscrito. Resulta que desde el sábado hasta la mañana del lunes de su llamada a él se le había extraviado un manuscrito. Estímese que para la época solo contábamos como respaldo con aquello que la maquina de escribir producía como original. Hoja por hoja. Folio a Folio, se iba haciendo un libro, nada que ver con eso que llamamos hoy el back up. Nada tenía respaldo que no fuera nuestra memoria, que bien corta que es, por cierto. Situación que justificaba su desasosiego. Pues él debía, mandar la obra a Barcelona, España. Me llamaba, por que los amigos comunes, cada vez que se les perdía algo acudían a mi, por suponer que era quien se los escondía para joderlos. ¿ Era verdad, no lo creo ¿. Pura infamia con la que tuve que cargar por bastante tiempo. Lo real es que no sabia nada del enigma.

Lo definitivo era que se trataba nada mas y nada menos que de la pérdida del original de su novela País Portátil. Menudo rollo.

Otro Sábado. Volvimos a la rutina, llegamos hasta el Frisco, nos saludo el Barman, que Adriano llamaba Babaganully, quien dice que su jefe quería mostrarle algo, así sucede, viene y pregunta si esto le pertenece y muestra un material, que había quedado olvidado en una mesa. El grito fue un estertóreo, ¡! Coño, mi libro!!..

Lo demás es conocido, gana el premio Seix Barral y nos volvemos a ver, cuando se aloja en nuestro apartamento de París. Allí celebramos de modo variado y amable su premio.

Hoy, para completar nuestro ciclo, y para asombro y paradoja como ser inteligente que fue, imprevisible, pero siempre fiel e inteligentísimo y con gran sentido de lo humorístico, realizó su último viaje. Recibió su pasaporte precisamente, en la casa de Elías Vallés, a quien nombró, en la época de la AdrianoRepública del Este, Ministro de los Asuntos del Mas Allá.

Allí espero verte Adriano, para decirte quién fue el que realmente te robó el libro de Piglia. Te advierto no fui yo. Ojala que nos veamos otro día sábado.

De despedida otro poema que te escuché: Tu cuerpo irá a la tumba,/ intacto de emociones./ Sobre la oscura tierra/ brotará una alborada. García Lorca.

PS: Su obra escrita, es inmensa en su belleza, contundente en su mensaje, amplia en su alcance, profunda en su sentido y filosófica para puro joder la paciencia de los academicistas.

sábado, 12 de enero de 2008

LA DEUDA DE LA BARRA CON ADRIANO GONZÁLEZ LEÓN/ Pablo Antillano


En estos días disfrutamos mucho la mordaz bonhomía de Adriano cuando bautizó a Raúl Fuentes como el Frankenstein de la Inteligencia, y también cuando se dedicaba a entonar insólitos cantos medievales que dibujaban escenas de caballería en la brumosa penumbra de la barra del Hereford.

Por ahí quedaba la geografía que le conocimos en los últimos tiempos : por los lados del Amazonia, (justo al frente de su casa), por Le Coq d’Or, el Hereford Grill o el Maute. Siempre en Las Mercedes, desde que una lesión en una pierna puso límites cortos a sus incursiones urbanas.

Esta pasión por el deambular marcó siempre el carácter de Adriano —y de sus personajes— quien, a pesar de provenir de uno los “parajes más feos del mundo”, de allá del Estado Trujillo, era un genuino constructor de gran ciudad. Por donde él iba pasando, durante toda su vida, se armaron repúblicas de ciudadanos, lugares poblados de ideas, en donde se practicó con disciplina el culto a la inteligencia, a la poesía, a la imaginación y al regocijo. A muchos le pareció siempre una suerte de flautista de Hamelin seguido en su andar por bandadas de poetas y pintores, de mujeres intensas con ojos entorchados, y de conversadores insignes y maliciosos.

No es este el lugar, ni es el tiempo, de enumerar con detalles la inmensa obra de contagio que produjo Adriano en su andar, baste por lo pronto evocar las revistas y periódicos en los que participó, a las peñas, bandas, pandillas y repúblicas de las que fue artífice, o sus gestos de provocación, como fueron sus cofradías , desde Sardio y Techo de la Ballena hasta la República del Este, su programa Contratema y su exaltación subversiva de “la literatura oral”, significativa catedral de la conversación y la inventiva. Su obra clave, “País Portátil” dotó a la literatura venezolana de una convicción no retórica de sus potencialidades internacionales.

En estos últimos tiempos visitó lugares recurrentemente y sus temas también eran recurrentes. Solíamos verlo en el Hereford con Gustavo Méndez, con Argimiro Briceño, con Raúl Fuentes, Julio Sosa, Freddy Véliz o Adelso Sandoval, entre muchos otros. Aunque muchas veces se le veía con parroquianos itinerantes, que a veces visitan los gratos restaurantes de la zona. Todavía disfrutan, por ejemplo, Rafael Arráiz Lucca, Guadalupe Burelli, Tosca Hernández y Joaquín Marta Sosa con el recuerdo de su encuentro casual,de hace pocos días, con Adriano en Le Coq D’Or, donde celebraron sus fantasías y su erudición.

No citaré aquí por ahora a las legiones de con-barsianos, y conversadores del Maute, de El Castillo, ni del Amazonia para no resbalarme en las ofensas del olvido y para no abrumar este espacio con nombres compungidos por el dolor. Sólo mencionaré entre sus compañeros de la noche a Andrés, su formidable hijo, amoroso y amigo, convertido sin querer en padre de su padre.

Algo de pequeño Dioniso acompañó siempre a este Adriano, gigante de las letras. El culto al vino no abandonó nunca su humor ni sus procesos creativos, los mismos que le acercaban a la poesía y a la pintura. En los últimos tiempos el del vino era un tema recurrente —amplificado seguramente por las solicitudes médicas y familiares que hacían lo imposible por alejarlo de su anhelo—. En la cartica que le escribió a Pancho Massiani hace unos días en el Amazonia ,y que incluimos en Código de Barra, escribió en la servilleta el aforismo de Omar Kayham que solía repetir sin cesar en las tardes de tertulia: “Voy por el camino con mi botella y mi sombra. Afortunadamente mi sombra no bebe.”

Pero igualmente insistentes fueron los capítulos orales que le dedicó Adriano, en nuestros últimos encuentros, a la celebración erudita de la historia y los afanes del vino desde los mesopotámicos y los persas, pasando por los relatos sobre las dimensiones míticas que alcanzó en manos de los pueblos judíos y en la sangre de Cristo, o a la revisión de las rutas del vino en las civilizaciones árabes, a su explosión en los monasterios del occidente medieval, y a la fuerza que le ha transferido a la expresión poética de la modernidad.

Verdaderas bacanales de poesía y erudición ofreció a sus amigos este escritor excepcional que , en su apasionada celebración de la barra, solía terminar con una suerte de admonición según la cual la barra no es, como algunos creen, un sitio para ir a beber, sino un sitio para pensar en soledad y donde la imaginación alcanza alturas insospechadas. “La barra es un templo para la imaginación”. Lo citaremos cada vez que repitamos esta frase.

En realidad a Adriano lo citaremos siempre, porque con él, como con el rayo y la lluvia, tenemos una deuda inmensa.

viernes, 11 de enero de 2008

OTRO ALEPH/Gustavo Méndez












Si se desea, en el BAR RISTER puede escucharse música. 'Enlatada', nunca en vivo, salvo cuando aparece una leve hada que por encantamiento o embrujo, vocaliza a capella una canción de cuna, un madrigal o un aria de Aída o de la Forza del destino o alguna otra pieza de las que algunos de los asiduos gustan oír. También el hada puede cantar con timbre de barítono, a su antojo, conforme a su intangible humor; pero en este caso, se hace evanescente para no mortificar las miradas con el contraste entre su delicada imagen y la ruda voz.

La penúltima vez, durante ese inusitado y maravilloso diciembre que acaba de transcurrir, oímos una extraordinaria voz que entonaba, en clave de criollismo culto: " Yo vide una garza mora dándole combate a un río", con un sutil contrapunto femenino atrás, como en lontananza, que quizás haya sido la Cantoría Alberto Grau. Vimos largos vestidos colores malva, magenta, fucsia, rindiendo homenaje al gran SIMÓN DÍAZ.

En ese instante apareció JEAN MANINAT. Nótese que escribo 'apareció' y no, por ejemplo, 'hizo su entrada', porque un segundo antes el puesto en la barra estaba vacío. A pesar de ser a un tiempo francés, quebe çois, mexicano, suizo, peruano, catalán, ese catire de ojos azules es más criollo que el pan de jamón. Como si no hubieren transcurrido 3 ó 4 años desde la última vez, proseguimos sin redundantes abrazos o saludos, aquella conversación que manteníamos alrededor del 'incesante y vasto universo', especular, acuchillado, felino, lleno de compadritos … el de BORGES; y, ante todo, sobre EL ALEPH, 'uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos … todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos'.

Quise sorprenderlo indicándole el sitio exacto del RISTER donde había creído que mora, permanece, se intuye o vislumbra UN ALEPH. Anticipándose, soltó: ―"Ya yo he estado aquí, en otra vida y en ésta también. No me vengas con la pendejada borgiana de que el decúbito dorsal sea indispensable para ver EL ALEPH … ni menos la oscuridad o la inmovilidad o cierta acomodación ocular o que está sobre la décimo nona botella de whisky. Sentado en esta barra ya yo he visto, veo y veré, millones de actos deleitables (y pocas veces) atroces … he aprendido instantáneamente Topología y, de manera infinita, Teoría de los Conjuntos, que me (nos) permiten ver un cosmos con todas las botellas, todos los vasos, todas las copas, todos los platos del universo como si ocuparan el mismo punto, sin superponerse o amontonarse … y extasiarse con su consumo. He percibido todos los seres que `el ciego vio' (¿que Borges ve?) en aquel sótano, en aquella hora crepuscular en Buenos Aires; he contemplado todos los tigres, todos los cuchillos, las marejadas, los ejércitos, todos los espejos que infinitamente los reflejan: "el inconcebible universo".

En efecto, en este ALEPH nos fue dado estar en el siglo XIII (con Baduel, por cierto) en aquel monasterio alemán donde entonamos repetitivos cantos gregorianos; esa noche decembrina pudimos presenciar lo que sólo sucedería en el enero siguiente: la fatigada entrega de los dólares al emisario de Marulanda, a cambio de las rehenes; vi a doña Clara y Doña Consuelo despedirse con besos y abrazos de sus secuestradores (¿en Guaviare, en Estocolmo?) e instantáneamente ser recibidas con los mismos besos en Miraflores, por El Uniformado. En fin, actos deleitables o atroces en un infinito instante.

Como el tiempo no existe en el BAR RISTER pero las limitaciones del lenguaje si, sólo puedo expresar en futuro lo que esa noche vivimos en presente: luego (es un decir) aparecerá por allí el ectoplasma de MOISÉS MOLEIRO (el político, no el pianista) quien beberá, recitará largos pasajes de El Quijote y esbozará una precisa y meticulosa teoría de cómo sacarle la escalera al Uniformado sin que un equivalente se monte en ella, y terminará malhablando de todo aquél que crea que 'Moisés Moleiro es un pianista'. Todo mientras se oirá el "Joropo" de su padre tocado, p.ej. por Eugenia Méndez o por la otra hija, Carmencita.

Juro que todos estos actos, todos estos sonidos, todas estas imágenes, pasadas, presentes, futuras, pueden ser vividos en el sitio. No necesitó usar MANINAT su desbocada elocuencia para convencerme, ni se vio embarazado por las limitaciones de la sintaxis. Sólo dijo: ―"No hay un ALEPH en el BAR RISTER; el RISTER es EL ALEPH".

MARCELINO TENIA UNA GATA/ Tulio Monsalve

Era el tiempo donde el Paraíso aún mantenía algunos privilegios. No todos le habían sido cancelados. Era por tanto casi celestial. Clima suave y benigno y plácido, con fácil acceso, avenidas anchas, casas que denotaban un pasado de la posible real grandeza de esa buena burguesía criolla que allí había vivido. En una de esas sendas conocí a Marcelino Madrid. Lo encontré, por feliz mediación de una de una amiga a quien él llamaba Juanita. Ella vivía en un lugar, muy particular, su casa estaba al final de la Avenida La Paz.

Para alcanzar el paraje le di la espalda al Barrio La Vega y tomé el camino hacia el norte. Crucé el Puente que nos salva del río. Allí torcí, a la izquierda y ascendí por un estrecho callejón. Este conectaba con una calle ciega, que montaba hacia a una pequeña colina. La ruta desembocaba a una redoma que hacia las veces de parque. Espacio rodeado por un conjunto de casas que simulaba una variedad de plaza con muchas árboles. Esfera que hacia las veces de una glorieta comunal. Su perímetro lo constituían un grupo de casas, todas abiertas hacia el parque, iluminadas de forma tal que animaban a que en ellas hiciéramos entrada. Así lo hice, fui recibido con un franco y criolla saludo de bienvenida. Era Caracas, al inicio del año mil novecientos sesenta y uno.

Antes de ese día, solo conocía a Marcelino por diversas referencias, que decían de la fama de sus cuentos y estupendas ocurrencias que hacían ruborizar y correr a las señoronas o quienes pretendían ir en ese camino. Modo hipócrita de ser que fija distancia con la noble y franca inteligencia, de aquellos que hacen de la tropelía del lenguaje un verdadero arte del humor del que mas necesita como el vino nuestro espíritu.

Inolvidable ese momento. Con no poca turbación me topé, en la sala de la casa, allí estaba la ronda de quienes, entre amedrentados, pero atentísimos, escuchaban una de sus acertijos vitales. Con palabras del uso coloquial, pero dadas a volar con un tono muy de gente de la vieja estirpe caraqueña, eso sí, manejadas, con grande y harta precisión, deleitaba, acompañando la letra de su anécdota, con una mímica que hacían aun mas graciosas y notables sus expresiones. Era un bardo que hacia compases de su vida con giros de profunda simpatía que sin ninguna usura departía con aquellos, a quienes en ese momento encantaba.

La tesis que defendía, con luterana seriedad y por la cual fácilmente hubiera apostado sus entrañas, de puro convencido que se mostraba, por cuanto, aunque se lo propusiera, él nunca podría, llegar a trastocar la franquicia de su masculinidad. Sus bien probados ojos clínicos, de color verde, y su pupila a veces mas dilatadas que lo normal, habían mirado, digo observado, digo revisado y puesto todos sentido en el trance. Haciendo una familia en esta tarea de observación, y para asegurar, la seriedad de su juicio médico profesional, usaba de complemento, con la precisión y sapiencia de Hipócrates de Cos, sus manos. Esas, en las que ahora, en una, habitaba un vaso de buen escoces y en la otra la colilla de un cigarrillo Gaulois en vías de morir. Sus manos, recalcaba, que ese día, por lo menos, se las habían visto, “cara a cara”, con no menos de treinta palomas, pijas, vérgas, penes, de diverso color y forma; las había auscultado, bajo los mas puros cánones de la medicina mas clásica de la que había aprendido de su maestro el Dr. Pepe Izquierdo en la pontificia Universidad de Caracas. Demostraba que tenía títulos y conocimiento mas que probados para diagnosticar, con mucho acierto, si los aparatos reproductores de esos jóvenes conscriptos, tenían o no prepucio que las encapuchara, boina que las limitara o tejido sobrante que les impidiera el cumplimiento de los inobjetables fines propios y naturales de su sexualidad. Amén de determinar, entre otros datos bío-antropométricos, si el tamaño era el esperado por las tablas médicas y así prescribír y calificar si se los tenia por normales o lo contrario. Tarea sin duda seria, comprometida y exigente.

Hizo una pausa, grave, dramática por cierto, para rematar diciendo, que daba fe que aquello jóvenes aspirantes a soldados, a pesar de sus notables dotaciones, jamás le promovieron la menor tentación. El menor interés. No estaba allí su vocación. Muy al contrario. Podía, según su predica, tenerse por un macho, por cuantos las tentaciones jamás lo vencieron, rematando que ante tales severas instigaciones, él sí se podría tener por macho probado. La risa fue general y las reacciones diversas, al preguntar a la concurrencia si alguien allí podría tener pruebas de tanto valor, o parecidas a las que él poseía.

Aprovechando el ánimo de la ya ganada audiencia, comentaba, que eso no era todo, por cuanto, en la tarde tuvo que cumplir la parte mas compleja de su actividad profesional, pues aquellos soldados que en la mañana, determinó, que quienes poseían esa impertinente cobertura en el prepucio, se les debían eliminar, sin la menor tardanza, pues, este era realmente el fin que perseguían sus menesteres médicos. Operaba y erradicaba piel a cuantos podía.

Pausa al trago y al cigarro…. Quizás buscaba memorizar algún detalle, para continuar diciendo, que su oficio tenía, aunque no se creyera, muchos peligros y amenazas, en esa cátedra médica prepucial que cumplía, con el rigor de un cadete prusiano, de lunes a viernes. Revela, que en su dedicada y proverbial práctica como galeno, solía estar acompañado de un testigo, que con el rigor de un Holmes observaba y valoraba cada uno de sus movimientos: era una gata que se llamaba Felicia.

A prudente distancia y dotada de una inmensa paciencia y terrible capacidad para la espera, eso si muy concentrada en lo que sucedía, la gata, sólo aguardaba que alguno de los tejidos sobrantes, objeto de las operaciones -que pactaban la fatalidad- le fuera dispuesto.

Así sucedía. En cada jornada, ella, obtenía su recompensa, por el silencioso y profesional acompañamiento, tanto como por su función cómo testigo, al acto de decapitación. Lo jodido era la vuelta el día Lunes al consultorio, ya que el cese del premio diario, causado por el asueto del Sábado y el Domingo, generaba un síndrome de terrible abstinencia en Felicia. El Lunes, al ver entrar a Don Marce al Consultorio, le lanzaba, un ataque directo, con garfañon incluido, a la paloma de quién, de no saberse cuidar, torear y escudar con sagacidad sus partes, podría haber perdido o sufrido daños irreversibles en el saliente de su entrepierna. Sin duda que su oficio tenía sus riesgos.

Sigamos contando y no olvidemos que lo único creíble de la vida es el cuento …

SABANA GRANDE SIN RAUL/ Julio Bolívar


Desde los años 80 recuerdo la imagen de Raúl Betancourt. Estudiaba un postgrado en la Simón Bolívar y si quería saber de la movida literaria era obligatorio pasar por Suma. No se quién, pero me advirtieron que ese librero era un hombre de malas pulgas. En verdad no lo noté nunca, tal vez algo huraño, de mirada verde y de humor incomprensible, yo diría que español y tímido, esa particular fabla que a los venezolanos nos suena a regaño. Recuerdo que los escritores se sentaban en una café enfrente, que ya no era el mítico recuerdo del Gran Café, o el llamado triángulo de las Bermudas, que tanto recuerdos dejó en la narrativa de la época. Pienso en “Pancho” Massiani o en Carlos Noguera. En ese café era fácil ver a Hanni Ossot, a Osvaldo Trejo que al caer la tarde abrevaba junto con Denzil Romero en esas fuentes báquicas y a todos los amigos escritores o habladores de Raúl, que obviamente yo no conocía. Una vez, recuerdo, vi caminar con destino a la librería al mísmisimo jefe de la pandilla Lautremont, Caupolicán Ovalles. Seguramente , yo , como muchos estudiantes de la época de esos años de los últimos grupos literarios, nos acercabamos a mirar a esos extraños seres, como si fueran ídolos del rock, a los que de vez en cuando le hablabamos, tímidos e inseguros, para escuchar sus sentencias sin discusión. Eso era más o menos el entorno que vi por aquellos días, más académicos que bohemios. Todos venían de regreso. Ahora recuerdo también a un niño prodigio que había participado en un concurso de televisión y había ganado una fortuna, para su corta edad que trabajaba como vendedor de Suma: Gonzalo “Gonzalito”Ramirez Quintero. Era un niño que leía y sabía demasiado. Hoy es el mismo lector, pero, como le gustaría decir a Pablo Antillanoun lector comprometido”. Por esos días se convirtío en la imagen del negocio de Raúl.

Una tarde, bajo la mirada zahorí de Julia, hojeaba libros en los mesones de la emblemática librería, , y de pronto se me acercó Raúl , del que no era amigo y me increpó: ¡leete esta vaina, es muy buena¡. El laberinto de las Aceitunas se llamaba aquella novelita de Eduardo Mendoza. Desde aquella lectura soy un fanático del escritor catalán, tal vez el que mejor ha descrito a Barcelona. Eso se lo debo a Raúl. A nuestro lado Denzil miraba de reojo la foto de Kundera y murmuró sarcasticamente, tiene cara de puto.

El año pasado, con su barba absolutamente blanca, ya sin la coquetería de los ochenta, el librero me comentaba sobre la terquedad de Juan Liscano en corregirle el nombre al librería, insistía el poeta de Carmenes que esta debía llamarse Summa en vez de Suma como le había puesto Betancourt, y decía con su grata sonrisa que cada vez que Juan iba a la librería volvía con el mismo tema. Es posible que el poeta pensaba el la Summa Teologica de santo Tomás de Aquino, Raúl simplemete quería sumar, amigos, libros, cigarrillos y plata , por supuesto. Ahora cuando Sabana Grande comienza a recuperar su viejo rostro Raúl no está, pero no importa, pasaremos por la vieja Suma entraremos a hojear las novedades y en silencio le preguntaremos a su ánima si escogimos el mejor libro. Nos quedaremos con la duda.


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